Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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El pasado que regresa
Pensé que lo había dejado atrás. Que cuando perdí todo, también perdí la huella de quienes me lastimaron. Pero el pasado no se va tan fácil: solo espera el momento justo para volver y golpear con más fuerza.
Llegó por la mañana, con el sol apenas asomando, cuando salí al jardín a respirar aire fresco, necesitando alejarme un instante de la tensión que ahogaba la casa. Lo vi de pie junto a la verja, sonriendo con esa sonrisa falsa que conocía tan bien: Javier, el hombre que me había traicionado junto con mi propia familia, quien me había dejado sin hogar y sin nada. El corazón se me detuvo en seco.
—Te estaba buscando —dijo, avanzando como si tuviera derecho a estar allí—. Qué suerte encontrarte tan pronto.
—Váyase —dije, con voz temblorosa pero firme—. No tiene nada que hacer aquí.
—¿Ah, no? —rio con amargura—. Mírate. Vives en una mansión, protegida por un millonario… y encima es el padre de tu mejor amiga. Qué historia tan interesante. Seguro que a todo el mundo le encantaría saberla.
Me quedé helada. Sabía lo que hacía. Había venido a aprovechar el escándalo, a sacar provecho de lo nuestro, a destruir lo poco que nos quedaba.
—No diga nada —susurré, sintiendo cómo el pánico me recorría—. No le importa mi vida. Solo quiere dinero.
—Claro que quiero dinero —admitió, acercándose más—. Pero también quiero ver cómo caes. Tú y tu viejo. Si no me dan lo que pido, todo se sabrá. Los vecinos, los amigos de la familia, Roberta… todos sabrán qué clase de mujer eres.
Me sentí acorralada. No solo tenía que luchar contra la culpa y el dolor que causaba a mi amiga; ahora también venía alguien de fuera a empujarme al abismo. Corrí de vuelta a la casa, con el corazón a mil por hora, y encontré a Lucian en la entrada. En cuanto me vio, su expresión cambió.
—¿Qué te pasa? —preguntó, tomándome de los brazos—. Estás pálida.
—Es Javier —logré decir, con la voz entrecortada—. Él está aquí. Sabe lo nuestro. Quiere aprovecharlo para dañarnos.
La mandíbula de Lucian se tensó al instante. Sus ojos se oscurecieron, no con miedo, sino con una determinación feroz.
—¿Qué quiere?
—Dinero. Silencio. Y… y vernos caer —bajé la mirada, sintiéndome pequeña, vulnerable—. Si no se lo damos, lo contará todo. Destruirá su reputación, la de Roberta, todo.
Lucian me tomó del rostro suavemente, obligándome a mirarlo.
—No le daremos nada. No nos chantajeará.
—¿Y si lo cuenta? —las lágrimas me brotaron solas—. ¿Si hace daño a ella también? Ya nos odia. Esto la destrozará por completo.
Me abrazó con fuerza, protegiéndome con su cuerpo como si pudiera apartar todo el mal del mundo.
—No dejaré que nadie te haga daño. Ni él, ni nadie. Y no dejaré que nadie dañe a mi hija. Encontraremos la forma de detenerlo.
Pero la tranquilidad no volvió. Esa tarde, una nota llegó a la puerta, con exigencias claras y plazos cortos. Y mientras tanto, el conflicto crecía entre nosotros: yo me culpaba por traer este peligro a su vida; él me culpaba por querer huir en lugar de enfrentarlo juntos.
—No es mi culpa que él apareciera —le dije, con la voz rota—. Pero siento que todo lo que toco lo destruyo. Primero a ella, ahora a usted.
—No digas eso —respondió, con voz firme—. No eres un desastre. Eres la mujer que amo. Y juntos podemos con esto.
—¿De verdad? —lo miré a los ojos—. Por fuera nos atacan. Por dentro… ya estamos rotos. ¿Cuánto tiempo más podremos resistirlo?
No respondió. Solo me abrazó de nuevo, pero sentí que su abrazo ya no era tan seguro. Tenía razón: enemigos por fuera, conflicto por dentro. Y la sombra de Javier se cernía sobre nosotros, oscura y amenazante.