Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 30
Esa tarde el cielo empezaba a teñirse de naranja cuando un auto se detuvo frente a un edificio de apartamentos en una zona bastante tranquila. Mateo bajó primero. Caminó a la cajuela para sacar las maletas de Astrid y Ariana. Mientras tanto, Astrid estaba de pie junto a su hija, que llevaba un rato mirando con ojos chispeantes el edificio alto frente a ellas.
—Eta la casa del tío Teo —exclamó Ariana levantando la cabecita.
Mateo sonrió.
—Tío vive en este edificio de apartamentos. Es alto, ¿verdad?
Ariana asintió con entusiasmo.
—¿Tiene muchas ecalelas, tío?
La pregunta inocente de la niña de casi tres años hizo que Mateo se riera entre dientes.
—Vamos a subir en elevador, como en la oficina. Y de noche se ven muchas luces de la ciudad.
—¡Uau...! —los ojos de Ariana se agrandaron llenos de curiosidad.
Mientras tanto, Astrid estaba de pie en silencio observando el edificio. Los sentimientos se le mezclaban. Desde los últimos acontecimientos, su vida se sentía como un torbellino. La demanda de divorcio, la pelea con Marta, la detención de Lucas. Y ahora tenía que dejar la casa que durante años fue su hogar.
Sin embargo, extrañamente, no sentía que perdiera algo. Lo que sentía era una calma que hacía mucho no visitaba su vida.
Entraron al elevador rumbo al piso veinte.
Mateo volteó hacia Astrid.
—Creo que por ahora lo mejor es que tú y Ariana se queden aquí.
Astrid desvió la mirada de los botones que Mateo acababa de presionar y lo miró.
—¿Para que mi suegra no me moleste?
Mateo asintió despacio.
—No solo por eso.
El tono de Mateo se volvió más serio. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y miró hacia la calle, que empezaba a llenarse de vehículos.
—No sé quién más va a empezar a moverse una vez que se corra la noticia.
Astrid entendió a lo que se refería. El caso de Lucas ya no era un asunto doméstico. Se había convertido en un proceso legal que involucraba a mucha gente.
Si alguien se sentía amenazado o buscaba una salida, Astrid y Ariana bien podían acabar en la línea de fuego. Por eso Mateo no quería correr el menor riesgo.
Mateo la miró unos instantes. La misma mirada que tenía desde hacía años. Llena de atención, de preocupación y de una protección que nadie le había pedido.
Desde siempre, mucho antes de que Lucas apareciera en la vida de Astrid, Mateo se había hecho una promesa a sí mismo. Una promesa que nunca le expresó a nadie. Cuidaría de Astrid mientras pudiera y mientras siguiera respirando.
No porque esperara algo a cambio ni porque quisiera poseerla. Sino porque ver a esa mujer herida era lo más difícil que podía aceptar. Ahora, cuando la tormenta empezaba a golpear la vida de Astrid desde todos los flancos, Mateo solo quería asegurarse de una cosa: que Astrid y Ariana estuvieran a salvo.
—Por eso me quedo más tranquilo si se quedan aquí por ahora —añadió Mateo con voz suave.
Astrid lo miró unos instantes. Un calor le recorrió el pecho. Sabía que Mateo siempre estaba ahí. Siempre ayudando sin aspavientos. Siempre cuidando sin pedir nada a cambio.
—Gracias, Mateo —dijo Astrid con sinceridad.
El hombre solo asintió brevemente.
—Guárdate los agradecimientos para después. Lo que importa ahora es que tú y Ariana descansen.
Mateo abrió entonces la puerta del apartamento.
En cuanto se abrió, Ariana salió corriendo adentro.
—¡Uaaau!
La vocecita de la niña resonó por toda la estancia. Sus ojos redondos empezaron a moverse de un lado a otro, examinando cada rincón con una curiosidad desbordante.
El apartamento era bastante amplio. Grandes ventanales daban directo a la vista de la ciudad. La luz de la tarde entraba a raudales en la sala, que seguía ordenada a pesar de llevar tiempo desocupada.
Ariana daba vueltas en medio de la sala con la cara radiante.
—¡Mami, mila, hay un sol gande! —dijo señalando el ventanal.
Astrid sonrió.
—Sí, cariño. Desde aquí podemos ver el cielo.
Ariana se rio encantada y volvió a recorrer la sala con sus pasitos cortos.
—¡Mami, hay un gato! —la niña estalló en risas al ver un muñeco de gato cuya patita delantera se movía saludando.
Al rato, la pequeña se acercó a Mateo, que estaba dejando las maletas junto al sofá. Sin dudarlo, Ariana le abrazó la pierna.
Mateo se inclinó con una sonrisa.
—¿Qué pasa, Ariana?
Ariana levantó la cabecita. Su carita se veía radiante.
—¡Tío Teo bueno!
Mateo se rio.
—¿Así que según tú, tío Mateo es bueno?
Ariana asintió rápidamente. Sus manitas le daban palmaditas en la pierna a Mateo.
—¡Tíí, Ana quele a tío Teo! —contestó Ariana con su vocecita.
La niña todavía no pronunciaba bien la "s" ni la "r". Algunas palabras le salían enredadas. Pero era justamente eso lo que las hacía sonar tan tiernas e irresistibles.
La frase tan sencilla le arrancó una risita a Mateo. Pero por alguna razón, un calor inexplicable le llenó el pecho. Se puso en cuclillas y le acarició la cabecita con suavidad.
—Tío Mateo también quiere mucho a Ariana.
Ariana sonrió de oreja a oreja. Y sin pensarlo, le rodeó el cuello con los brazos.
Mientras tanto, Astrid, que observaba la escena a la distancia, solo pudo esbozar una sonrisa suave. En medio de un día repleto de caos, la inocencia de Ariana se sentía como un destello de calma que les apaciguaba el corazón. Y todavía quedaban personas que hacían que la vida pesara menos.
La noche fue cayendo poco a poco. Las luces de la ciudad se encendieron una a una. Y en distintos puntos del país, la misma noticia empezó a llenar las pantallas de televisión.
Presunta malversación de fondos. Lavado de dinero. Abuso de cargo. Los nombres que durante años fueron conocidos por el público comenzaron a mencionarse uno tras otro.
Entre esos nombres estaba el de Lucas. El rostro del hombre apareció en la pantalla del televisor. Acompañado de la grabación del momento en que era conducido al interior de la comandancia de policía.
Los titulares cambiaban sin parar. Pero el contenido era siempre el mismo. Un caso de gran magnitud que acaparaba la atención pública.
Mientras tanto, en un apartamento de lujo en el centro de la ciudad, Stella contemplaba todo aquello con el rostro lívido. La mujer estaba petrificada frente al televisor.
El control remoto que tenía en la mano se le resbaló y cayó al piso. Pero ni siquiera se dio cuenta.
—No... —susurró apenas.
Los ojos de Stella no parpadeaban, clavados en la pantalla. La noticia seguía repitiéndose. El nombre de Lucas se mencionaba una y otra vez. Y cada vez que lo oía, el pecho se le oprimía un poco más. El cuerpo le empezó a temblar. No de tristeza ni de preocupación por Lucas. Sino por el miedo que se le fue extendiendo por todo el cuerpo.
Stella tenía miedo de una sola cosa: el escándalo.
Si el caso seguía creciendo, los medios no se detendrían en lo financiero. Iban a escarbarlo todo. El historial de vida de Lucas, su familia, su círculo social. Todo lo relacionado con ese hombre sería destripado hasta el último detalle.
Y cuando eso pasara, el nombre de Stella podía verse arrastrado. Su relación secreta. El amor prohibido que habían ocultado durante tanto tiempo. Todo podía quedar al descubierto.
Stella retrocedió un paso. La respiración se le aceleró, las manos se le enfriaron y la mente se le desordenó.
Todo este tiempo, Stella había presionado a Lucas para que se divorciara de Astrid cuanto antes. Le dio un plazo de tres meses para hacer pública su relación. Apenas había pasado un mes de esa exigencia, y ahora la situación se había volcado por completo.
Lo que estaba en juego para Stella era ahora mucho más grande. Su reputación, su carrera y su futuro. Stella cerró los ojos un momento. Pero la imagen del rostro de Lucas en la pantalla del televisor no dejaba de perseguirla.
Era la primera vez, desde que empezó su relación con ese hombre, que sentía un miedo genuino. Porque ahora no solo Lucas estaba al borde del abismo. Ella también empezaba a ver el mismo precipicio abriéndose justo frente a sus ojos.