Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 30 — «Suami»
Vale observó la pantalla del celular unos segundos más de lo debido. La vibración se detuvo, pero la opresión en su pecho no hizo sino crecer. Ricardo aún le sostenía la mano; sus ojos esperaban... llenos de esperanza, llenos de una confusión que casi la hacía desmoronarse.
Respiró hondo y contestó la llamada.
—¿Assalamu'alaikum? —su voz fue apenas un hilo, casi tembloroso.
—Wa'alaikum salam, cariño. ¿Dónde estás?
—Estoy... en el hospital —respondió Vale con honestidad, aunque la lengua le pesaba.
—¿Qué? —la voz de Mateo se disparó al otro lado—. ¿El hospital? ¿Estás enferma? ¿Por qué no me dijiste?
Vale volteó por instinto hacia Ricardo. La mirada de él parecía sostener el mundo para que no se viniera abajo.
—¿En qué hospital? ¡Voy para allá ahora mismo! —la voz de Mateo sonaba alterada; incluso sus pasos apresurados se escuchaban a través de la bocina.
—No soy yo la enferma —se apresuró a añadir Vale—. Es una amiga. Solo la traje.
Silencio de una fracción de segundo. Luego la respiración de Mateo se acompasó.
—Ah... una amiga —repitió; el tono le bajó—. Ya Allah, casi me da un infarto.
Vale esbozó una sonrisa tenue, una sonrisa que no llegó del todo a los ojos.
—Ya me voy a la casa.
—Yo te recojo —dijo Mateo sin pensarlo—. No te subas a nada sola.
—Sí —Vale asintió aunque Mateo no podía verla—. Te espero en el hospital.
Colgaron.
El silencio envolvió de nuevo la sala de urgencias. Ricardo la miraba; algo se resquebrajó en su expresión... cayendo despacio, sin hacer ruido.
—¿Quién era? —preguntó al fin, en voz baja.
Vale tragó saliva. —Mi esposo —respondió con franqueza. Sin orgullo ni arrepentimiento. Solo un hecho que se alzaba entre los dos como un muro infranqueable.
Ricardo enmudeció. Los dedos que un momento antes le sujetaban la muñeca fueron aflojándose uno a uno, como si temiera que el contacto lo lastimara a él mismo.
—Ah —dijo apenas. Así de simple, pero Vale percibió algo que se quebraba en esa sílaba.
Se puso de pie y acomodó la muleta. —Tengo que irme. Tu esposa... o tu familia seguro vendrán pronto.
Ricardo asintió levemente. No intentó retenerla. No suplicó. El rostro le quedó vacío, pero los ojos se le humedecieron.
—Gracias —murmuró—. Por... ayudarme.
Vale le dedicó una sonrisa tenue. —Que te mejores pronto.
Se alejó, y cada paso le pesó más que el anterior. Ricardo le miró la espalda hasta que la silueta desapareció tras la puerta; entonces cerró los ojos. Le dolía el pecho... no era la cabeza esta vez, sino un sentimiento extraño que le roía por dentro.
¿Por qué se sentía como una pérdida, si ni siquiera sabía qué había perdido?
Poco después, unos pasos apresurados se oyeron.
—¡Ricardo!
Doña Aurora entró primero, lívida. Don Arturo la siguió y se acercó directo a la cama.
—¿Qué tienes, hijo? —las manos de su madre le temblaban al revisarle la frente.
—Mareo —respondió Ricardo—. Hoy... me encontré con alguien.
Doña Aurora y don Arturo se miraron entre sí. Ninguno dijo nada.
En el trayecto de vuelta, Ricardo contemplaba el exterior por la ventanilla. Las luces de la calle corrían como recuerdos que intentaban alcanzarlo pero siempre se quedaban atrás.
—Mamá —dijo de pronto—. Antes... Diana de verdad era mi novia, ¿no?
El silencio descendió sobre el auto. El motor seguía rugiendo, pero nadie contestó.
—¿Mamá? —Ricardo se volvió—. ¿Papá?
Ni una respuesta.
—¿Por qué se callan? —su voz se elevó; el dolor volvió a trepar—. Solo pregunto. Diana... ¿era mi novia o no?
Doña Aurora exhaló un suspiro largo. —Ay, Ricardo —dijo al fin; el tono se le endureció—. Ya te dije: espera a que tu memoria se recupere. Pero eres terco. Le creíste todo a Diana. Te casaste porque ella insistió, le creíste todo lo que decía. Pero ya está, Diana tampoco es mala persona. Al menos es de buena familia.
—Esa no es mi respuesta, mamá —Ricardo la miró fijo—. Pregunto si era mi novia o no.
Doña Aurora fijó la vista al frente. —Ya. No hablemos más de eso.
Ricardo calló. Aquella respuesta dolía más que cualquier mentira.
En la casa, Diana ya los esperaba. Tenía el ceño fruncido al ver entrar a Ricardo sin ella.
—¿Llegaste primero? —le espetó—. Te estuve esperando en la oficina...
—No me sentía bien —la cortó Ricardo—. Me dolía la cabeza. Fui al hospital.
Diana se tensó. —¿Al hospital?
—Sí —Ricardo se quitó los zapatos—. Creo que... mi memoria está volviendo. Un poco.
Esas palabras fueron un rayo para Diana. El corazón le martilleó. Todavía no. Todavía no podía ser ahora. Aún no estaba embarazada. Aún no había logrado que Ricardo se enamorara de ella de verdad.
Doña Aurora le lanzó una mirada fulminante. —En vez de preguntar cómo está tu esposo, te pones a reclamar. ¡Acaba de salir del hospital!
Diana se sobresaltó. —Perdón, suegra —dijo con rapidez—. Es que... estaba preocupada.
Le tomó la mano a Ricardo. —Descansa. Yo te acompaño.
En el cuarto, Diana cerró la puerta con suavidad. Su expresión se tornó seria.
—¿Qué recordaste? —preguntó, esforzándose por sonar casual.
Ricardo se recostó. —Un poco. Sobre... una mujer.
El corazón de Diana latió desbocado. —Ah, eso —dijo de inmediato—. Antes tenías novia. Pero ella te abandonó.
—¿Por qué? —Ricardo miraba el techo.
—Se casó con otro —dijo Diana, la voz intencionalmente plana—. Decía que era más guapo. Un simple mototaxista presumido. Te dejó por otro hombre. No la merecías.
Ricardo guardó silencio. Algo en esa historia se sentía... disonante. Pero la cabeza le pesaba demasiado para rebatir.
—Ya —Diana le acarició el pecho—. Los recuerdos amargos no vale la pena revivirlos. Ahora me tienes a mí. Tu esposa legítima.
Se acercó y lo abrazó. Ricardo le devolvió el abrazo, pero fue un abrazo vacío. En el fondo, una voz pequeña le susurraba: esta no es la historia completa.
En la casa alquilada, Mateo estaba sentado, absorto, mirando a Vale que preparaba croquetas de papa; todavía llevaba puesto el mismo jilbab. Algo en el rostro de su esposa lo hacía mirarla más de lo habitual.
«Resulta que tiene amigos también», pensó. Mateo sonrió para sus adentros. «¿Cómo no lo sabía?»
Negó despacio con la cabeza. «Tan bonita, tan buena... es lógico que tenga amigos», murmuró de nuevo en su interior.
Vale, que llevaba un rato sintiéndose observada sin que Mateo dijera nada, empezó a ponerse nerviosa. «¿Por qué se la pasa mirándome sin decir ni una palabra?», pensó, apartando la cara y dándole la espalda. Le daba una vergüenza enorme que la contemplaran así, aunque fuera su propio esposo.
—¡Vale! —la llamó Mateo. Vale no volteó ni respondió. Seguía con el corazón acelerado y los nervios de punta.
—Voltea para acá, no te puedo ver así —protestó su esposo, ofendido.
Vale se avergonzó todavía más; su marido le decía abiertamente que quería contemplarla.
Mateo se acercó y le quitó la muleta.
—¡Oye! —Vale se asustó; el cuerpo se le fue de lado.
Mateo la atrapó por reflejo antes de que cayera. Vale quedó detenida contra el pecho de Mateo; sus alientos se encontraron.
—¡Mateo! —el rostro de Vale estaba rojo.
Mateo sonrió y la abrazó más fuerte. —¿Qué? ¿Vas a enojarte conmigo?
Vale agachó la cabeza. —No —respondió en un susurro.
—Pues enójate.
—No tengo derecho a enojarme.
—¿Por qué? Si te lastiman o te molestan, tienes todo el derecho de enojarte, Vale. —Mateo le levantó el mentón para que sus ojos se encontraran.
—Tú eres tan bueno conmigo. Entonces yo...
—Enójate.
Las miradas de ambos quedaron trabadas, contemplándose.
—Enójate. Tienes todo el derecho —dijo Mateo. Ahora sus ojos se enfocaban en los labios pequeños de Vale, ligeramente entreabiertos.
—No... —la mujer del jilbab parpadeó; no estaba enojada, más bien sentía una punzada de culpa hacia su esposo.
—Yo no...
Mateo no resistió más. Le besó los labios.
—Anda, enójate... Acabo de quitarte la muleta —susurró, y enseguida le deslizó el jilbab. Luego le besó el cuello.
—Mateo...
Vale cerró los ojos, sintiendo los labios cálidos de Mateo sobre su cuello.