Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 27 — Destrucción
Los días siguientes se convirtieron en una pesadilla interminable para Arman.
Ya no se trataba solo de gráficas en picada ni de informes en rojo. Era su destrucción.
El celular no paraba de sonar. Pero ya no eran clientes interesados en cerrar acuerdos, sino los que, uno tras otro, se retiraban.
—Disculpe, señor Arman. No podemos continuar con el contrato.
—Necesitamos proteger la posición de nuestra propia empresa.
—Cancelamos la alianza.
Uno a uno, sin excepción, todos cancelaron.
Arman se quedó de pie en medio de su oficina con el celular todavía en la mano. Pero ya no quedaba nadie a quien llamar, nadie a quien pedir ayuda. Todas las puertas se habían cerrado.
—¡Braulio! —llamó con voz grave.
El hombre entró con el rostro tenso. —¿Q-qué sucede, señor?
Arman tragó saliva, como si las palabras que venían fueran demasiado amargas para pronunciarlas. —Todos nuestros socios... se retiraron. —Calló un instante y luego miró a Braulio con la última chispa de esperanza que le quedaba—. ¿Qué hay de Atma Group?
Braulio guardó silencio un momento, con la cabeza baja. —Lo siento, señor. Atma Group... también canceló.
Arman abrió los ojos de par en par; el pecho se le comprimió como si algo lo hubiera golpeado con fuerza.
—¿Atma Group también? —musitó.
—Sí, señor. Y... los empleados exigen los salarios atrasados y sus liquidaciones —añadió Braulio.
Silencio.
Arman soltó una risa breve, desprovista de alegría.
—Perfecto —murmuró—. Todos se van al mismo tiempo. Y mis propios empleados me demandan.
Se dejó caer en la silla y clavó la mirada en el vacío. Por primera vez, no tenía un plan, ni estrategia, ni salida. Solo una destrucción que había llegado demasiado rápido.
Esa noche, Arman volvió a casa con pasos pesados. La casona que antes se sentía imponente ahora le resultaba ajena.
Diana fue a su encuentro de inmediato, con el rostro lleno de angustia, al verlo entrar arrastrando los pies.
—Man, ¿cómo te fue? —preguntó.
Arman no contestó enseguida. Se quitó el saco y lo dejó tirado en cualquier parte.
—¿Por qué no dices nada, Man? ¿Qué pasó con la empresa? —La voz de Diana empezó a subir de tono—. Todavía se puede salvar, ¿verdad?
Arman finalmente miró a su madre. El rostro agotado, la mirada vacía.
—No.
Una sola palabra, pero bastó para derrumbarlo todo.
Diana retrocedió un paso. —¿C-cómo que no? ¿Qué quieres decir?
—Se acabó, ma. Estamos en bancarrota.
—¡Imposible! —Diana negó con la cabeza, frenética—. Tiene que haber otra forma de salvar la empresa.
Arman rio con amargura. —Si supiera cómo, no habría vuelto con esta cara.
Silencio.
Diana se desplomó en el sofá. Le temblaban las manos. —¿Todo... se perdió?
Arman no respondió. Pero su silencio lo explicó todo.
Diana se sujetó la cabeza, frustrada. La respiración se le aceleró. —Esto no puede ser. ¡No puede ser!
En otro rincón, Camila permanecía inmóvil, de pie. Desde hacía rato había escuchado cada palabra de Arman. No emitió sonido ni reacción alguna. Sin embargo, sus ojos no mostraban preocupación ni tristeza. Solo cálculo.
Apretó los puños y se dio la vuelta despacio hacia la habitación.
En cuanto la puerta se cerró, abrió el armario y los cajones. Sus manos se movieron con rapidez, tomando efectivo, joyas y todo objeto de valor.
Lo reunió sin vacilar y lo metió en una maleta. El rostro sereno, pero los movimientos apresurados, temerosa de que Arman la descubriera.
—Idiota —susurró.
Se detuvo un instante frente al espejo. La misma cara bonita de siempre. Pero la sonrisa era otra.
—No voy a caer en la miseria.
Todo este tiempo había esperado la oportunidad de infiltrarse en la familia Wijaya. Se había acercado de nuevo a Arman, se había ganado a la madre y a la hija. Así le resultaría fácil ocupar el lugar de Mela.
Todo había marchado a la perfección. Disfrutó del lujo de los Wijaya. Y aquella inversión iba a ser el atajo para multiplicarlo todo.
Pero nada salió como esperaba. La inversión fracasó, la empresa quebró. Todo se vino abajo y ella ya no tenía razón para quedarse.
—Al menos ya tengo lo mío.
Abrió la puerta del cuarto. Espió un momento hacia la sala.
Ahí seguía Arman, sentado en silencio, y Diana aún sollozaba. Nadie prestaba atención. Era la oportunidad perfecta para salir sin que nadie lo notara.
Caminó despacio, sin hacer ruido ni sentir remordimiento. Abrió la puerta principal, salió y volvió a cerrarla.
Avanzó deprisa hacia el portón. El vigilante se limitó a observarla sin decir nada. Detuvo un taxi que pasaba y se quedó un instante mirando la casa.
Adiós, Arman, pensó. Acto seguido se marchó a toda prisa, dejándolo hundido en la ruina.
Esa mañana, la casa de los Wijaya estaba en silencio. Pero no era un silencio que reconfortara, sino uno que oprimía.
Arman seguía sentado en la sala, con la misma ropa de la noche anterior. Los ojos cerrados, la cabeza pesada. No sabía a qué hora se había quedado dormido ahí.
Toda la noche no había dejado de pensar en las pérdidas, las deudas, la empresa y la reputación destruida.
—¡Man, despierta! —La voz débil de Diana lo sacó del sueño.
Arman frunció el ceño y abrió los ojos despacio.
—¿Por qué dormiste aquí?
—Perdón, ma. Me quedé dormido sin darme cuenta —contestó.
Diana suspiró. Luego alzó la vista hacia el piso de arriba. —¿Y Camila?
Arman se quedó inmóvil. Recién cayó en cuenta de que no había visto a esa mujer desde la noche anterior.
—Debe seguir en la habitación —respondió escuetamente. Pero, sin saber por qué, algo le oprimió el pecho. Se levantó y subió las escaleras con paso rápido.
—¡Camila! —llamó, pero no hubo respuesta. Abrió la puerta del cuarto.
Vacío. La cama seguía tendida.
Arman entró. Sus ojos recorrieron la habitación. Se le desorbitaron al ver el armario abierto y su contenido desaparecido. Los cajones también estaban vacíos.
Arman se quedó helado. —¡No! —susurró. Giró sobre sus talones, abrió otro cajón, revisó el mueble donde guardaba los objetos de valor. Todo vacío.
La respiración se le desbocó. —¡Camila! —gritó con más fuerza. Bajó de nuevo con la mandíbula apretada.
—¿Qué pasa, Man? —preguntó Diana, el pánico pintado en la cara.
Arman no respondió de inmediato. Fue directo a la caja fuerte del rincón de la sala. Le temblaban las manos al abrirla.
Un clic seco.
La abrió y... vacía.
Arman se quedó paralizado unos segundos. Después soltó una risa amarga. —¡Ja, ja, ja!
Diana, que estaba cerca, lo miraba aterrada. —¿Man? —Le tembló la voz.
Arman cerró la caja fuerte despacio. —Se fue, ma.
Diana entrecerró los ojos. —¿Quién?
—Camila, ¿quién más? —espetó, la voz endurecida—. Y se llevó todo lo que quedaba.
El cuerpo de Diana se tambaleó; habría caído si su mano no hubiera alcanzado a aferrarse a la cómoda de al lado.
—¡No puede ser! —musitó.
—¿Cómo que no puede ser, ma? Está clarísimo. El dinero, las joyas, todo lo de valor que quedaba, desapareció —replicó Arman, inexpresivo—. ¿Quién más lo habría tomado si no fue Camila?
Diana se deslizó hasta el suelo. Negaba con la cabeza, despacio, incrédula.
—¡No! Eso no puede ser —gimió.
Arman exhaló largo, intentando contener la rabia que le ardía en el pecho. Desde el principio, debió haber reconocido todas las señales.
La forma en que Camila hablaba. La forma en que aquella mujer lo había convencido con tanta perfección.
Arman se incorporó, fue a la sala y tomó su celular. Buscó el número de Camila y pulsó llamar. Pero el número estaba fuera de servicio.
Lo intentó una vez más. El mismo resultado.
Arman soltó un suspiro largo. Abrió otra aplicación. Revisó los últimos movimientos bancarios. Y ahí estaban, claros: varios retiros cuantiosos, transferencias y movimientos de fondos que no había advertido antes.
—Increíble. Resulta que ya lo tenía todo planeado —masculló, furioso.
Diana trató de ponerse de pie y se acercó a Arman con el rostro lívido y el cuerpo tembloroso.
—¿Qué hacemos ahora?
No hubo respuesta.
Diana vio que su hijo de verdad no sabía qué hacer. Y en ese instante, la realidad por fin los abofeteó.
Camila nunca fue una salvadora. Fue una tormenta que llegó, arrasó con todo y se marchó llevándose hasta los restos.
Arman se desplomó en el sofá. La mirada perdida.
Todo lo que había construido durante años se derrumbó en un abrir y cerrar de ojos. Y lo más doloroso no era haber perdido el dinero, sino haber sido engañado por la mujer que amaba. La mujer que eligió para reemplazar a Mela.
Apretó los puños con fuerza, pero ya no había nada que pudiera hacer. Ya no le quedaba nada.