📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
NovelToon tiene autorización de rosse 345 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: Preguntas rápidas, respuestas que pesan
Mis dedos se movieron mucho más rápido que mi sentido común. El cansancio acumulado de la fábrica y la adrenalina de tenerlo a un "clic" formaron una mezcla peligrosa que me hizo escribir sin filtros, como si estuviera hablando con una de las protagonistas de mis series.
Emma: "Ya que tienes mi número, empecemos a conocernos. Han pasado trece años y no sabemos nada el uno del otro. Empiezo yo a preguntar: ¿De qué trabajas? ¿Dónde vives?"
Le di a "Enviar" y, en el segundo exacto en que el mensaje marcó el doble check azul, sentí que el piso desaparecía bajo mis pies. El silencio de mi sala se volvió ensordecedor.
—¡Wow, qué rápida fui! —exclamé, tapándome la boca con la mano, sintiendo un calor abrasador subir por mi cuello—. ¿Cómo se me ocurre preguntarle dónde vive tan pronto? ¡Qué estúpida! Va a pensar que soy una acosadora o una desesperada. ¡Ay no, Emma, qué hiciste!
Me tiré boca abajo en el sofá, apretando un cojín contra mi cara para ahogar un grito de frustración. Me llamé de todo: tonta, impulsiva, torpe. Estaba segura de que lo había espantado, de que Julián estaría del otro lado pensando que la niña dulce de la escuela se había convertido en una mujer extraña y preguntona.
Pero, de repente, el teléfono vibró sobre la mesa de madera. El sonido me hizo dar un brinco. Lo agarré tan rápido que casi sale volando por el aire. Con la respiración contenida, leí:
Julián: "Jejeje, buena idea, Emma. Me encantaría conocer más de ti. Bueno, te cuento... Tengo mi propia empresa de fotografía. Gracias a mi pasión, me he convertido en uno de los mejores fotógrafos del país. Y bueno, vivo en un pequeño apartamento en el centro de la ciudad, cerca de los estudios".
Me quedé helada, procesando cada palabra. ¿Fotógrafo? ¿Uno de los mejores del país?
La desconfianza volvió a subir por mi garganta como un nudo amargo y pesado. Mientras yo pasaba los días encorvada sobre una máquina de coser, respirando el olor químico del pegamento y el polvo del cuero, él se dedicaba a capturar la belleza del mundo a través de un lente profesional. Él era un artista, alguien que viajaba, que conocía modelos, que veía amaneceres en lugares increíbles.
Miré mis propias manos. Tenían pequeñas manchas de tinte oscuro del lote de zapatos de hoy y un par de callos finos de tanto sostener las piezas. Comparé mi realidad con la suya: él vivía en el centro, en el corazón del movimiento, rodeado de luces y éxito. Yo seguía en el mismo barrio de siempre, en un apartamento que olía a café y a la soledad de mis rutinas.
«Él es un éxito», pensé con un suspiro que me dolió en el pecho. «Y yo... yo soy solo la chica invisible que hace los zapatos que gente como él usa para triunfar».
Me sentí pequeña, diminuta. El brillo de su vida hacía que la mía pareciera aún más gris. Sin embargo, ese "Jejeje" al inicio de su frase me confundía. Sonaba tan... normal. Tan parecido al niño que compartía sus galletas conmigo sin pedir nada a cambio.
—¿Y ahora qué le digo? —susurré al aire, sintiendo que el pánico regresaba—. Si le digo que mi gran logro del día fue no romper una aguja en la fábrica, ¿seguirá queriendo conocerme? ¿O se dará cuenta de que somos de mundos que ya no pueden tocarse?
Me quedé mirando el cursor parpadeante, sintiendo que el peso de esos trece años no era solo tiempo, sino una distancia social que me aterraba cruzar.