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La esposa sustituta del comandante

La esposa sustituta del comandante

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amante arrepentido
Popularitas:29.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Ayu Lestari

Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.

Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.

NovelToon tiene autorización de Ayu Lestari para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 28

Ramiro Valdés

Alma envió los documentos para la selección aquella noche.

Después de pulsar el botón de enviar, se quedó contemplando la pantalla de la laptop durante un buen rato. No hubo explosiones. El cielo no se desplomó. Solo apareció el aviso de correo enviado y su pulso se aceleró de más.

Damián estaba sentado al otro lado de la mesa del puesto médico, leyendo un informe de patrulla.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿Cómo te sientes?

Alma meditó la respuesta.

—Como si saltara de un precipicio esperando que hubiera agua abajo.

Damián levantó la vista.

—Es una analogía terrible para decírmela a mí.

—Usted preguntó.

—Me arrepiento.

Alma estuvo a punto de reírse.

El teléfono sonó antes de que la risa escapara. Era un número desconocido, con código de la Capital.

Contestó.

—¿Hola?

—¿Alma?

Aquella voz hizo que el tiempo retrocediera.

Cálida. Serena. Familiar de una manera que llevaba años sin escuchar.

Alma se puso de pie despacio.

—¿Ramiro?

Damián alzó la cabeza.

Al otro lado de la línea, el hombre soltó una risita.

—Menos mal que sigues teniendo el mismo número. Creí que tendría que buscarte otra vez por medio del hospital.

Ramiro Valdés.

El antiguo vecino de los Montenegro. El chico que le había enseñado a andar en bicicleta, le llevaba libros de medicina usados y había sido el primero en decirle que Alma sería una buena médica porque no soportaba ver sufrir a nadie.

Habían perdido el contacto unos años después de que Ramiro se mudara fuera de la ciudad para estudiar y trabajar con una organización humanitaria.

—¿De dónde sacaste mi número?

—De la señora Ramona. Pasé por tu casa en la Capital. Me dijo que estabas en la frontera del noreste.

—¿Qué ocurre?

—Escuché que te inscribiste al Equipo Médico Humanitario Nacional-Global.

Alma guardó silencio.

—¿Tú estás involucrado?

—Soy uno de los coordinadores de campo de la selección. No te preocupes, no evaluaré directamente tu candidatura. Sería un conflicto de intereses.

Alma se masajeó la sien.

—El mundo es demasiado pequeño.

—Lo es cuando los tercos siempre terminan en los lugares difíciles.

Ella se rio.

—Sigues siendo un parlanchín.

—¿Y tú sigues sin saber aceptar un cumplido?

—Ramiro.

—Está bien, está bien. No llamé para molestarte. Quiero asegurarme de que entiendes los riesgos del programa. Mucha gente se inscribe porque suena heroico. Cuando llegan al terreno, descubren que no hay escenario: solo heridas, llanto y decisiones equivocadas.

Alma miró a Damián.

Él le sostuvo la mirada. Tenía el rostro impasible, pero los ojos alertas.

—Lo sé —respondió Alma.

—Estoy seguro de que lo sabes mejor que la mayoría. Aun así tenía que decírtelo. Si quedas seleccionada, tu vida cambiará. No solo por esos seis meses. Ni siquiera al volver todos regresan siendo los mismos.

—Suena como si quisieras impedirme hacerlo.

—No. De hecho, creo que eres una de las personas que debería participar. Pero quiero que elijas con los ojos abiertos.

Aquella frase se parecía a las de Damián.

Alma volvió a sentarse.

—Gracias.

—La semana próxima iré a la frontera del noreste para auditar los puestos y entrevistar a algunos candidatos. ¿Podemos vernos?

Alma vaciló.

Damián seguía observándola.

—Sí. Avísame cuándo llegarás.

—De acuerdo. Cuídate, Alma.

—Tú también.

La llamada terminó.

El cuarto quedó en silencio.

Damián dejó el informe sobre la mesa.

—¿Ramiro?

—Un viejo amigo.

—¿De hace cuánto?

Alma lo miró.

—¿Es una pregunta administrativa o personal?

—Personal.

La respuesta fue demasiado sincera.

Alma ordenó el teléfono junto a la laptop.

—Era mi vecino. Como un hermano mayor.

—Como un hermano mayor.

—No lo repita con ese tono.

—¿Con cuál tono?

—Con el tono de un comandante que está tomando nota de un sospechoso.

Damián se recostó en la silla.

—¿Es coordinador de la selección?

—Uno de ellos.

—¿Y vendrá aquí?

—La semana próxima.

—Bien.

Alma esperó.

No hubo prohibiciones.

Ni comentarios.

Pero el rostro de Damián estaba demasiado sereno.

—¿Está celoso?

Damián la contempló.

—No.

—Respondió demasiado rápido.

—Estoy evaluando.

—¿Qué está evaluando?

—Si estoy celoso.

Alma no pudo contener la risa.

Damián pareció irritado consigo mismo.

—¿Y el resultado?

—Tal vez.

Alma bajó la cabeza sin dejar de sonreír.

—Ramiro es prácticamente familia.

—Muchos problemas empiezan con esa frase.

—Damián.

—No te prohíbo verlo.

—Qué bueno.

—Pero quiero conocerlo.

—¿En calidad de qué?

—De tu esposo.

La palabra le salió sin pensar.

Alma lo observó.

Damián no se retractó.

—Es un viejo amigo —dijo ella en voz baja.

—Entonces necesita saber cuál es su lugar ahora.

—¿Su lugar?

—Estoy aprendiendo, no estoy muerto.

Alma volvió a reírse, esta vez con más libertad.

Damián la contempló; su expresión se suavizó sin que él se diera cuenta.

La semana siguiente, Ramiro llegó con un pequeño equipo. Bajó de un vehículo de Protección Civil con una camisa de campo, una mochila y una sonrisa que hizo cuchichear de inmediato a varias mujeres de la asociación de familias militares.

Era alto, usaba lentes, tenía el rostro limpio y una presencia tranquila.

—Alma.

Ramiro abrió apenas los brazos, dudando si podía abrazarla.

Alma sonrió y le dio un abrazo breve.

Damián lo vio desde siete metros de distancia.

Rodrigo, a su lado, murmuró:

—Comandante, su cara...

—¿Qué tiene?

—Nada. Está muy... operativa.

Damián lo fulminó con la mirada.

Rodrigo retrocedió.

Ramiro terminó el abrazo y reparó en los brazos de Alma.

—Estás más delgada.

—¿Eso es lo primero que me dices después de tantos años?

—Es el resultado de mi observación.

—Estás más insoportable.

—Y a ti todavía no te gusta que te observen.

Damián se acercó.

Alma se volvió hacia él.

—Damián, él es Ramiro Valdés. Ramiro, él es el mayor Damián Arce.

Ramiro miró a Damián y sonrió con cortesía.

—El esposo de Alma.

Damián le tendió la mano.

—Damián.

Ramiro se la estrechó.

—Ramiro. He oído mucho sobre usted.

—¿De quién?

—De las noticias. De los informes de campo. Y un poco de los Montenegro.

—¿De Alma?

Ramiro lanzó una mirada a Alma.

—Antes, ella no tenía mucho que contar sobre usted.

La frase fue delicada, pero dio en el blanco.

Damián sostuvo la mirada de Ramiro.

Alma intervino de inmediato.

—¿Empezamos la auditoría del puesto?

Ramiro sonrió.

—Por supuesto.

Durante todo el día, Ramiro trabajó con profesionalismo. Revisó los registros de pacientes, el circuito de triaje, la distribución de medicamentos, la higiene y los protocolos para enfermedades posteriores a las inundaciones. Hizo observaciones sin condescendencia, y Alma las recibió con rapidez.

Compartían el mismo idioma.

El idioma de la medicina, de la experiencia en terreno y de un pasado que no necesitaban explicar demasiado.

Damián lo vio.

Y no le gustó.

No porque Ramiro hiciera algo malo.

Precisamente porque no hacía nada malo.

Al caer la tarde, Ramiro y Alma estaban junto a la tienda médica, comentando la lista de medicamentos.

—Eres perfecta para ese programa —le dijo Ramiro.

Alma lo miró.

—No me lo digas porque somos amigos.

—Lo digo porque leí tus informes y vi este puesto. Trabajas con la cabeza fría, sin perder el corazón. Eso es raro.

Alma guardó silencio.

Ramiro bajó la voz.

—¿Eres feliz?

La pregunta llegó demasiado de golpe.

—¿Qué?

—Con tu vida de ahora. Con él.

Alma miró a Damián, que hablaba con Rodrigo junto al vehículo.

—Estoy aprendiendo.

Ramiro siguió la dirección de su mirada.

—¿Te ha lastimado?

Alma no respondió.

Ramiro exhaló.

—Alma, siempre eres fuerte por los demás. Pero no conviertas esa fortaleza en una razón para aceptar heridas que no deberías aceptar.

Desde lejos, Damián vio que la expresión de Alma cambiaba.

No escuchó de qué hablaban.

Pero vio a Ramiro demasiado cerca, oyó la suavidad de su voz y notó que Alma no se apartaba enseguida.

La incomodidad le subió por el pecho.

Aquella noche, cuando el equipo de Ramiro ya se había instalado en las habitaciones de huéspedes, Damián fue al puesto médico.

Alma ordenaba el informe de la auditoría.

—Tú y Ramiro son cercanos.

La pluma de Alma se detuvo.

—Es un viejo amigo.

—Lo sé.

—Si lo sabe, ¿por qué habla con ese tono?

—Porque parece alguien que conoce partes de tu vida que yo no conozco.

Alma lo miró.

Esta vez no había enojo en la voz de Damián.

Solo algo más honesto.

—Hay muchas partes de mi vida que usted no conoce.

Damián asintió despacio.

—Quiero conocerlas.

Aquellas palabras dejaron a Alma en silencio.

Antes Damián solo juzgaba.

Ahora preguntaba.

La puerta que se había abierto aquel día pareció ensancharse un poco más.

—Entonces —dijo Alma—, no empiece por los celos.

—Lo estoy intentando.

—¿Y el resultado?

—Malo.

Alma se rio muy bajo.

Damián la contempló.

Afuera, Ramiro estaba oculto entre las sombras de las habitaciones de huéspedes, observando la luz que aún ardía en el puesto médico.

Su sonrisa se borró.

Sacó el teléfono y leyó el mensaje que acababa de llegar.

No tardes demasiado. Recuerda cuál es tu objetivo.

Ramiro apagó la pantalla.

Su rostro cálido se volvió frío en un solo parpadeo.

En el reflejo tenue de la pantalla oscura ya no quedaba el vecino mayor que le había enseñado a Alma a arreglar la cadena de la bicicleta. Tampoco el médico veterano que hablaba con paciencia de oportunidades.

Solo quedaba un hombre que contaba el tiempo.

Guardó el teléfono en el bolsillo y miró hacia la residencia oficial de Damián. La luz del porche seguía encendida. Dos sombras se movían tras la cortina; no estaban juntas, pero sí lo bastante cerca para que se le tensara la mandíbula.

—Lo siento, Alma —murmuró.

Pero sus ojos no mostraban arrepentimiento.

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Andreina Fernandez
escritora deja de repetir lo k ya está escrito
Juana Contreras
a caramba,me perdí,en que momento tuvieron relaciones y engendraron
ale “ale8406” rod
no entendí en qué momento , estuvieron juntitos y hasta ya tiene hijos .🤭
ale “ale8406” rod
no entendí en qué momento , estuvieron juntitos y hasta ya tiene hijos .🤭
Relenita
Quién es sisa
Andreina Fernandez: Sabrina es siska
total 2 replies
Ana Veronica Pineda Gonzalez
Dios mío ya póngale un alto a esa Sabrina me está haciendo arre....
Ana Veronica Pineda Gonzalez
que orror soy de Venezuela y hace mes y medio ocurrió lo mismo y fue muy triste y doloroso ver cómo temblaba la tierra y caían los edificios 😥
Ana Veronica Pineda Gonzalez: gracias por corregir
total 2 replies
Ana Veronica Pineda Gonzalez
que fuerte es ser medico y tener esa responsabilidad y más en esos pueblos de bajo recursos
Brenda Angulo
Cada vez más entrada en la historia 🥰
Ana Veronica Pineda Gonzalez
bellos mis protagonistas
Ana Veronica Pineda Gonzalez
hay mi Damián pensaste mal de mi Alma y ahora te das cuenta de quién es en realidad
Brenda Angulo
Mendigo Ramiro canijo, Ramiro te tenías que llamar 🤭
Ana Veronica Pineda Gonzalez
así es Alma pon Carácter y no te dejes y enséñales quien manda
Ana Veronica Pineda Gonzalez
empecé a leer se ve interesante
Kayra Villavicencio
Dos tornados enfrentados.
Jeniffer Rodriguez Valencia
Me llegan a hablar asi, ese mismo día se queda sin descendencia 🥰
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