Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 29
Capítulo 29
La llamada tardó en entrar.
Cada tono se me hizo eterno.
Tal vez estaba en junta.
Tal vez estaba con un cliente.
Tal vez lo estaba molestando.
Otra vez.
Cuando ya estaba pensando en colgar, contestó.
—¿Qué pasa?
Su voz sonó más ronca que en la mañana.
—¿Te interrumpo?
—No. Estaba en el baño y no alcancé a...
Tosió.
Fuerte.
Una tos seca, de esas que raspan hasta por teléfono.
Me enderecé.
—Dante, toma agua.
—Ya tomé.
—Toma más.
—Ximena.
—¿Qué?
—¿Para eso llamaste?
Me mordí el labio.
—Doña Rosa me llamó. La pastilla que tomaste en la mañana estaba caducada.
Hubo silencio.
—Con razón —dijo al final.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Tosió otra vez.
—Eso no suena bien.
—Es tos.
—Y fiebre.
—Probablemente.
Me dieron ganas de apretarle el cuello.
Con cariño.
Más o menos.
—Ve al hospital.
—Después.
—¿Después cuándo?
—Cuando salga.
—¿Del trabajo?
—Sí.
Respiré hondo.
—Dante, ¿qué es más importante? ¿Tu cuerpo o el trabajo?
Tardó un segundo.
—Ambos.
—No era opción múltiple.
—Tengo un cliente en media hora.
—¿Quieres contagiar a tu cliente importante?
Se quedó callado.
Bien.
Punto para mí.
—Escúchame —dije—. Si estás enfermo, no trabajas bien. Si no trabajas bien, pierdes tiempo. Entonces ir al hospital también es eficiencia. ¿No te gusta tanto la eficiencia?
Otra pausa.
—Estás usando mis palabras contra mí.
—Sí.
—Qué lista.
—Gracias. Ve al hospital.
—Está bien.
Solté aire.
—Cancela al cliente. Reprogramar por enfermedad no es el fin del mundo.
—Mmm.
—Dante.
—Ya entendí.
—Bien. Entonces ve.
Iba a colgar.
—Espera.
—¿Qué?
—Ven por mí.
Me quedé mirando la pared de la sala de café.
—¿Perdón?
—Ven por mí y llévame.
—Tienes chofer. Y Saúl. Y media empresa.
—Tú dijiste que ibas a venir a llevarme.
—Dije que si no ibas, yo iba a ir por ti.
—Entonces ven.
—Dante.
—Si no vienes, no voy.
Cerré los ojos.
Qué hombre.
Qué hombre tan imposible.
—Voy a pedir permiso.
—Te espero.
—No me chantajees con tu fiebre.
—No lo hago.
Claro que sí.
Colgué y llamé a mi papá.
Octavio contestó con su tono de oficina.
Le expliqué que Dante estaba enfermo y que necesitaba salir para llevarlo al hospital.
No terminó de escuchar cuando dijo:
—Ve. Cuida bien a Dante. No tienes que volver hoy si se complica.
Me quedé callada.
Desde que me casé con Dante, mi papá era más generoso con mis permisos.
Conveniente.
No iba a quejarme.
Le mandé mensaje a Dante.
`Voy para allá.`
Respondió:
`Bien.`
Nada de gracias.
Sonreí sin querer.
Señor “gracias, señora gracias”.
Ese día llevaba el Porsche blanco. Manejé rápido, pero con cuidado. Veintitantos minutos después estaba frente al edificio de Grupo Montalvo.
Le escribí:
`Estoy abajo.`
Dante acababa de dejar instrucciones a Saúl y de mover la reunión con el cliente. No le gustaba cancelar, pero en ese estado habría sido peor presentarse.
Tomó el saco, se lo puso y salió.
Tosió dos veces antes de llegar al elevador.
Cuando lo vi salir, me quedé un segundo mirando.
Traía el traje azul oscuro que yo había escogido.
Y la corbata color vino.
Mi corbata.
Le quedaba demasiado bien.
Me dio una satisfacción ridícula.
Sí.
Tenía buen gusto.
También ayudaba que Dante tuviera hombros, cintura y piernas de modelo caro.
Saqué la mano por la ventana.
—¡Aquí!
Dante me vio y caminó hacia el coche.
Intentó abrir la puerta del copiloto.
No abrió.
Porque yo no había quitado el seguro.
Me asomé.
—Mejor atrás. Vas más cómodo.
Dante me miró.
Un segundo.
Luego caminó a la puerta trasera.
La abrió.
Y se quedó quieto.
Ay.
La caja rosa.
La maldita caja rosa.
La ropa negra de Sofía, ahora mía por imposición, estaba en el asiento trasero como si quisiera presentarse formalmente.
—¿Qué pasa? —pregunté, aunque ya sabía.
—Nada.
Dante se subió.
Empujó la caja hacia un lado con demasiada calma.
—Si te estorba, pásamela. La pongo adelante.
—No estorba.
—¿Seguro?
—Sí. Se ve bien.
Me atraganté.
—Dante.
—¿No ibas a devolvérsela a tu amiga?
Sentí la cara caliente.
—Ya no la quiso.
—¿No?
—Me la dejó.
Sus ojos se encontraron con los míos en el retrovisor.
—Entonces puedes usarla.
Tosí.
No por enfermedad.
Por peligro.
—¿A qué hospital quieres ir?
Dante levantó una ceja.
—El que tú digas.
—El Ángeles de aquí cerca.
—Bien.
Puse el navegador y arranqué antes de que pudiera decir algo peor.
Llegamos en menos de diez minutos. Estaba cerca, y yo manejé más rápido de lo habitual.
Al estacionarme, Dante dijo:
—Manejas bien.
—Normal. Pero con el señor Montalvo enfermo atrás, una no puede fallar.
—No te va mal. Eres esposa de ese señor Montalvo.
Sentí calor en las mejillas.
—Tu fiebre no te quitó lo hablador.
—Parece que no.
Bajamos.
Lo tomé del brazo por si se mareaba.
Dante bajó la mirada a mi mano.
Sonrió apenas.
—No te emociones —murmuré—. Es servicio médico.
—No dije nada.
Entramos al hospital.
Lo dejé sentado en la sala y fui a registrarlo. La fila no era enorme, pero con alguien enfermo al lado, todo tarda más.
Cuando volví, Dante me llamó.
—Ven.
—¿Qué pasa?
—Siéntate.
—¿Para qué?
—Me siento mal. Quiero apoyarme.
No supe decir que no.
Me senté a su lado.
Dante inclinó la cabeza y la apoyó en mi hombro.
Me quedé rígida.
Su cabello me rozaba la mejilla.
Pesaba.
Pesaba muchísimo.
Pero olía a él.
A fiebre.
A perfume apagado.
A camisa limpia.
Bajé la mirada.
De cerca, su cara seguía siendo injusta. Nariz recta, labios bien marcados, pestañas largas. La fiebre le había dejado un color raro en los pómulos y una debilidad que no combinaba con él.
Eso lo hacía verse menos intocable.
Y más peligroso para mi corazón.
Me quedé quieta.
Todo lo quieta que pude.
Veinte minutos después llamaron su nombre.
Dante levantó la cabeza despacio.
Yo moví el hombro.
Me dolía.
—Perdón —dijo—. Creo que me dormí.
—Tu cabeza pesa.
—Qué sincera eres cuando estoy enfermo.
—Aprovecho.
Entramos al consultorio.
El doctor le tomó la temperatura.
Miró el termómetro y frunció el ceño.
—Treinta y nueve punto siete.
Lo miré de golpe.
—¿Qué?
—Fiebre alta —dijo el doctor—. ¿Por qué tardó tanto en venir? Si sigue subiendo, se nos complica.
Miré a Dante.
Con toda la acusación posible.
Él no dijo nada.
Sabio.
El doctor indicó medicamento y suero. Nada de “me voy a trabajar” ni “es una tos”.
Pagué, hice el trámite y lo pasaron a una habitación privada.
La enfermera que entró a ponerle la vía lo miró una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Yo lo noté.
Obvio lo noté.
Era difícil no mirar a Dante, incluso enfermo. Eso no significaba que me gustara verlo.
Bueno.
No me gustó verlo de ella.
La enfermera sonrió mientras preparaba la aguja.
—Disculpe, ¿tiene novia?
Dante ni parpadeó.
—Mi esposa está al lado.
La enfermera se congeló.
Yo también.
Mi esposa.
Al lado.
Qué forma tan directa de cerrar una puerta.
—Ay, perdón —dijo ella, roja—. No sabía.
—No pasa nada.
Puso la vía rápido, recogió sus cosas y salió casi corriendo.
Yo me quedé de pie junto a la cama, con la cara más caliente de lo necesario.
Dante me miró.
—Siéntate. Esto va a tardar.
Me senté en la orilla de la cama.
No sabía qué hacer con las manos.
Ni con la boca.
El silencio se volvió incómodo.
Así que dije la primera tontería disponible:
—La enfermera te miró mucho.
Dante giró la cabeza hacia mí.
—¿Sí?
—Sí. Y te preguntó si tenías novia.
—Ya escuchaste mi respuesta.
—Sí.
—Entonces.
Me arrepentí.
¿Por qué saqué el tema?
¿Qué quería? ¿Que me dijera que la enfermera era bonita? ¿Que no le interesaba? ¿Que yo no tenía de qué preocuparme?
Horrible.
—Olvídalo.
Dante sonrió.
No mucho.
Lo suficiente para molestarme.
—¿Por qué preguntas?
—Por nada.
—Ximena.
—No sé conversar con enfermos.
—Eso no fue conversación de enfermos.
—Entonces no quiero hablar.
Dante me miró como si acabara de descubrir algo divertido.
—¿Estás celosa?
Me quedé helada.
—¿Yo?
—Tú.
—No.
—Contestaste muy rápido.
—Porque es absurdo.
—Mmm.
—No hagas “mmm”.
—Está bien.
Pero seguía sonriendo.
Y eso era peor que el “mmm”.