"En los libros de historia, Jeon Youngjae era un monstruo. En persona, es mi mayor tentación." Kang Yoona es una estudiante de historia que sabe cómo termina la vida del joven Rey Youngjae: traicionado, solo y ejecutado. Pero cuando un antiguo espejo la arrastra al año 1520, Yoona no cae en un libro de texto, sino en los brazos del hombre más peligroso de Corea. Él es un tirano que no confía en nadie; ella es una intrusa que conoce todos sus secretos y su trágico final. Para sobrevivir, Yoona deberá jugar un juego mortal: ¿Cambiará la historia para salvar al hombre que ama, aunque eso signifique borrar su propio futuro? En una era de acero y sangre, la verdad es el arma más peligrosa.
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Capítulo 24: El precio del conocimiento
El aire en las mazmorras del palacio era una bofetada de humedad, moho y el hierro oxidado de las cadenas. A diferencia de los aposentos reales, donde la seda y el incienso intentaban disfrazar la brutalidad del poder, aquí la realidad se mostraba desnuda. Las antorchas en las paredes chisporroteaban, proyectando sombras deformes que bailaban sobre el rostro demacrado del Dr. Kim.
Estaba encadenado a una silla de madera pesada, con las manos sujetas por grilletes de hierro frío. A su alrededor, los instrumentos de interrogatorio de Joseon —tenazas, varas de bambú y braseros encendidos— descansaban como promesas de una agonía lenta.
Youngjae estaba de pie frente a él, con las manos cruzadas a la espalda. No llevaba su túnica real, sino un atuendo de seda negra ajustado que acentuaba la envergadura de sus hombros y la tensión de sus músculos. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia, la misma que, según los libros, lucía antes de ordenar una ejecución masiva.
—Me han dicho que en tu tiempo sois hombres de paz —comenzó Youngjae, su voz fluyendo como melaza envenenada—. Que habéis olvidado el peso del acero y el sabor del miedo. Pero aquí, en mi reino, la paz es un lujo que se paga con la verdad.
El Dr. Kim levantó la cabeza. A pesar de los golpes que había recibido durante su captura, mantenía una dignidad académica que me resultaba dolorosa de observar.
—No entenderías la verdad aunque te la gritara, Youngjae —respondió el doctor, su voz ronca—. No eres más que un error en la ecuación del tiempo. Un fantasma que debería haber desaparecido hace siglos.
Youngjae se inclinó, su rostro a centímetros del de mi mentor. Sus ojos obsidianos brillaron con una luz peligrosa.
—Un fantasma que puede cortarte la lengua si vuelve a insultar a su Reina —susurró el Rey.
La mediación del Fénix
Yo observé la escena desde las sombras de la entrada, sintiendo cómo el frío de la piedra se filtraba por mis zapatos de seda. No podía permitir que Youngjae lo matara, no solo por el afecto que le tenía al doctor, sino porque él era la única clave para entender por qué mi cuerpo empezaba a sentirse etéreo en mitad de la noche.
Caminé hacia la luz de la antorcha. El sonido de mis pasos hizo que Youngjae se girara instantáneamente. Su expresión cambió de la crueldad absoluta a una preocupación posesiva en un parpadeo.
—¿Qué haces aquí, Yoona? —Su tono fue un reproche suave—. Te ordené que descansaras. Las sombras de este lugar no son para tus ojos.
—No soy una muñeca de cristal, Youngjae —respondí, colocándome a su lado, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo—. El Dr. Kim no hablará bajo tortura. Su mente está entrenada para resistir el dolor físico, pero no la lógica. Déjame hablar con él.
Youngjae me miró, y por un momento, la tensión de poder entre nosotros fue palpable. Él quería dominar, quería destruir la amenaza que representaba este hombre; yo quería entender la amenaza para poder sobrevivir a ella. El Rey suspiró, una exhalación pesada que delataba sus celos. Detestaba que yo tuviera una conexión con este hombre que él no podía comprender.
—Te daré diez minutos —gruñó él, retrocediendo hacia la esquina de la celda, pero sin soltar la empuñadura de su espada—. Si no consigues lo que quiero, usaré mis propios métodos. Y te aseguro, Yoona, que no te gustará verlos.
Me acerqué al Dr. Kim. Me arrodillé frente a él, ignorando la suciedad del suelo.
—Doctor, por favor —supliqué en un susurro—. Dígame cómo detener la paradoja. Si se queda aquí, Youngjae lo convertirá en cenizas. Él no es una "ecuación", es el hombre que amo.
El Dr. Kim me miró con una tristeza infinita.
—Yoona, ¿no lo sientes? Tu piel… a veces se vuelve translúcida cuando la luz te golpea de cierta forma. El tiempo te está reclamando. El hecho de que destruyeras el dispositivo solo empeoró las cosas. Ahora ambos estáis anclados a una realidad que está colapsando. Si no encontramos el núcleo del espejo original, el que está enterrado bajo los cimientos de este mismo palacio, ambos desapareceréis en el próximo eclipse.
—¿El núcleo? —pregunté, mi corazón martilleando contra mis costillas—. ¿Bajo el palacio?
—La leyenda del "Rey de Sangre" no nació por su crueldad —continuó el doctor, ignorando la mirada asesina de Youngjae—. Nació porque el palacio fue construido sobre una veta de mineral que distorsiona el espacio. El espejo que te trajo fue solo un fragmento. El núcleo está ahí abajo, alimentándose de vuestra unión. Mientras estéis juntos, la energía crece. Y cuando llegue al máximo… el palacio se convertirá en vuestra pira funeraria.
El santuario de la desesperación
Youngjae no permitió que la conversación continuara. Me tomó del brazo y me sacó de la celda con una fuerza que denotaba su agitación. Subimos las escaleras en silencio, atravesando los pasillos oscuros hasta llegar a nuestros aposentos. Al cerrar la puerta, el Rey estalló.
—¡Miente! —rugió, golpeando la pared con el puño—. ¡Ese hombre quiere separarnos! Quiere que tengas miedo de tocarme, de estar conmigo. Quiere que creas que nuestro amor es el veneno que nos destruirá.
—¡Míralo, Youngjae! —grité, extendiendo mis manos bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
Él se quedó mudo. Por un segundo, solo un segundo, la punta de mis dedos pareció volverse borrosa, como si estuviera hecha de humo esmeralda en lugar de carne. Fue un parpadeo, una anomalía visual, pero fue suficiente para que el pánico absoluto se apoderara del hombre más poderoso de Joseon.
Me tomó en sus brazos con una desesperación que me desgarró el alma. Me besó con una furia posesiva, como si a través de sus labios pudiera inyectarme su propia realidad, su propia sangre, para mantenerme anclada a la tierra.
—No te vas a ir —susurró contra mi boca, sus manos recorriendo mi cuerpo con una urgencia que rozaba el erotismo y el terror—. Si el palacio tiene que arder para que tú te quedes, yo mismo prenderé la antorcha. Pero no voy a dejar que el tiempo te arrebate de mí.
Me llevó hacia el lecho, despojándome de la ropa con una necesidad que ya no era solo pasión, sino una lucha por la existencia. En medio de la seda roja, Youngjae me tomó con una intensidad que nunca antes habíamos alcanzado. Cada caricia era un juramento, cada estocada era un ancla. Sus manos apretaban mis senos, sus labios recorrían mi cuello, y sus ojos nunca se apartaron de los míos, como si su voluntad pudiera detener la distorsión del universo.
—Eres mía —gemía él, su sudor mezclándose con mis lágrimas—. En este siglo, bajo esta tierra… eres mía.
Nos amamos con la ferocidad de los condenados. El placer fue tan agudo que por un momento olvidé al Dr. Kim y su profecía de ceniza. Pero en el punto culminante, cuando Youngjae se hundió en mí por última vez y nuestras almas parecieron fundirse, ocurrió algo que nos dejó helados.
Desde el suelo del dormitorio, justo debajo de la cama, una vibración profunda empezó a sacudir los cimientos. No era un terremoto. Era un latido. Un latido rítmico, metálico y pesado que resonaba con la misma frecuencia que el corazón de Youngjae.
Él se detuvo, todavía dentro de mí, con los ojos muy abiertos.
—¿Lo oyes? —susurró, su voz temblando.
—El núcleo —respondí, el terror recorriéndome la espalda—. Está despertando.
Youngjae se apartó y miró hacia el suelo. En las grietas entre las maderas laqueadas, una luz esmeralda, mucho más brillante y poderosa que la del fragmento anterior, empezó a filtrarse, iluminando la habitación con un resplandor fantasmal. Pero eso no fue lo peor.
Desde las sombras de la esquina, una figura empezó a materializarse. No era el Dr. Kim. Era una mujer, vestida con un hanbok real de una era que aún no había sucedido, con el rostro de una anciana que compartía mis propios ojos.
La mujer levantó una mano, señalando hacia el suelo, y susurró una sola frase que hizo que el corazón de Youngjae se detuviera:
—Para que uno viva, el otro debe ser borrado.
La luz esmeralda estalló en un fogonazo cegador, y antes de que Youngjae pudiera alcanzar mi mano, el suelo bajo nosotros pareció desaparecer.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes una cosa:
esta historia NO es un romance normal.
Aquí no hay príncipes…
hay un rey que destruye todo lo que toca.
Y Yoona…
ella sabe exactamente cómo termina su historia.
💔 Sabe cómo muere el hombre del que se está enamorando.
Ahora dime tú…
👇
¿Lo salvarías… o dejarías que el destino lo destruya?
👀 Lean con cuidado, porque lo que viene en los próximos capítulos…
no todos están listos para soportarlo.
— GIA 💞