Oliver Underwood es la personificación del poder helado: CEO millonario de día y temido Don de la Mafia americana. Amargado y emocionalmente inaccesible desde la trágica muerte de su esposa, impone una regla absoluta: nadie puede tocarlo.
Su vida estrictamente controlada se desmorona con la llegada de Mila Sokolov, la hija ilegítima del antiguo Don de la Bratva, contratada como su asistente personal. Detrás de la eficiencia de Mila se oculta una profunda tristeza y una oscuridad silenciosa que, de manera inexplicable, rivaliza con la de Oliver.
Abandonada por su madre y rechazada por su padre, Mila nunca conoció un toque afectuoso ni el amor. La vida la moldeó en una fortaleza sombría, y ella acepta su destino con fría resignación.
Pero hay algo en Mila que rompe las barreras inquebrantables de Oliver: su repulsión al contacto se transforma en una obsesión voraz. El Don de la Mafia, intocable hasta entonces, queda completamente rendido ante una mujer cuya oscuridad y dolor no logra descifrar.
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Capítulo 4
El sol de Florida, aunque débil debido a la época del año, era un alivio bienvenido después de la nevada de Nueva York. Oliver y Mila llegaron al puerto y se dirigieron directamente al majestuoso crucero recién construido de la flota. La inspección transcurrió con la eficiencia habitual. Oliver estaba en su elemento, evaluando cada detalle de la embarcación con una mirada clínica. Todo estaba en orden.
Al final de la inspección, estaban en la cubierta más alta, con vista al mar agitado, aunque el agua estaba relativamente calma.
—¿Qué te pareció el nuevo crucero, Mila? —preguntó Oliver, en un tono inesperadamente relajado.
—Es impresionante, señor. La logística y el diseño son impecables. Creo que será muy lucrativo —respondió ella, el análisis técnico sustituyendo cualquier entusiasmo personal.
Oliver sonrió de lado.
—Sí, pero te pregunté qué te pareció, personalmente.
—Me gustó, señor. Es… grande.
Oliver sacudió la cabeza, aceptando la respuesta limitada. Se quitó el abrigo y volvió a mirar el océano.
—¿Quieres entrar? Voy a darme un chapuzón rápido. El agua debe estar revigorizante.
Mila se estremeció, abrazándose a la sudadera de unicornio.
—No, señor. Está haciendo unos 5 °C aquí, y el agua debe estar muy helada. Odio sentir frío y yo… yo nunca he entrado en el mar.
Oliver la miró, sorprendido.
—Pero vives en Nueva York, Mila. Hay playa allí.
—Señor, mi vida estuvo atrapada en un sótano y después en un orfanato —explicó, mirando hacia el horizonte como si la playa fuera una leyenda distante—. Trabajo desde los dieciséis años, estudié bastante y estaba ocupada con la… limpieza.
La palabra limpieza, el eufemismo que usaba para su vida como asesina a sueldo, resonó en el aire frío, y Oliver comprendió inmediatamente.
—Playa, cine, restaurantes, viajes para acampar, ir a parques de diversiones… eso es para personas normales, que tienen una vida. Yo no tengo vida, señor Oliver. Yo solo sobrevivo.
Mientras hablaba, Mila tomó la botella de agua que estaba en la mesa lateral para hidratarse. Al estirar el brazo, la manga larga del abrigo subió, revelando una parte de la muñeca.
Oliver se congeló.
Allí, en líneas blancas y finas, estaban las cicatrices obvias de automutilación. No eran recientes, pero eran innegables.
—Mila —dijo Oliver, la voz reducida a un susurro cargado de gravedad. No estaba enojado, pero algo profundo y perturbador en su alma había sido tocado—. ¿Por qué hiciste eso?
Mila miró la muñeca, la expresión vaciándose. Se bajó la manga apresuradamente, como si la hubieran pillado desnuda.
—Fue un error —respondió, casi inaudible—. Solo quería acabar con mi dolor. No veía salida para mi vida. Nadie entiende lo que realmente siento.
Desvió la mirada y, por primera vez, Oliver vio la vulnerabilidad cruda detrás de la armadura.
—Yo veía a las personas felices… recibiendo un abrazo, un cariño. Yo nunca recibí un abrazo. Ni siquiera sé lo que es eso.
La confesión era más impactante que cualquier asesinato. El Don de la Mafia Americana estaba escuchando la súplica silenciosa de una mujer que no conocía el afecto.
—Sería más fácil morir —continuó, ahora con amargura—. Nunca entendí por qué soy tan odiada. Morir parecía más fácil, pero no funcionó. La monja del orfanato me encontró y me llevó a la enfermería.
El silencio que siguió fue pesado y profundo. Oliver, el hombre que evitaba el toque y la emoción a toda costa, estaba delante de alguien que había intentado huir de la vida por absoluta falta de contacto humano.
Él no se movió, pero su mente estaba en torbellino. La asesina a sangre fría era, en realidad, una niña herida, desesperada por algo que el mundo le negara.
—Sobreviviste, Mila —dijo, por fin, la voz más suave de lo que cualquier funcionario suyo jamás hubiera oído—. Estás aquí y ahora trabajas para mí y yo no permito debilidades en mi círculo.
No la estaba confortando. Estaba dando un comando, una orden para vivir.
—Sí, señor Oliver —respondió Mila, aceptando la orden y vistiéndose nuevamente su máscara.
Aquella noche, Oliver y Mila fueron a cenar con un potencial inversor para la flota marítima, el Sr. Goldstein, un hombre viejo y conocido por su naturaleza lasciva. La cena acontecía en un restaurante de lujo a orillas del mar.
Así que se sentaron, los ojos de Goldstein se fijaron en Mila, barriéndola con una mirada de pura objetificación.
—Oliver, realmente sabes cómo elegir a tus asistentes —arrulló Goldstein, la sonrisa forzada en los labios flácidos—. ¡Qué belleza! Y ese cabello... ¡un fuego en la cabeza!
Mila permaneció impasible, anotando los pedidos de bebida.
—El placer es mío, Sr. Goldstein —dijo ella, con la voz robótica y profesional.
El inversor se inclinó sobre la mesa, ignorando el silencio mortal de Oliver.
—Dime, Oliver, ¿estás "comiendo" a esta belleza?
La pregunta era vulgar, un insulto directo al ambiente. Mila paró de escribir, pero no alzó los ojos. La mandíbula de Oliver se apretó. Su voz salió baja, peligrosa.
—Sr. Goldstein, la Srta. Sokolov es mi asistente personal y nada más.
—¡Ah, qué pena! Porque, si tú no estás, yo quiero —Goldstein rió, dando palmaditas en la mano de Oliver—. Ella es una delicia. Tienes una debilidad por las pelirrojas, ¿no es así? Tu esposa era pelirroja.
La mención de Melissa y la pregunta sobre Mila en la misma frase cruzaron una línea invisible. El aire alrededor de Oliver quedó pesado, prenunciando la tempestad.
—Voy a dejar algo claro, Goldstein —dijo Oliver, apoyando los codos en la mesa y acercándose al inversor. Su voz era fría y letal, la del Don, no la del CEO—. No vas a dirigirte a mi asistente de esa manera nuevamente y no vas a mencionar a mi esposa.
Goldstein intentó reír, pero el sonido murió en la garganta al encontrar la mirada de Oliver.
—Calma, Oliver. Era solo una broma de viejos amigos...
—No somos amigos —Oliver lo cortó, con precisión quirúrgica—. Si osas hacer otro comentario irrespetuoso sobre Mila, o si cualquier hebra de cabello de ella es tocada, yo lo removeré de mi círculo. Y sabes exactamente lo que eso significa. No habrá inversión. No habrá flota. No tendrás nada. ¿Quedó claro?
Goldstein palideció, tragando en seco.
—Perfectamente claro, Oliver.
La comida siguió en un silencio tenso. Oliver no tocó su comida, solo en su vaso de agua, observando al inversor con una intensidad que lo mantenía sumiso.
Tras la cena, Oliver dispensó a la escolta, un gesto que era, al mismo tiempo, impulsivo y calculado. Él necesitaba aire. Necesitaba hablar.
Llevó a Mila a una área más aislada del puerto, ellos se sentaron en un banco volcado hacia la vastedad oscura del mar. La temperatura había caído.
Oliver quitó la manta de lana que cogiera en el coche y la colocó cuidadosamente sobre los hombros de Mila. Ella aceptó el gesto sin reacción, pero también sin repulsa.
—Tú y mi esposa tienen realmente el mismo color de cabello —dijo Oliver, mirando para el mar, con un tono melancólico y distante—. Pero ustedes no se parecen en nada.
—Melissa... era mimada, fue muy mimada por el padre de ella y, después, por mí. Yo intenté dar a ella todo lo que achaba que el dinero podía comprar.
Él respiró hondo, tirando la historia dolorosa del fondo del pecho.
—Yo me casé temprano, a los veinte años, fue en el mismo año en que me hice Don. Mi padre tuvo cáncer de próstata en aquella época. Fue difícil, pero ahora él está bien. Melissa tenía dieciocho, fue un acuerdo. Ella era la hija del Don de la Cosa Nostra entonces, yo me casé.
Mila permaneció en silencio, esperando.
—Yo no la amaba al inicio, no de la forma que se espera, pero, con el pasar del tiempo, aprendí a amarla. Ella era... luz. Nunca tuvimos hijos. Melissa tenía problemas para embarazarse, y estábamos intentando fertilización in vitro. Ser padre era mi mayor sueño.
La voz de Oliver falló ligeramente.
—Funcionó. Ella se embarazó. Fuimos para Italia contar la novedad a la familia de ella. En la época, la Cosa Nostra enfrentaba una guerra contra la Mafia Turca.
Él cerró los ojos, el trauma evidente.
—Mel fue secuestrada, ellos la descuartizaron. Los pedazos de ella fueron entregados a mí por días. Yo quedé traumatizado, nosotros no teníamos nada a ver con la guerra de ellos y Mel y mi hijo... mi hijo que nunca nació... fueron muertos por venganza.
Oliver abrió los ojos y volvió la mirada para Mila. Había dolor, pero también una advertencia severa.
—Tú tienes el mismo tono de cabello de ella, Mila. Pero yo digo nuevamente, ustedes no se parecen en nada. Melissa era todo lo que tú no eres: suave, llena de vida, tú eres dura, fría, y sobreviviste a todo.
—Tú eres la única persona, fuera de mis hombres de confianza, que me vio matar y no pestañeó. Yo necesito de eso a mi lado. Pero yo ya avisé: no juegue con mi lealtad.
Mila alzó la mano y tocó levemente la manta sobre su hombro.
—Yo sé la diferencia entre miedo y respeto, señor. Y yo soy leal. Yo vi su dolor, su esposa y su hijo son la razón por la cual el señor odia la flaqueza. Yo entiendo.
—Tú entiendes el dolor, Mila, pero no el amor.
—No —ella concordó, sin ofenderse—. Yo entiendo la supervivencia y el señor, como yo, es un sobreviviente.