Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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UNA HUMILLACIÓN DOLOROSA
El sol de la tarde caía con pesadez sobre el campo de entrenamiento de la academia, pero el calor del clima no era nada comparado con la tensión que se respiraba en las gradas. El aire estaba cargado de polvo y murmullos impacientes. En el centro de la arena, un joven de mirada afilada y postura arrogante golpeaba rítmicamente el suelo con la punta de su bota. Dylon no era conocido por su paciencia, y la espera estaba empezando a erosionar su escaso autocontrol.
—¿Dónde está Leonidas? —preguntó Blake, escaneando la entrada del recinto con una mezcla de preocupación y curiosidad.
A su lado, Deila sacudió la cabeza, dejando que su cabello plateado brillara bajo la luz. Su rostro reflejaba una inquietud creciente.
—No lo sé, no lo vi entrar aún... —respondió ella en voz baja, casi para sí misma.
Dylon soltó un bufido de desprecio, cruzándose de brazos. La humillación de esperar a alguien que consideraba inferior era superior a sus fuerzas.
—Ese tonto me está haciendo perder el tiempo —gruñó con una voz que resonó en la arena.
Desde la zona de supervisión, la Profesora Jill intervino. Su voz era firme, la clase de tono que no aceptaba réplicas, aunque sus ojos también buscaban al ausente entre la multitud.
—Tranquilo Dylon —dijo ella, ajustándose la postura—. Faltan cinco minutos para que se presente, de lo contrario, ganarás por ausencia.
Dylon solo emitió un sonido gutural, un "Hm..." que cargaba toda su arrogancia. Sin embargo, no era el único impaciente. En las gradas, los estudiantes de la clase uno-uno observaban con atención. Las expectativas eran altas; se suponía que este duelo definiría al último representante para el torneo de novatos.
—Tal vez solo tuvo miedo y se escondió —comentó Gin con una sonrisa maliciosa, buscando la aprobación de sus compañeros.
Joan, que solía ser más reservado, simplemente guardó silencio, observando el vacío con ojos analíticos. "..." fue su única respuesta, una que guardaba sus propias dudas. El Director Bale, un hombre cuya presencia emanaba una autoridad natural, finalmente suspiró. El tiempo reglamentario se agotaba.
—Jill, no podemos esperar más —sentenció el Director, mirando a la profesora.
—Si... —asintió ella con pesar, preparándose para dar por terminado el encuentro antes de que empezara.
Bale se puso de pie y su voz, amplificada por la acústica del campo, comenzó el anuncio final.
—El ganador es...
—¡Disculpen... por... la... tardanza!
Una figura irrumpió en el campo de entrenamiento, jadeando y con la ropa ligeramente desordenada por la carrera. Leonidas había llegado. El sudor perlaba su frente, pero sus ojos brillaban con una determinación que no estaba allí la última vez que lo habían visto. Se detuvo en seco, tratando de recuperar el aire.
El Director Bale lo observó con severidad, aunque un destello de alivio cruzó su mirada al ver que el torneo no perdería a uno de sus candidatos.
—Llegas tarde Leonidas. ¿Pasó algo?
Leonidas se enderezó, forzando una sonrisa despreocupada mientras el ritmo de su corazón se estabilizaba.
—Claro que no señor, solo me perdí un poco —mintió con ligereza.
Bale guardó silencio un momento, evaluando al joven. "..." El ambiente volvió a tensarse. Finalmente, la Profesora Jill rompió el silencio, mirando al Director.
—Creo que podemos tomar el duelo de todas formas, señor.
—Así es, no queda de otra... —respondió Bale, retomando su lugar—. Bien, los dos a sus posiciones.
Leonidas y Dylon se movieron hacia el centro de la arena. El contraste era evidente: Dylon exudaba una agresividad bruta, mientras que Leonidas parecía extrañamente tranquilo, casi sereno. Ambos magos tomaron sus posiciones de combate, midiéndose con la mirada.
De repente, una pequeña sonrisa curvó los labios de Leonidas. No era una sonrisa de burla, sino de absoluta confianza en algo que los demás aún no comprendían.
—¿De qué te ríes idiota? —escupió Dylon, sintiendo que esa calma lo insultaba personalmente.
—Recuerden —interrumpió el Director Bale, alzando la mano para captar la atención de todos—, el ganador será quién haga que su rival se rinda.
Desde las gradas, los ánimos estallaron.
—¡Buena suerte Leonidas! —gritó Deila con fuerza.
—¡Tú puedes lograrlo! —secundó Blake, emocionado por ver finalmente de lo que su amigo era capaz.
Dylon permaneció en silencio, su rostro era una máscara de concentración y desprecio. "...".
—A mi señal... —Bale levantó la mano en el aire, el silencio en la arena era absoluto—. ¡Comiencen!
El inicio fue desconcertante. Dylon se puso en guardia de inmediato, pero Leonidas no se movió de su posición. Permaneció allí, de pie, con los brazos relajados a los lados, observando a su oponente con una pasividad irritante.
—¿No vas a atacar? —preguntó Dylon, confundido por la falta de agresividad.
Leonidas no respondió. "..." Simplemente lo miró.
—¡Pues yo sí! —rugió Dylon, perdiendo los estribos.
Dylon se lanzó hacia adelante, canalizando su mana con una velocidad sorprendente. La tierra bajo sus pies pareció responder a su llamado mientras invocaba su primer hechizo.
—Dios de la tierra, entierra a mis enemigos. ¡Entierro de barro!
Una ola de lodo espeso y pesado surgió del suelo, moviéndose como una serpiente hambrienta hacia Leonidas. Parecía imposible de esquivar a esa distancia, pero Leonidas se movió. No fue un salto desesperado ni un movimiento torpe. Fue un desplazamiento fluido, casi fantasmal. Esquivó el ataque con una facilidad asombrosa, sin siquiera esforzarse.
—¿Eso es todo? —preguntó Leonidas, su voz sonando clara en el silencio que siguió al impacto del barro contra el suelo vacío.
Dylon se quedó petrificado, con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo esquivó eso? Es imposible —susurró, sintiendo un frío repentino en la nuca.
En las gradas, Gin se inclinó hacia Joan, su tono de burla habitual reemplazado por un asombro genuino.
—Oye Joan... ¿Crees que ese niño haya dominado el paso ligero? —preguntó Gin.
Joan, que no había apartado la vista de Leonidas, asintió lentamente.
—¿Por qué lo dices? —quiso saber Joan.
—Ese movimiento que usó para esquivar, lo dominan los magos de rango alto... —respondió Gin, su voz llena de una rara mezcla de envidia y respeto.
—Eso es imposible —replicó Joan, cruzándose de brazos, negándose a aceptar que el chico que consideraban un rezagado hubiera alcanzado tal nivel.
En ese momento, Hitoka llegó a las gradas, luciendo un poco cansado.
—¿Me perdí de algo? —preguntó, mirando la arena.
Ying se giró para verlo, sorprendido por su aparición repentina.
—Hitoka... ¿Dónde estabas?
—Estaba en una misión —explicó él brevemente.
—Ya veo —asintió Ying, volviendo su atención al combate.
—¿Cómo va el combate? —preguntó Hitoka, tratando de ponerse al día.
—Acaba de empezar —respondió Ying.
Hitoka suspiró aliviado, acomodándose en su asiento.
—No me perdí de nada, menos mal.
En el palco de honor, el Director Bale observaba con creciente interés. La actuación de Leonidas estaba desafiando todas sus expectativas previas.
—¿Quién crees que gane Jill? —preguntó el Director sin apartar la vista de la arena.
La Profesora Jill dudó. Sus ojos seguían cada movimiento de Leonidas, tratando de analizar el cambio en su flujo de mana.
—No lo sé, veo a Leonidas un poco diferente... —admitió ella.
Deila miró a Blake, buscando una explicación a lo que estaban presenciando.
—Blake...
Blake sonrió, una expresión de complicidad y orgullo.
—Así es, Leonidas ha aprendido nuevos trucos —dijo él, disfrutando de la sorpresa general.
En la arena, la frustración de Dylon se había convertido en una furia ciega. Volvió a atacar, lanzando ráfagas de proyectiles de tierra y tratando de atrapar los pies de su oponente, pero Leonidas seguía esquivando cada golpe con una elegancia insultante. Parecía que estaba bailando entre los ataques en lugar de luchar.
—¡Quédate quieto imbécil! —gritó Dylon, su voz ahora cargada de nerviosismo y desesperación.
Leonidas se detuvo de golpe, mirando a Dylon a los ojos. El aire a su alrededor comenzó a vibrar, y una temperatura abrasadora empezó a emanar de su cuerpo.
—Es inútil Dylon, ahora mismo eres inferior a mí —sentenció Leonidas con una frialdad absoluta.
—¿Inferior? —Dylon retrocedió un paso, su arrogancia desmoronándose ante la presión que Leonidas estaba ejerciendo.
—Déjame mostrarte mi nuevo ataque... —Leonidas comenzó a recitar, y sus palabras parecieron encender la atmósfera misma.
—Dios del sol y del fuego, emerge de tu siesta y acaba con todos mis enemigos... ¡Dragón de fuego!
El mana de Leonidas explotó en una columna de llamas cegadoras. De entre el fuego surgió la figura imponente de un dragón de calor puro, rugiendo con una intensidad que sacudió los cimientos de la academia.
La reacción fue instantánea. Ying se puso de pie, asombrada.
—Se sorprende
—¡¿Qué?! —exclamó Hitoka, cubriéndose los ojos ante el resplandor.
—Es imposible... —susurró el Director Bale, incapaz de creer que un estudiante pudiera manifestar tal nivel de poder elemental.
—Ese mocoso... —gruñó Joan, reconociendo finalmente la brecha que se había abierto entre ellos.
—Leonidas... —murmuró la Profesora Jill, su mente corriendo a mil por hora evaluando la peligrosidad de la técnica.
Dylon, atrapado en el centro del huracán, se veía minúsculo frente a la criatura de fuego.
—¿Qué es ese ataque? —preguntó, el miedo finalmente apoderándose de él. Se asustó, sus piernas temblaron mientras el ataque iba directo hacia él.
—¡Noo! —gritó Dylon, cerrando los ojos y esperando el impacto que seguramente lo reduciría a cenizas.
Sin embargo, justo antes de que el dragón de fuego consumiera a Dylon, una figura apareció rápidamente entre el ataque y el joven aterrorizado. Era un hombre anciano, vestido con ropajes sencillos que ocultaban un poder insondable.
—Anulación mágica... —dijo el anciano con una voz que cortó el caos. Extendió el brazo, y con un simple gesto de la mano, la monstruosa creación de fuego se disolvió en el aire, convirtiéndose en nada más que una brisa cálida.
El ataque desapareció del campo de entrenamiento como si nunca hubiera existido. Dylon abrió los ojos lentamente, temblando violentamente por la descarga de adrenalina y el terror.
—Me rindo... —susurró, dejándose caer de rodillas, completamente quebrado.
Todos en la arena quedaron en un silencio sepulcral, sorprendidos tanto por el ataque de Leonidas como por la intervención del misterioso anciano. Leonidas, al reconocer al hombre, bajó la guardia de inmediato. Su rostro perdió la frialdad del combate y volvió a ser el de un discípulo.
—Maestro... —dijo Leonidas con humildad.
El anciano se giró hacia él, su mirada cargada de una severidad que hizo que Leonidas bajara la vista.
—Leonidas, ¿se te olvidó lo que te dije? —preguntó el anciano.
—Que no usaría ese ataque contra compañeros, aliados o amigos... —respondió Leonidas con la voz apagada.
—Así es, no para esto —sentenció el maestro.
—Lo siento, maestro... —se disculpó Leonidas, genuinamente arrepentido de haber perdido el control en el calor del momento.
—Ya hablaremos después —concluyó el anciano, volteándose hacia Dylon.
Dylon seguía en el suelo, tratando de entender cómo seguía vivo. "..." El anciano se acercó a él.
—¿Estás bien? —preguntó con amabilidad.
—¿Eh?, s-si señor... —balbuceó Dylon, aún aturdido.
—Menos mal... —asintió el anciano. Luego, elevó la voz—: Director Bale.
El Director Bale, que había estado observando la escena con una mezcla de respeto y temor, se acercó rápidamente. Se inclinó ante el anciano, un gesto que dejó a todos los estudiantes con la boca abierta. Jamás habían visto al Director mostrar tal nivel de sumisión.
—Supongo que ya sabe quién es el ganador, ¿verdad? —preguntó el anciano.
—Así es, señor —respondió Bale sin dudar.
—Perfecto, con su permiso debo retirarme —dijo el anciano con sencillez.
Bale se quedó en silencio mientras el anciano se alejaba. En un abrir y cerrar de ojos, el hombre desapareció sin dejar rastro, como si se hubiera desvanecido entre las sombras.
La Profesora Jill se acercó al Director, su curiosidad superando su protocolo.
—¿Quién era ese, señor? —preguntó en un susurro.
—Alguien muy importante... —respondió Bale crípticamente, aún asimilando el encuentro.
Joan observaba a Leonidas, quien ahora estaba solo en el centro del campo, con una expresión ilegible. "...". Finalmente, el Director Bale aclaró su garganta y procedió a hacer el anuncio oficial.
—El ganador del duelo es... ¡Leonidas!
Un estallido de aplausos y vítores llenó la arena, aunque muchos aún procesaban lo que acababan de ver.
—Que sorpresa —comentó Gin, aunque esta vez no había malicia en sus palabras, solo una aceptación forzada.
Hitoka sacudió la cabeza, confundido.
—No acabo de entender todo lo que acaba de pasar... —admitió él.
—Ni yo... —coincidió Ying, mirando a Leonidas como si fuera una persona completamente diferente.
El Director Bale volvió a tomar la palabra, silenciando a la multitud.
—Leonidas es el sexto clasificado para el torneo de novatos. Con esto ya estaría la lista de los representantes.
Deila corrió hacia Leonidas, sin poder contener su alegría.
—¡Lo lograste Leonidas! —exclamó, rodeándolo con un fuerte abrazo.
Blake se acercó poco después, con una sonrisa sincera.
—Felicidades, Leonidas —dijo, asintiendo con respeto.
—Mañana habrá una reunión de los seis clasificados —anunció Bale por última vez—. Vuelvan a sus hogares.
La arena empezó a vaciarse mientras los estudiantes discutían con entusiasmo los eventos del día. Leonidas, con Deila aún a su lado, observó el horizonte. El torneo de novatos sería mucho más difícil que este duelo, pero por primera vez, se sentía listo.
"Leonidas es el último clasificado para el torneo de novatos, ¿Cómo le irá en el torneo a el y a sus compañeros?".
Leonidas apretó el puño, una llama de determinación ardiendo en su interior.
"Derrotaré a todos..." pensó, mientras una sonrisa segura se dibujaba en su rostro bajo el sol poniente.