los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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VI. l'inverno nel sangue
Clara:
El silencio en el ala este de la mansión no era el silencio de la paz, era el silencio de un cementerio. Eran las nueve de la noche y la casa se sentía hueca. Miré el plato de sopa intacto sobre la bandeja de plata que una de las empleadas había bajado hace horas. Alessandra no había salido de su habitación en todo el día.
Al principio, bromeé con Bianca. "La General está de resaca emocional por su chica del parque", le dije entre risas. Pero a medida que las horas pasaban y el sol se ocultaba tras los tejados de Milán, la diversión se transformó en un nudo frío en mi estómago. Alessandra no se detiene. Alessandra no descansa. Alessandra es el motor de acero de los Veraldi.
Empujé la puerta de su alcoba con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Ale, tesoro... ya basta de juegos —susurré, tratando de mantener la voz firme, pero se quebró al entrar.
El aire en la habitación estaba cargado, denso, con un olor metálico y dulce que me hizo retroceder un paso. Alessandra estaba enterrada bajo las cobijas de seda, envuelta hasta el cuello como si intentara protegerse de un enemigo invisible. Me acerqué a la cama y sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies.
Mi hija, mi guerrera de hierro, estaba pálida como el mármol de una tumba. Su frente estaba perlada de un sudor frío y espeso, y sus labios, siempre listos para una orden o un sarcasmo, estaban secos y agrietados, entreabiertos en un jadeo superficial. Estaba dormida, pero no era un sueño reparador; era un estupor pesado, una lucha interna que la hacía temblar bajo las mantas.
—O Dio... Alessandra —puse mi mano sobre su frente y solté un grito ahogado. Estaba ardiendo, una fiebre abrasadora que parecía querer consumirla desde adentro.
Nunca se enfermaba. Ni de niña, ni durante los crudos inviernos en los Alpes, ni cuando las tensiones de la familia habrían colapsado a cualquiera. Alessandra era invulnerable. Verla así, tan pequeña, tan frágil bajo el peso de su propio cuerpo, me provocó una angustia que me cortó la respiración.
Le aparté un mechón de cabello húmedo de la cara. Sus párpados temblaban, sus ojos heterocromáticos ocultos tras una neblina de dolor que ni siquiera en sueños la abandonaba. Agarré su mano por encima de la sábana; estaba helada a pesar del calor de su piel, y entonces la vi.
La pulsera de alambre de oro con las piedras verde y gris brillaba débilmente en su muñeca izquierda. El regalo de esa chica.
—¿Qué te está pasando, pequeña? —sollocé, apretando su mano contra mi mejilla—. Svegliati, per favore. Non farmi questo (Despierta, por favor. No me hagas esto).
Ella no respondió. Solo soltó un quejido bajo, un sonido de pura agonía que me desgarró el alma. No era una simple gripe. Había algo oscuro en su semblante, algo que me decía que el peso de su doble vida, o quizás algo mucho más siniestro, finalmente había logrado quebrar la armadura de la General.
Me levanté de un salto, con el pánico nublándome la vista.
—¡Bianca! ¡Valentina! ¡Llamen al doctor Bianchi ahora mismo! —grité hacia el pasillo, mi voz resonando con una desesperación que nunca antes había mostrado en esta casa.
El grito me desgarró la garganta, pero surtió efecto. En menos de un minuto, el eco de los tacones de Bianca y las zancadas rápidas de los hombres de seguridad resonaron en el pasillo. La mansión, que minutos antes era un mausoleo, se convirtió en un hervidero de caos controlado.
El doctor Bianchi llegó poco después. Es un hombre que ha visto más heridas de bala y crisis nerviosas que cualquier médico de hospital, pero incluso él se detuvo un segundo al ver a la imbatible Alessandra Veraldi reducida a un cuerpo tembloroso entre sábanas de seda. Se acercó a la cama, me pidió espacio con un gesto firme y comenzó a revisarla.
Le tomó el pulso, revisó sus pupilas con una linterna y puso el estetoscopio sobre su pecho. Yo me quedé en la esquina de la habitación, apretando mis manos hasta que los nudillos se pusieron blancos, observando cómo el pecho de mi hija subía y bajaba con dificultad.
Tras lo que parecieron horas, Bianchi se quitó los guantes y se giró hacia mí. Su rostro no mostraba el pánico que yo sentía, lo cual me permitió soltar un poco de aire.
—Tranquila, Clara —dijo con esa voz grave y profesional que suele calmar a los capitanes de la familia—. No es el fin del mundo, aunque parezca que la General se nos rompió. Es una gripe fuerte, un virus agresivo que aprovechó el momento justo para atacar.
—Ella nunca se enferma, doctor —le recordé, mi voz todavía temblando—. Ni siquiera un resfriado.
—Ese es el problema —respondió él, preparando una vía intravenosa—. El cuerpo humano tiene límites, incluso el de una Veraldi. Por lo que veo en sus análisis rápidos y por el color de su piel, está un poco anémica y severamente deshidratada. Ha estado bajo mucha presión, Clara. Su sistema inmunológico simplemente bajó la guardia y el cansancio acumulado le pasó la factura de golpe.
Lo miré colocar el soporte para el suero. El líquido transparente empezó a bajar gota a gota por el tubo plástico.
—Le pondré un suero de vitaminas para fortalecerla y otro para rehidratarla de inmediato —continuó Bianchi, ajustando la aguja en el brazo de Alessandra con una precisión quirúrgica—. También le administraré un antipirético fuerte para bajar esa fiebre. Necesita descanso absoluto. Nada de teléfonos, nada de reuniones de negocios y, por Dios, nada de sus hermanos gritando cerca de esta habitación.
Se acercó a la mesa de noche, donde la pulsera de alambre que Giulia le había regalado seguía brillando bajo la luz de la lámpara. La apartó con cuidado para que no estorbara.
—Va a estar bien, pero el proceso será lento. El cuerpo de Alessandra es como un motor de alto rendimiento; cuando se sobrecalienta, tarda en enfriarse. Mañana regresaré para ver cómo evoluciona, pero por ahora, manténganla fresca y vigilen que el suero pase correctamente.
Cuando el doctor salió de la habitación para hablar con Alessio en el despacho, me senté en el borde de la cama. La habitación volvió a quedar en silencio, solo interrumpido por la respiración ahora un poco más profunda de mi hija. Le toqué la mano, la que no tenía la vía, y sentí que la temperatura empezaba a ceder apenas un milímetro.
—Anémica y deshidratada... —susurré, mirando su rostro pálido—. Te estás consumiendo sola, Alessandra. Tanto cuidar a los demás, tanto cargar con este apellido, que te olvidaste de que tú también eres de carne y hueso.
Me quedé allí, en la penumbra, dispuesta a pasar la noche entera velando su sueño, esperando que ese suero le devolviera un poco de la vida que Milán y los negocios le habían robado.
Pasaron apenas unos minutos de silencio absoluto antes de que la puerta se abriera de nuevo. No hubo necesidad de girarme para saber quién era; el aire en la habitación cambió, volviéndose más denso, más solemne. Alessio entró con pasos lentos, sin hacer ruido, pero con esa presencia que siempre lograba llenar cualquier espacio.
Se detuvo al pie de la cama y se quedó allí, inmóvil, mirando la escena con una expresión que para cualquiera habría parecido de hielo. Sus ojos recorrieron el soporte del suero, la aguja en el brazo de nuestra hija y su rostro pálido hundido en las almohadas. Cualquiera que no lo conociera diría que estaba evaluando una pieza de maquinaria defectuosa, pero yo veía el leve temblor en su mandíbula.
Alessio había tomado una decisión clara hace años: él no sería como Maximiliano. No sería ese hombre que veía a sus hijos como peones o como simples extensiones de su poder. Su padre, mi suegro, habría visto esta debilidad con desprecio. Pero Alessio... Alessio sufría por su gente, y Alessandra era su orgullo más grande.
—¿Qué dijo Bianchi? —preguntó. Su voz era un susurro ronco, despojado de la autoridad que usaba en el despacho.
—Gripe, anemia, deshidratación —respondí sin quitarle la vista a nuestra hija—. Dice que el cuerpo finalmente le pasó factura. Se olvidó de comer, de dormir... de respirar, Alessio.
Él dio un paso más y se acercó al costado de la cama. Extendió una mano, como si quisiera tocarle la frente, pero se detuvo a medio camino, como si temiera romperla. Al final, simplemente apoyó la mano en el poste del suero, apretándolo hasta que sus nudillos crujieron.
—Le he exigido demasiado —dijo, y por primera vez escuché un rastro de culpa en su tono—. La puse al frente de los buitres demasiado pronto. Sergio, Ferraro... esos hombres agotan a cualquiera, y ella ha estado cargando con todo para que yo pueda mantener las manos limpias.
—Ella lo hizo porque te ama, Alessio —le dije suavemente, levantándome para ponerme a su lado—. Y porque es una Veraldi. No sabe hacer las cosas a medias.
Él suspiró, un sonido pesado que parecía cargar con todo el peso del imperio. Miró la mesita de noche y sus ojos se detuvieron en la pulsera de alambre que el doctor había movido. La observó durante un largo rato, con el ceño fruncido, analizando esa pieza de bisutería barata que no encajaba en absoluto con el lujo de esta habitación.
—¿Eso qué es? —preguntó, señalando la joya con un gesto breve.
—Un regalo —respondí, esbozando una sonrisa triste—. De una chica que conoció en el parque. Parece que fue lo único que la hizo sonreír hoy antes de que la fiebre la tumbara.
Alessio no hizo comentarios burlones ni mostró desaprobación. Simplemente asintió, volviendo a fijar su vista en Alessandra. Se quedó allí, de pie, como un guardián silencioso en medio de la noche. Sabía que no se iría de esa habitación hasta que ella abriera los ojos. Podía ser el jefe de la mafia más respetado de la ciudad, pero en ese momento, bajo la luz tenue de la lámpara, no era más que un padre aterrorizado por la fragilidad de su primogénita.
—Nadie entra a esta ala de la casa —ordenó finalmente, sin mirarme—. Que los gemelos se queden en sus cuartos. Si escucho un solo grito o una risa, los mando a la finca del sur mañana mismo. Quiero silencio. Ella necesita silencio.