Cande, ceo de una gran empresa, muere y reencarna en Fiorella. Volviéndose la niñera del hijo del villano. El frívolo Giovanni. Tiene que proteger al niño para que no muera de una traición por parte de la corona. De lo contrario, ella es quien morirá. ¿lo malo a parte de que su vida depende de un niño? Es que nunca tuvo uno o cuido tan siquiera. Por eso, el joven amo le resulta tan estresante.
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Capitulo 16: Tengo la evidencia.
Fiorella observó a Alan durante unos segundos más. El muchacho había intentado mostrarse tranquilo, educado como correspondía a un príncipe, pero su mirada lo delataba. Había algo que quería decir y no encontraba el lugar adecuado para hacerlo. Miraba hacia atrás cada tanto, hacia donde su madre seguía sentada en la mesa del té, y ese gesto no parecía el de un niño que solo temía ser reprendido; era más bien la cautela de alguien que sabía que ciertas conversaciones no debían ocurrir frente a ciertas personas.
Fiorella lo entendió enseguida. Miró alrededor con discreción, observó a los sirvientes que pasaban por el jardín, a los guardias que permanecían a cierta distancia, y luego hizo una pequeña señal con la mano.
—Ven conmigo un momento.
Alan dudó apenas un segundo, luego asintió y la siguió sin decir nada.
Fiorella abrió la puerta de una pequeña sala de lectura que parecía desocupada. Dentro había una mesa larga, algunas sillas y varias estanterías con documentos antiguos que casi nadie consultaba ya. Cerró la puerta con calma y se giró hacia el muchacho.
Alan permanecía de pie cerca de la mesa, con las manos juntas frente a él, mirando el suelo como si estuviera reuniendo valor.
—Ahora puedes hablar —dijo Fiorella con tono tranquilo—. Nadie nos va a escuchar aquí.
El muchacho levantó la mirada con cierta inseguridad.
—No quería decirlo allá afuera.
—Lo imaginé.
Alan respiró hondo antes de continuar.
—Mi madre…
La frase quedó incompleta. Se detuvo un momento. Fiorella no lo presionó. Esperó con paciencia. Alan volvió a hablar, esta vez con más claridad.
—Mi madre está intentando matar a Gabriel.
Fiorella lo miró directamente. Por dentro la afirmación fue como un golpe seco, pero su rostro no cambió. No levantó la voz, no mostró sorpresa. Solo lo observó con la misma calma que había mantenido desde el principio.
—Eso es una acusación grave —dijo finalmente.
Alan asintió.
—Lo sé.
—Entonces explícate bien.
El muchacho caminó un par de pasos por la habitación, inquieto.
—He escuchado conversaciones… varias veces.
—¿Entre quiénes?
—Entre mi madre y algunos hombres que vienen al castillo de noche.
Fiorella apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Continúa.
Alan volvió a detenerse frente a ella.
—No son nobles, ni guardias del reino. Son mercenarios.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
El muchacho respondió sin dudar.
—Porque los escuché hablar de su orden.
Fiorella lo observó con atención. Alan bajó la voz.
—Los Tivanes.
El nombre no era desconocido. Los mercenarios Tivanes tenían fama en muchas regiones; no eran simples soldados, eran asesinos contratados que juraban silencio absoluto sobre sus clientes. No revelaban nombres, no negociaban bajo presión y rara vez dejaban testigos.
Fiorella mantuvo la calma.
—¿Estás diciendo que tu madre contrata a esos hombres?
Alan asintió con firmeza.
—Sí.
—¿Lo viste tú mismo?
—Los vi entrar al castillo varias veces. Pero nunca más salen.
Fiorella lo miró unos segundos más.
—Eso no es suficiente para acusarla. Las palabras se las lleva el viento.
Alan parecía haber esperado esa respuesta.
—Lo sé —dijo—. Por eso tengo más.
Fiorella entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Más?
El muchacho asintió otra vez.
—He guardado cosas. Cartas… instrucciones… que me he robado.
La respuesta fue tan directa que Fiorella no dijo nada por un momento.
Alan continuó hablando, ahora con un tono más firme.
—Mi madre cree que no me doy cuenta de nada. Cree que solo estudio y obedezco. No soy un niño tan tonto.
Fiorella lo observó con más atención.
—Explícame entonces por qué me estás diciendo todo esto.
El muchacho tardó unos segundos en responder.
—Porque estoy cansado de verla hacer daño a cualquiera que se interponga en el trono.
Fiorella cruzó los brazos.
—Eso incluye a Gabriel y a tu tío Giovanni.
—También.
Alan guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Yo no quiero el trono. Nunca lo quise.
—Eres el príncipe heredero —dijo ella con neutralidad.
—No… ya no. Pero sé que mi madre me obligaría de cualquier manera.
Fiorella lo observó unos segundos más. Luego apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Escucha bien lo que voy a decirte —dijo con calma—. Si todo lo que dices es cierto, esto no es un juego.
Alan asintió.
—Lo sé.
—Tu madre es la reina. Y si alguien descubre que estás hablando de ella…
—También lo sé.
El muchacho no parecía asustado, pero sí agotado. Fiorella lo observó en silencio durante un momento más.
—Dices que tienes pruebas.
—Sí.
—¿Dónde están?
—Escondidas en mi habitación. Puedo buscarlas.
Fiorella guardó silencio unos segundos, pensando con rapidez. Luego negó con la cabeza suavemente.
—No.
Alan levantó la mirada, confundido.
—¿No?
—No vas a traerlas.
—¿Por qué?
—Porque si alguien te ve salir con documentos, tu madre lo sabrá.
El muchacho frunció el ceño.
—Entonces ¿qué hacemos?
Fiorella habló con tranquilidad.
—Vamos a buscarla de una vez.
Alan abrió los ojos con sorpresa.
—¿Ahora?
—Sí. Pero mi habitación está vigilada a veces.—Alan parecía procesar la idea—. Ah, por aquí hay un pasadizo...
Fiorella está procesando cada palabra que el muchacho había dicho. La situación era más peligrosa de lo que había imaginado. Si las cartas existían, no solo confirmarían una sospecha; podrían salvar la vida de Gabriel y terminar con su trabajo.
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