Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 29 — Reencuentro en el mercado
«Vale...»
«¿Quién es ella? ¿Por qué me duele el pecho cada vez que la veo?»
«¿Por qué me punza la cabeza cada vez que la recuerdo?»
Cada vez que la imagen de aquel rostro aparecía, Ricardo la sofocaba con ocupaciones: trabajaba más horas, llegaba más tarde a casa, hablaba lo mínimo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Diana, que había notado el cambio. Su esposa no era tonta.
—Cansancio —respondió Ricardo, que empezaba a sentir que Diana solo era un estorbo. Quién sabía adónde se había ido ese supuesto amor. O tal vez nunca existió de verdad.
—¿Seguro que es solo cansancio? —insistió Diana, tocándole el brazo.
—Ajá.
—¿Te doy un masaje? —ofreció.
—Quiero descansar, Diana.
Y Diana, ya fuera por agotamiento o por credulidad, eligió no escarbar más.
En las noches silenciosas, Ricardo comenzó a investigar. Despacio. A escondidas. Tecleó ese nombre en el celular.
Vale.
Luego lo borró, y luego lo tecleó de nuevo. Abrió redes sociales, las cerró, revisó archivos viejos de la oficina, preguntó sin preguntar. No halló nada completo. Solo fragmentos: una foto de una actividad comunitaria en un barrio periférico, retazos de comentarios antiguos, uno o dos nombres que sonaban familiares pero no tenían rostro.
Lo que llegaba con más frecuencia eran las visiones.
Vale sentada en una banca de madera, la cabeza inclinada, los dedos apretando el borde del gamis. Vale riendo bajito, tapándose la boca, como si temiera que su voz molestara al mundo. Vale llorando sin emitir sonido, los hombros temblorosos, la muleta tirada en el piso.
Con cada imagen, la cabeza de Ricardo también gritaba.
Empezó a tomar analgésicos con más frecuencia de la debida. Sabía que no era la solución, pero al menos le daba una tregua, un poco de distancia entre él y el rostro que lo perseguía.
Ese día el mercado estaba atestado.
Ricardo en realidad no tenía intención de ir. Solo quería evitar la avenida atascada y optó por dar un rodeo. Pero las voces de los vendedores, el olor a especias y los colores de las telas lo hicieron aminorar la marcha. Estacionó el auto, bajó un momento, con la idea de comprar algo que no necesitaba.
Y entre la multitud, la vio.
Vale.
Caminando despacio, la muleta golpeando el suelo con el mismo ritmo que recordaba.
Toc. Toc.
Ricardo se paralizó. El mercado pareció alejarse; los sonidos se fundieron en un zumbido largo. Vale llevaba un jilbab liso, el rostro un poco más lleno que en las visiones que solían visitarlo, pero era ella sin duda. Cargaba una bolsa de tela sencilla; le brillaban los ojos y los labios se le curvaban en una sonrisa mientras regateaba con un vendedor.
—Vale —la llamó Ricardo; la voz le salió sin plan alguno.
Vale volteó. Un instante. Luego su expresión cambió: sorpresa, tensión, como quien es sorprendido por el pasado.
—Ah —dijo en voz baja—. Ricardo.
El saludo lo atravesó. La cabeza le palpitó con fuerza, obligándolo a cerrar los ojos un momento.
—¿Estás... de compras? —Ricardo intentó una frase trivial; su propia voz le sonó lejana.
Vale asintió deprisa. —Sí. Disculpa, estoy apurada.
Trató de seguir adelante, pero Ricardo, por reflejo, la siguió un paso.
—Un momento —dijo—. ¿Podemos hablar?
Vale se detuvo. La mano se le tensó en el mango de la muleta. —¿De qué quieres hablar? No hay nada. No somos tan cercanos...
La frase no había terminado cuando el mundo de Ricardo volvió a sacudirse. El dolor le golpeó la cabeza, le llenó la vista de puntos luminosos. Se tambaleó, las manos buscando el aire.
—¡Aaargh! —gimió Ricardo.
—¡Ricardo! —Vale le sujetó el brazo por instinto.
Aquel contacto fue como un interruptor.
Ricardo se estremeció, la respiración entrecortada. El mercado giró y luego se oscureció. Sintió que las rodillas le flaqueaban.
—Ricardo, ¿qué te pasa? —Vale estaba pálida, los ojos llenos de una preocupación genuina.
—La cabeza... —Ricardo trató de hablar, pero la voz se le quebró.
—¿La cabeza? ¿Será que...?
Vale miró a su alrededor buscando ayuda. —¡Señor! ¡El mototaxi! ¡Por favor!
Un conductor se acercó.
—¿Qué pasó, señorita?
—Señor, por favor llévenos al hospital más cercano, está muy mal —explicó Vale con rapidez, ayudando a Ricardo a sentarse. Sin más preguntas, se pusieron en marcha. Vale iba a su lado, una mano sosteniéndolo para que no se cayera, la otra aferrada a su propia muleta.
—Aguanta, ya casi llegamos al hospital —le dijo en voz baja.
Ricardo cerró los ojos. En la oscuridad, los fragmentos regresaron... más nítidos, más cercanos.
Se vio a sí mismo sonriéndole a Vale. Escuchó su propia voz decir: «Vengo... a pedir la mano de Vale para que sea mi esposa». Vio a Vale bajar la cabeza, las lágrimas cayéndole sobre el dorso de la mano. Sintió la promesa pronunciada con absoluta sinceridad.
El pecho se le comprimió.
En la sala de urgencias, la luz blanca deslumbraba. El doctor lo revisó con rapidez. Vale quiso marcharse, pero la mano de Ricardo ya la retenía.
—¡No te vayas!
Vale lo miró con tristeza; Ricardo le suplicaba.
—Señora, ¿es amiga o familiar? —preguntó la enfermera.
Vale dudó. —Amiga —respondió al fin.
Después de que le administraron medicamentos y su estado se estabilizó, el doctor recomendó reposo y estudios posteriores. Vale asintió y anotó las instrucciones con cuidado.
—Ricardo, tengo que irme —dijo en voz baja cuando la sala empezó a vaciarse.
Ricardo abrió los ojos. Su mano aún sujetaba la muñeca de Vale. El agarre era débil, pero cargado de súplica.
—No —dijo con voz ronca.
Vale calló. El rostro se le debatía; los ojos se le empañaron. —Voy a llamar a tu mamá o a tu esposa. Que ellas te acompañen aquí.
Ricardo negó con la cabeza.
—Solo un poco más —suplicó—. Todavía... quiero que estés aquí. Tengo miedo de que si te vas, no vuelvas nunca.
Esas palabras hicieron que algo se derrumbara dentro de Vale. Contempló al hombre que alguna vez ocupó su corazón.
—No sé por qué siento esto por ti. ¿Puedes explicármelo? ¿Por qué me duele el corazón y al mismo tiempo se alegra cada vez que te veo? ¿Por qué te quiero... a mi lado?
Vale agachó la cabeza. Ricardo tragó saliva con dificultad; la garganta se le secó. No podía pedir la verdad a nadie más, solo a Vale. Sentía que podía confiar en ella.
Vale abrió la boca, a punto de hablar. Pero su teléfono vibró dentro del bolso. Lo ignoró. Vibró otra vez. Lo sacó.
El nombre en la pantalla le hizo dar un vuelco al corazón.
Mateo.
Vale cerró los ojos un instante. Miró a Ricardo. ¿Qué debía hacer ahora?