Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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prólogo
Me llamaron villana por primera vez en el patio de la academia. Yo tenía catorce años y llevaba un vestido que me quedaba grande porque era de mi madre. No hice nada del otro mundo. Solo le dije a Isabella que se había equivocado en la fecha del examen. Ella se rió, me miró y dijo: ahí va la villana otra vez. Todos se rieron. Desde ese día el nombre se quedó. Yo lo acepté porque pensé que si me odiaban por algo, al menos me miraban.
En mi casa nadie me enseñó otra forma. Mi madre repetía que una chica de nuestra familia tenía que casarse bien. No hablaba de cariño. Hablaba de apellido, de contactos, de no quedar atrás. Yo aprendí a copiar esa forma de hablar. Si era dura, nadie me iba a lastimar primero. Me volví cortante. Respondía mal. En el fondo quería que me quisieran, pero no sabía cómo pedirlo sin sonar débil.
Entonces apareció Kian. Era el príncipe de la academia, no de verdad, pero todos lo trataban como si lo fuera. Rubio, buen uniforme, sonrisa fácil para todos menos para mí. Yo me convencí de que si él me hacía caso, el resto del colegio iba a cambiar de opinión. Así que lo seguí. Le escribí notas. Le dejé galletas que hice mal porque nunca había cocinado. Le esperaba a la salida de esgrima aunque lloviera. Cada vez me contestaba con menos palabras. A veces ni me miraba.
Lo que más me dolió fue cómo me hacía sentir pequeña delante de otros. Una vez le pregunté si quería bailar en la fiesta de otoño y me dijo que no bailaba con gente que intentaba dar lástima. Lo dijo bajito, pero los que estaban cerca escucharon. Me fui al baño y me quedé una hora. Esa noche entendí que no era timidez de él. Era desprecio.
A mitad de tercer año llegó Leo. Entró con la mochila rota y el pelo mal cortado. Era becado. Nadie lo conocía. Se sentó atrás y cuando la profesora preguntó algo, contestó sin miedo. Kian, que nunca hablaba con los nuevos, se le acercó. Le sonrió. Le ofreció su cuaderno. Yo vi eso y sentí algo raro en el pecho. Entendí que Kian sí sabía ser amable. Conmigo elegía no serlo.
Esa tarde hice cuentas en mi cuaderno. No de matemáticas. Escribí todos los recreos que pasé siguiéndolo, todas las tardes que ensayé qué decirle, todo el dinero que gasté en cintas para el pelo porque a él le gustaban claras. Eran dos años. Dos años enteros pensando en alguien que no me dedicaba ni dos minutos. Me dio vergüenza, pero también alivio, como cuando por fin sueltas una bolsa pesada.
Al día siguiente no lo busqué. Fue raro. Mi cuerpo quería ir al pasillo donde él estaba. Me quedé en la biblioteca. Abrí un libro de animales que nunca había tocado. Leí. Al otro día tampoco fui. Empecé a peinarme para mí. A estudiar porque me gustaba, no para que él me felicitara. La gente empezó a mirarme raro. Había dejado de perseguirlo y se notaba. Isabella me preguntó qué me pasaba. Le dije que por primera vez en mucho tiempo me sentía tranquila.
El cuarto día pasó algo pequeño. Un gorrión entró por la ventana del aula. Todos se asustaron menos yo. Se paró en mi mesa. No se fue. Me miró y escuché, clarito dentro de mi cabeza, un gracias. Pensé que me había vuelto loca por no dormir bien. Pero esa noche, en el patio, el gato negro que siempre me arañaba se subió a mi hombro y se quedó dormido. No entendí nada. Solo supe que antes ni un pájaro se me acercaba y ahora algo había cambiado, y ese algo era yo.