Keyla nunca imaginó que una noche de terror la encadenaría al hombre más peligroso de la ciudad. Dominic Alfred, heredero del imperio mafioso más poderoso, la obliga a casarse para proteger un secreto. Lo que empieza como una prisión de lujo se transforma en un campo de batalla donde el orgullo, la pasión y un embarazo inesperado reescriben las reglas del juego.
Pero cuando la exnovia de Dominic regresa dispuesta a destruirlos, y el hermano de este cae en las garras de una mujer con sed de venganza, dos parejas descubrirán que el amor más intenso nace donde menos lo esperas: entre balas, mentiras y besos robados.
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Capítulo 28 ¡Duerme afuera!
Keyla iba de un lado a otro en la habitación, cuya amplitud rivalizaba con la de toda su antigua casa. Las palabras de Dominic en la mesa seguían resonándole y dolían cada vez más.
"¿Vientre de alquiler? ¿Eso es todo lo que valgo para él?", susurró Keyla con la voz temblorosa. Apretó los puños, conteniendo la opresión que le subía por el pecho.
Keyla miró su reflejo en el espejo. Sabía perfectamente quién era. Una joven pobre atrapada entre la avaricia de Siska y el poder de la familia Frederick.
Ante un hombre rico como Dominic, ella no era más que un peón de ajedrez que podían mover a su antojo. No tenía poder de negociación, no tenía protector y, lo más triste de todo, no tenía un hogar al cual volver.
La idea de escapar le cruzó la mente de repente. "¿Debería huir esta misma noche?", pensó mientras echaba un vistazo a la enorme ventana, cerrada con llave.
Pero un segundo después la lógica le dio una bofetada de realidad. Si se iba ahora, ¿dónde viviría? No tenía ni ahorros suficientes para alquilar un cuartucho miserable.
Su billetera estaba tan vacía como sus esperanzas.
"Si al menos papá todavía quisiera recibirme... Si al menos tuviera padres biológicos que me estuvieran buscando", gimió abrazándose a sí misma.
Las lágrimas que había contenido desde hacía rato finalmente rodaron. Keyla se sentía a la deriva en un mundo demasiado cruel.
"Mejor llamo a Damian." Keyla tomó su teléfono.
¿Podía llamar a Damian? ¿Pedirle que viniera a buscarla y se la llevara lejos de este infierno disfrazado de lujo?
Damian le había prometido que la protegería. Al instante, su conciencia gritó en protesta.
Huir con Damian equivalía a una infidelidad, aunque técnicamente Keyla nunca había terminado formalmente con él desde que se produjo este matrimonio repentino.
"Pero eso no estaría bien. Eres la esposa de Dominic ahora, Key, por ridículo que suene este estatus", murmuró frustrada. Se revolvió el cabello con brusquedad. "¡Argh! ¡¿Por qué todo tiene que ser tan complicado?!"
Keyla se dejó caer en la cama y contempló el techo con la mirada vacía. La angustia y la amargura se mezclaban, asfixiándola.
No podía seguir así. Si se quedaba sin un propósito, solo sería una muñeca al servicio de la ambición de Dominic por tener un heredero.
"Mañana pensaré en otro plan", se juró. "Tengo que trabajar. Tengo que tener mi propio dinero. No puedo depender de ese hombre egoísta."
Keyla se limpió los restos de lágrimas con brusquedad. Si algún día decidía marcharse, quería irse con la dignidad intacta. Además, aún no tenía un hijo de Dominic. Aún no existía un lazo de sangre que la atara a esta mansión. No había razón de peso para quedarse si solo la veían como un instrumento de reproducción.
Keyla cerró los ojos con fuerza, intentando desterrar la imagen del rostro gélido de Dominic y sus palabras afiladas como navajas.
¡Toc, toc, toc!
Dominic estaba de pie frente a la puerta de su propia habitación con un torbellino de sentimientos. Buscaba las palabras adecuadas para no sonar demasiado rígido.
Enfrentarse a una junta directiva era infinitamente más fácil que enfrentarse a una joven de diecinueve años haciendo berrinche.
—¿Keyla? Abre la puerta. Sé que no estás dormida —llamó Dom con un tono que intentó suavizar al máximo.
Desgraciadamente, no hubo respuesta desde el interior.
—Lo de antes... no quise decir eso. Es que yo... todavía no sé hablar de futuro —continuó Dom, rascándose la nuca sin que le picara.
Siendo honesto, Dom estaba perdido. Eso que llamaban amor seguía sintiéndose ajeno para él. Lo único que sabía era que quería que Keyla estuviera ahí, al alcance de su vista.
—¡Vete al cuarto de Clara! ¡No toques mi puerta! —gritó Keyla desde dentro.
—Clara está en París. Y esta también es mi habitación. Anda, abre. ¡No te portes como una niña! —intentó persuadirla Dom.
Esa frase resultó ser gasolina sobre el fuego. La puerta se abrió de golpe con un tirón feroz.
Keyla estaba plantada ahí con los ojos hinchados y el rostro rojo como un tomate. Sin previo aviso, le estampó una almohada de plumas de ganso en plena cara a Dominic, seguida de una cobija gruesa que le aterrizó en la cabeza.
—¡Pues sí, soy una niña! ¡Tengo diecinueve años, viejo! ¿Contento? —le espetó Keyla—. ¡Duerme afuera o donde te dé la gana! ¡Pero aquí no entras!
¡Bam!
La puerta se cerró justo en la cara de Dominic, que aún tenía la cobija encima.
Dom se quedó petrificado, parpadeando varias veces con la almohada entre los brazos.
¿Lo habían echado? ¿De su propia habitación? ¿En su propia mansión?
—¡Pfff! —una risita aguda y chillona lo hizo voltear.
No muy lejos, Zoey estaba de pie sujetándose la barriga. La niña llevaba un pijama de dinosaurios y abrazaba un oso de peluche.
—¡Tío Dom está muy glacioso! ¿Te echaron? ¡Poblecito! —se burló Zoey acercándose con pasitos adorables.
—¿Zoey? ¿Por qué no estás dormida? Ya es muy tarde —gruñó Dom, intentando rescatar la dignidad que ya estaba por los suelos.
—Zoey tiene hamble. Quelo leche y galletas —respondió Zoey con toda inocencia, y luego miró la almohada en las manos de su tío—. ¿Tío va a dolmil en la casita del pelito? ¿O en la telaza?
—A tu tío no lo echaron, Zoey. Solo estoy... buscando un cambio de aires —mintió Dom—. Más bien, ¡tomando aire fresco!
—¡Ay, mentiloso! Tita Key glitó "viejo". Eso quiele decil que tío ya es un abuelito, ¿no? Pol eso tita no quiele dolmil con tío —Zoey tironeaba la punta de la cobija que colgaba del hombro de Dom—. ¡Tío es muy malito! No puede hacel al bebé y encima lo mandan a dolmil afuela.
Dominic se masajeó las sienes. La presión se le duplicó tras encontrarse con su sobrina.
—Zoey, cállate. Ve a la cocina y pide a una empleada que te prepare leche.
—¡No quelo! ¡Quelo que tío me la plépale! A cambio, Zoey le cuenta el secleto de cómo hacel que tita Key no esté enojada —ofreció Zoey con una cara de pícara que era calcada a la de Diego.
Dominic suspiró resignado.
—¿Qué secreto?
Zoey se puso de puntitas y le hizo señas a su tío para que se agachara.
Cuando Dom le acercó la oreja, Zoey le susurró con todo el volumen del mundo:
—¡A las mujeles les gusta mucho el chocolate y los ablazos lalgos! ¡Pelo tío huele a cigallo, pol eso tita no lo quiele! ¡Báñese otla vez!
Dominic resopló molesto, pero no pudo contener una sonrisa tenue al escuchar a Zoey.
Si Keyla fuera Clara, probablemente aceptaría cualquier cosa que Dom le diera. Pero por desgracia, las dos mujeres tenían personalidades opuestas.
—Está bien, Jefa Chiquita. Vamos a preparar la leche. Después me tienes que contar más secretos para que tu tita me perdone —dijo Dom con resignación, dejando que su dignidad fuera pisoteada por una niña de cinco años y una esposa de diecinueve en la misma noche.
Gracias