A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 29
Fui hasta el cuarto de Joana y toqué la puerta. No tardó en abrir.
—Pensé que eras tu hermana. De verdad no mentiste cuando dijiste que es un huracán. —Solté una risa con su comentario.
—Vine a llamarte para bajar a cenar. —Me acerqué un poco y le hice una leve caricia en el brazo—. ¿Cómo estuvo tu día?
Joana me miró horrorizada, y por un segundo pensé si de verdad había dicho lo correcto, o si la había ofendido de alguna forma. Pensé que era por el roce en el brazo, pero en ningún momento retrocedió ni me pidió que me apartara.
—¿Hice algo mal? —pregunté al cabo de un rato.
—No, es solo que… no estoy acostumbrada a que me pregunten por mi día. Pero, respondiendo a tu pregunta, pensé que sería aburrido estar sin trabajar. Tu madre no me dejó ni ayudar a limpiar la casa. —Menos mal, pensé—. Pero tu hermana estuvo aquí y miramos varias cosas de la boda.
—Qué bueno que te estés llevando bien con Beatriz y organizando nuestra boda. En lo que necesites quiero ayudarte yo también. He estado mucho en la sede, pero pienso sacar un tiempo para estar contigo también.
—Gracias, pero todo bien, no tienes que cambiar tu rutina por mi culpa.
—Deja de eso. Pero ahora siéntate aquí, que necesito hablar contigo. —Me senté en el sofá y le hice una seña para que ella se sentara también, y así lo hizo.
Le tomé las manos, haciendo que me mirara. Aunque miró un instante nuestras manos unidas, su atención estaba en mí.
—¿Cómo te sientes respecto a tu padre y a tu hermano? Sé que debe de haber mucho rencor ahí, pero lo que quiero saber es si sientes ganas de vengarte, ganas de verlos sufrir y pagar por lo que hicieron.
—Yo… —Hizo una pausa larga—. Pensé mucho en morir, y creía que la muerte era el mejor camino, pero no quería morir antes de saber que ellos pagaron por todo el mal que hicieron, tanto a mí como a mi madrecita. Pero no tengo ganas de verlo, la violencia me da náuseas; solo quisiera saber que jamás podrán volver a hacerle mal a nadie.
—Perfecto, entonces, con eso, puedo contarte que tu padre y tu hermano están desaparecidos. —Abrió mucho los ojos.
—¿Huyeron?
—No, bella, los secuestré, y puedes tener la certeza de que nunca más van a molestarte, ni a ti ni a nadie. —Parpadeó varias veces, desvió la mirada y enseguida volvió a mirarme.
—¿Los mataste?
—Todavía están vivos, pequeña, pero no lo estarán el día en que nos casemos. —Asintió.
—Entiendo. No estoy a favor de la violencia y prefiero que no me digas qué estás haciendo con ellos. Solo quiero agradecerte por haberte preocupado por mí y por ayudarme a salir de aquella casa.
—Ahora eres parte de esta familia, y un día esos dos no serán nada más que malos recuerdos.
—Pero ¿no te vas a meter en problemas si lo descubren?
—Ya me ocupé de que todos sepan que le entregué una enorme suma de dinero a tu padre, y hay gente viajando a otro país haciéndose pasar por los dos. Así, parecerá que solo huyeron y están disfrutando del dinero que recibieron. Nadie tendrá que saber jamás lo que de verdad pasó. —Asintió y no dijo nada.
—Bella, hay otro asunto del que quería hablar contigo.
—Dime.
—Por qué no duermes en la cama. Esto no puede seguir así, bella, no puedes seguir durmiendo sentada en ese sofá. —Ella iba a hablar, pero la corté—. Te agendé una psicóloga; tus sesiones serán todos los martes y viernes a las tres de la tarde. —Abrió mucho los ojos, completamente atónita.
—¿Crees que necesito un psicólogo?
—Todos lo necesitamos, a veces solo no sabemos admitirlo, pero hablar siempre es un excelente camino y vas a ver cómo te vas a sentir mejor. Nada de lo que se diga en las sesiones podrá salir de ahí, o sea, puedes decir lo que quieras, y la psicóloga solo puede darte apoyo y consejos, pero jamás juzgarte ni criticarte. —Soltó una risa leve.
—Diciéndolo así, ni parece un lugar para locos.
—El psicólogo no es un lugar para locos, es un lugar que te enseña a vivir la vida de forma más liviana y a manejar mejor los problemas. Y el primer punto que espero que trates con ella es el hecho de no dormir en la cama.
—Lo intenté algunas veces, pero cuando me acuesto se me acelera el corazón, empiezo a llorar y a quedarme sin aire, es horrible. —Se agitó de solo recordarlo.
—Tengo una idea, pero vas a necesitar confiar en mí.
—¿Qué idea es esa? —El recelo estaba ahí, pero parecía dispuesta a intentarlo.
—Puedo dormir contigo, así, cuando tengas una crisis, me abrazas y quizá puedas darte cuenta de que estoy ahí para protegerte y no para hacerte daño. —Abrió mucho los ojos mirándome—. Jamás voy a tocarte sin tu consentimiento, bella, ni siquiera abrazarte sin que tú quieras. Es solo una idea, porque creo que puede ayudarte, y si vemos que no funciona, vuelves al sofá y yo vuelvo al cuarto de al lado, ¿está bien?
—Acepto intentarlo, pero no puedo prometer nada.
—Un paso a la vez, mi pequeña. Jamás vas a tener que prometerme nada; con solo intentarlo ya me siento orgulloso de ti.