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Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:907.7k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 27

Capítulo 27

¿Regalo?

Abrí los ojos.

Ah.

Eso era.

Él se bañó rápido para pedirme el regalo.

No para...

No.

Mejor no terminar ese pensamiento.

Respiré un poco más tranquila.

Pero la tranquilidad me duró nada.

Dante estaba inclinado sobre mí.

Recién bañado.

Con el cabello húmedo.

Oliendo a jabón de menta y piel caliente.

Y con una toalla en la cintura, floja, demasiado baja para mi paz mental.

Mis ojos cometieron el error de bajar.

Abdomen marcado.

Línea de la cadera.

Piel todavía húmeda.

Me ardió la cara.

Ya lo había visto.

Más de una vez.

Eso no significaba que mi cerebro supiera comportarse.

—El regalo —dije, apartando la mirada—. Está debajo de la cobija.

Yo hablaba de su lado de la cama.

De su almohada.

Del estuche donde había puesto la corbata.

Dante entendió otra cosa.

Sus ojos se oscurecieron.

Su mano bajó hacia mi pecho.

Agarré la cobija.

—Espera. ¿Qué haces?

—Abrir mi regalo.

—¿Qué?

No me dio tiempo.

Levantó la cobija de golpe.

Yo me quedé congelada, abrazándome el pecho por reflejo.

Dante miró.

Y se quedó quieto.

Debajo no había encaje.

No había tela negra.

No había nada transparente.

Había mi pijama beige, de manga larga y pantalón largo, cómoda y cero provocativa.

La decepción le cruzó la cara tan rápido que casi me habría reído si no estuviera medio muerta de vergüenza.

—¿Mi regalo? —preguntó.

Señalé su almohada.

—Ahí.

Dante giró la cabeza.

Sobre su almohada estaba el estuche negro.

Pequeño.

Elegante.

Muy lejos de lo que él, al parecer, había imaginado.

—¿Eso?

—Sí. Ábrelo.

Me senté, todavía apretando la cobija contra mí, y lo miré con nervios.

Dante tomó el estuche.

Sus dedos largos abrieron la tapa.

La corbata color vino apareció dentro, doblada con cuidado.

Por un segundo no dijo nada.

Yo me puse peor.

—Si no te gusta, puedo cambiarla.

—Me gusta.

Lo miré.

—¿De verdad?

—Sí.

Tocó la tela.

—¿La elegiste para mí?

—Sí.

La respuesta salió más suave de lo que quería.

Dante levantó la vista.

Sus ojos no estaban en la corbata.

Estaban en mis manos.

Luego en mis muñecas.

Luego otra vez en la corbata.

Algo en su mirada me dio mala espina.

—¿Qué estás pensando?

—Nada.

Mentira.

Dante pensaba en el video que acababa de ver.

En la forma en que una corbata podía servir para mucho más que cerrar el cuello de una camisa.

En las muñecas de Ximena.

En su cara si él le explicaba, con calma, para qué podía usar ese regalo.

Su garganta se secó.

Yo no sabía todo eso.

Pero sí sabía que esa mirada no era inocente.

—Qué bueno que te gustó —dije rápido—. Ya es tarde. Voy a dormir.

Dante cerró el estuche.

—¿Segura?

—Sí.

—¿No hay otro regalo?

Parpadeé.

—No.

Él se acercó.

Yo retrocedí un poco.

Error.

La cama no era infinita.

—No te creo.

—¿Por qué?

—Lo vi.

Sentí que el estómago se me caía.

—¿Qué viste?

—La prenda negra. Transparente. Con encaje.

Abrí los ojos.

—¿Cómo sabes de eso?

Dante mantuvo esa cara seria, impecable, de hombre incapaz de hacer algo indebido.

—La caja se cayó. La recogí.

—Dante.

—No fue intencional.

—Claro.

—No lo fue.

Me tapé la cara.

—No es mía.

Su ceño se juntó.

—¿No?

—Es de Sofía.

—¿De Sofía?

—Sí. Se mezclaron las bolsas en el restaurante. La compró para su novio, que vuelve de viaje.

Dante se quedó callado.

Demasiado callado.

Entonces entendí.

Lo entendí todo.

Levanté la cara despacio.

—Tú pensaste que era para ti.

El silencio se volvió horrible.

Mis mejillas ardieron.

Las suyas no.

Pero sus ojos sí cambiaron.

—Pensaste que yo iba a ponerme eso para ti esta noche.

No sé por qué lo dije.

Tal vez porque mi boca odiaba mi tranquilidad.

Dante me miró con una calma demasiado pesada.

—Era una posibilidad.

—No era.

—Ya quedó claro.

Oh.

Estaba molesto.

No furioso.

Molesto.

Como un hombre al que le quitaron algo que ya había imaginado.

Dante había pasado más de dos horas en el estudio revisando videos, pensando en no desperdiciar la supuesta sorpresa de Ximena.

Y ahora resultaba que la sorpresa no era para él.

Ni de Ximena.

Era de Sofía para su novio.

Sofía sí preparaba cosas así para su novio.

Ximena, para su esposo, había comprado una corbata.

Una corbata bonita.

Sí.

Pero una corbata.

Dante respiró hondo.

—Vamos a dormir.

Su voz salió baja.

Un poco más seca.

Me acosté rápido.

—Sí.

Me envolví en la cobija y pegué la cara contra la tela fría.

Quería desaparecer.

La luz se apagó.

La habitación quedó oscura.

Dante se acostó a mi lado.

No me tocó.

Eso, por alguna razón, me puso más nerviosa.

El silencio era demasiado claro.

Se oía mi respiración.

La suya.

El roce mínimo de la sábana.

Dante estaba despierto.

Yo también.

Él tenía la corbata en la mano.

Intentó cerrar los ojos.

No pudo.

El olor de Ximena estaba por todas partes: jabón, crema corporal, algo suave y limpio que salía de su piel recién bañada.

Volvió a abrir los ojos.

La miró.

Ella estaba quieta, rígida, fingiendo dormir demasiado bien.

—Ximena.

No contesté.

Obvio.

—Sé que no estás dormida.

Mi respiración me traicionó.

Sentí su mano buscar la mía bajo la cobija.

Me tomó los dedos.

—Dante...

No dijo nada.

Sólo empezó a rozarme la palma con la yema de los dedos.

Lento.

Una vez.

Otra.

Como si dibujara círculos pequeños sobre mi piel.

Me dio cosquillas.

Pero no sólo en la mano.

La sensación subió por el brazo y se me metió en el pecho.

—Me da cosquillas —susurré—. No hagas eso.

—¿Por qué no me preparaste una?

—¿Una qué?

—Una prenda así.

Me tapé la cara con la otra mano aunque estaba oscuro.

—¿Vamos a hablar de eso ahorita?

—Sí.

—Dante.

—¿Por qué?

—No sabía que te gustaba.

—A los hombres nos gusta.

—¿A todos?

—A muchos.

—Qué dato tan útil.

Su dedo volvió a pasar por mi palma.

Me estremecí.

—Entonces... —murmuré, con la voz menos firme de lo que quería—, ¿te preparo una la próxima vez?

Dante se quedó quieto.

La presión en mi mano cambió.

—Sí.

Me mordí el labio.

No pregunté más.

No quería saber qué estaba imaginando.

O sí quería.

Ése era el problema.

De pronto, Dante soltó mi mano y se levantó.

La cama se movió.

Abrí los ojos.

En la oscuridad, su silueta se veía alta junto a la cama.

—¿Qué pasa?

—Voy a bañarme.

—¿Otra vez?

No contestó.

Entró al baño y cerró la puerta.

Dante abrió el agua fría.

Muy fría.

El golpe contra su piel le cortó la respiración, pero no le quitó el calor de inmediato.

Había pensado que esa noche terminaría de otra manera.

Había imaginado a Ximena con la tela negra.

Había estudiado como un idiota.

Y ahora estaba ahí, bajo el agua helada, con el cuerpo todavía tenso y la cabeza llena de ella.

No iba a meterse de nuevo en la cama a arrancarle las ganas a una mujer que ya se había escondido bajo la cobija.

Pero su cuerpo no entendía de orgullo.

Tampoco de paciencia.

Dante apoyó una mano en la pared de la ducha.

Cerró los ojos.

El agua bajaba por sus hombros, por el pecho, por el abdomen.

Intentó pensar en otra cosa.

No pudo.

Pensó en la mano de Ximena tocándole la cintura esa mañana.

En sus dedos pequeños contra su piel.

En su cara roja cuando descubrió el malentendido de la ropa.

En la promesa de prepararle algo la próxima vez.

Su respiración se volvió más pesada.

La imaginó con esa tela negra, parada frente a él, queriendo taparse y fallando.

La imaginó encima de la cama, con la boca temblando de pena y las piernas abriéndose aunque dijera que no sabía cómo.

Dante bajó la mano.

El agua fría no sirvió de nada.

Tuvo que terminar con la frente apoyada en el azulejo, los dientes apretados, tragándose un sonido ronco para que Ximena no lo escuchara desde la cama.

En la cama, yo escuché el agua.

Mucho rato.

Luego otros sonidos.

Más bajos.

Más difíciles de ignorar.

Me puse roja en la oscuridad.

Me tapé la cabeza con la cobija.

No oí nada.

No pensé nada.

No imaginé nada.

Mentira.

Dante tardó más de una hora en salir.

Para entonces yo ya estaba dormida de verdad.

Había abrazado casi toda la cobija y una pierna quedó encima, apretándola como si fuera mía por derecho legal.

Dante la miró.

No quiso despertarla.

Tampoco quiso quitarle la cobija.

Se acostó a un lado, todavía frío por el baño, y cerró los ojos.

No se acercó.

Sabía que si se acercaba demasiado, el cuerpo iba a volver a reaccionar.

Eso también lo molestaba.

No era un hombre fácil de provocar.

Nunca lo había sido.

En su posición, no faltaban mujeres intentando acercarse: en cenas, viajes, juntas, hoteles. Mujeres enviadas por socios, por rivales, por gente que creía que todos los hombres se compraban igual.

Nunca le interesaron.

Al contrario.

Ese esfuerzo por seducirlo le resultaba incómodo.

Con Ximena había sido distinto desde antes.

La recordaba en la casa Robles, siempre un poco apartada. Saludaba con educación, bajaba la mirada, decía cuñado con esa voz suave y se iba antes de que nadie pudiera retenerla.

No se le pegaba.

No le pedía nada.

No intentaba agradarle.

Quizá por eso no la rechazó cuando los Robles propusieron que ella ocupara el lugar de Lorena.

No la rechazaba.

Ni en la mesa.

Ni en la casa.

Ni en la cama.

Eso bastaba.

Lo demás podía resolverlo con responsabilidad.

Con dinero.

Con cuidado.

Con presencia.

Lo único que no podía darle era amor.

O eso pensó antes de quedarse dormido.

Me despertó una tos.

—Cof, cof...

Venía de mi lado.

Abrí los ojos, todavía pesada de sueño, y me giré.

Dante estaba acostado de lado, frente a mí.

Tenía una pijama gris delgada, los brazos cruzados contra el pecho y el cuerpo un poco encogido.

Tosió otra vez.

No abrió los ojos.

Su cara estaba roja.

No roja de vergüenza.

Roja de fiebre.

Me desperté de golpe.

—Dante.

Le toqué la frente.

Retiré la mano enseguida.

—Estás ardiendo.

Él abrió los ojos con dificultad.

—Agua.

Su voz estaba seca, rasposa.

Me bajé de la cama y corrí por una botella de agua mineral que teníamos en la habitación.

Volví, le ayudé a sentarse y abrí la botella.

—Toma.

Dante bebió varios tragos.

La garganta se le movía con dificultad.

—Tienes fiebre —dije.

—Lo sé.

—Fue por el baño de anoche.

Me miró.

—¿Cómo sabes que fue frío?

Me puse roja.

—Adiviné.

No iba a decirle que escuché demasiado.

Dante tosió.

—Cuando salí, tenías toda la cobija.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—No tenía con qué taparme.

—¿Por qué no me despertaste?

—Dormías profundo.

La culpa me cayó encima.

—Perdón. No sabía.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Estás hirviendo.

Toqué otra vez su frente.

Seguía demasiado caliente.

—¿Hay termómetro? ¿Medicina?

—No hace falta.

—Claro que hace falta.

—Es fiebre.

—Exacto.

Él cerró los ojos un segundo, como si discutir conmigo le cansara más que enfermarse.

—Desayuno y luego medicina.

—Eso suena mejor.

Tosió otra vez.

Le acerqué el agua.

—Más.

Dante abrió los ojos.

Me miró.

Había algo raro en su mirada.

—¿Qué?

—Nada.

—Bebe.

Obedeció.

Después le di unas palmaditas suaves en la espalda, sin pensar.

Él se quedó quieto.

—¿Dónde guardan las medicinas?

—Luego.

—Dante.

—Después del desayuno.

No me gustó, pero lo dejé pasar por ahora.

—Voy a lavarme la cara —dijo.

—¿Puedes?

—Sí.

Intentó levantarse.

Se notaba débil.

—Te ayudo.

Iba a decir que no.

Lo vi en su cara.

Pero luego me miró.

Y cambió de opinión.

—Ven.

Se sentó en la orilla de la cama y puso un brazo sobre mis hombros.

Su peso me cayó encima.

—Ay.

—¿Pesado?

—Mucho.

—Qué sincera.

—Estás enfermo, no frágil.

Me pasó un brazo por encima y yo lo sostuve por la cintura.

Su cintura era firme.

Más estrecha de lo que debería ser para un hombre tan grande.

No.

No era momento de pensar en eso.

Lo ayudé a caminar hasta el baño.

Dante se apoyó en mí un poco más de lo necesario.

Yo lo sentí.

Pero también sentí su fiebre.

Y la tos.

Así que no dije nada.

Mientras se lavaba, me quedé cerca por si se mareaba. Luego lo ayudé a volver.

Para cuando salimos del baño, yo tenía la frente húmeda de esfuerzo y el cabello pegado a la mejilla.

—Casi llegamos —dije.

—Mmm.

—No te me vayas a caer.

—No.

Mentiroso.

De pronto su peso cambió.

—Dante.

Perdí el equilibrio.

Él me sostuvo la nuca con una mano y la cintura con la otra.

Caímos sobre la cama.

Yo abajo.

Él encima.

Su boca quedó pegada a mi mejilla.

El corazón se me subió a la garganta.

—¿Te caíste? —susurré.

Dante no se apartó.

Su respiración caliente me rozó la piel.

—Creo que sí.

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Mariana Romano
Wooooooow excelente 👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼 me encantó. Felicidades escritora 👍🏼😉
Merlis Sugey Lozada
Hermosa toda la trama y super excitante felicitaciones 🎉🥳🫂🥳🫂💯💪🏽☺️
Merlis Sugey Lozada
Me doy encanto🥰 Hermosa desde el primer capítulo te felicito enamora de toda la trama 🤭👏👏👏👏👏👏👏☺️
Marta Holguin
ahí ya está como aburridora a toda hora que se muerde los labios que por todo se pone roja y ya a estado con el varias veces que no puede caminar cuando tienen sexo es la primera ps tantas veces y sigue con lo mismo cambie ya eso no avanza nada en todos los capítulos lo mismo 😂
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
creo que son más románticos dos Morrocoy que Ximena y Dante. el busca de ser tierno y romántico y ella lo que hace es hacerlo sentir mal. de pana ya me cae gordita ella con su actitud.
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
ya me está cayendo mal. parece una Chama de 15 de los años 80 🥺
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
parece boba. de pana Ximena no haga que me arrepienta de apoyarte. de pana estás actuando como niña de 13.años y no como una mujer de que edad 18 o 20 años para actuar asi
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
seguro fue su hermana
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
Ximena cuídate tiene el enemigo respirando en tu cuello
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
vaya la preferencia existe en alguna madre y está Beatriz va a perder mucho espero el papá sea más inteligente
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
Ximena no gastes en cosas innecesaria..invierte saca provecho nena
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
para mí el gusta más de ella de quién fue su novia
Marta Holguin
ya ps varias veces tuvieron sexo y sigue con la misma bobada escritora ya está como aburrida la trama cambie ya dándole tastas largas siempre lo mismo y bno porq no muestra fotos
Marta Holguin
síii bastante ya está como aburridora la trama escritora cambie ya tanta bobada con Ximena que pereza
Cliente anónimo
Que hermosa historia, me encantó. Felicidades
Paola castro
perdón pero dijo primero la compre antes de la boda y ahora dice la compré hace 2 años que se ponga de acuerdo
Maritza
me encantó
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Esa frase se puede interpretar en otro sentido. 😂😂😂😂😂🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Pero ella aceptó sin chistar. Parece una niñita , esperando que le digan qué hacer.🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Angelica Tamayo
me parecio hermoso por eso quiero una segunda parte por que nos quedamos esperando cuando aparecerian de nuevo los padres de ximena
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