Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.
Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.
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Capítulo 26
Una oferta desde la Capital
La señora Verónica no había visto absolutamente nada.
Eso era lo que les decía a todos.
El problema era que la forma en que repetía que «no había visto nada» había convencido a todo el complejo de que allí había habido algo muy digno de verse.
A la mañana siguiente, Noelia llegó al puesto médico con una expresión demasiado radiante.
—¿La doctora durmió bien?
Alma no levantó la vista del informe de un paciente.
—Más o menos.
—¿Sola?
La pluma de Alma se detuvo.
Renata se tapó la boca enseguida con una carpeta.
Julián fingió contar las gasas, aunque solo había un paquete.
Alma alzó la vista hacia Noelia.
—Señora Noelia.
—¿Qué? Solo preguntaba por la calidad de tu sueño.
—La calidad de mi sueño no tiene nada que ver con la salud pública.
—Claro que sí. Una doctora feliz es una doctora más sana.
Renata se rindió y soltó una carcajada.
Alma iba a reprenderlas, pero su teléfono sonó. Era un número de la Capital: el jefe de Cirugía del hospital público regional.
Contestó de inmediato.
—Buenos días, doctor.
—Alma, ¿puedes hablar?
El tono de aquel médico veterano la puso de pie.
—Sí. ¿Qué ocurre?
—Tu nombre entró entre las recomendaciones para el Equipo Médico Humanitario Nacional-Global. Es un programa conjunto del Ministerio de Salud, la Cruz Roja y varias organizaciones médicas. Necesitan médicos con experiencia en desastres, urgencias y trabajo de campo. Después de los informes de la frontera del noreste, tu nombre subió en la lista.
Alma guardó silencio.
Noelia, que un instante antes bromeaba, dejó de sonreír.
—¿Adónde sería la misión, doctor?
—Aún están en la fase de selección. Hablan de una zona de conflicto y de campamentos de refugiados en el extranjero. Seis meses, con posibilidad de prórroga. Es de alto riesgo, pero también una gran oportunidad. No voy a presionarte, pero tenía que avisarte antes de que cerraran la convocatoria.
El corazón de Alma golpeó con fuerza.
Una misión humanitaria.
En el extranjero.
Seis meses.
Era la clase de oportunidad que antes solo había leído en los boletines del hospital: médicos de campo que trabajaban en los lugares más difíciles y llevaban atención sanitaria a quienes no tenían acceso a ella.
—¿Cuándo vence el plazo para confirmar?
—En tres días. Si te interesa, te envío los documentos de selección y la carta de recomendación.
Alma contempló la pared del puesto médico, cubierta de calendarios de vacunación y listas de pacientes posteriores al terremoto.
—Envíemelos, doctor. Primero quiero revisarlos.
—De acuerdo, Alma.
—¿Sí?
—Piénsalo muy bien. Esta no es una misión común.
—Lo sé.
La llamada terminó.
Renata la observó.
—¿Doctora?
Alma bajó el teléfono despacio.
—Me ofrecieron participar en la selección de un equipo médico humanitario.
Julián silbó.
—Vaya. ¿En el extranjero?
Noelia se inquietó de inmediato.
—¿La doctora se va a ir?
—No lo sé todavía. Apenas es una oferta para entrar a la selección.
Pero dentro de su pecho algo ya se había puesto en marcha.
Un anhelo antiguo.
Un llamado que había reprimido entre el matrimonio, la familia y las obligaciones que nunca terminaban.
Esa tarde llegó un correo con los documentos. Alma los abrió en la mesa del puesto médico, después de que se fue el último paciente. Requisitos, duración, riesgos, capacitación, autorización familiar, exámenes de salud, entrevistas.
Los leyó uno por uno.
Cada frase la asustaba.
Y cada frase, al mismo tiempo, la hacía sentirse viva.
Damián llegó mientras caía el sol. Traía dos botellas de agua y un paquete de pan, una costumbre que ya no se molestaba en ocultar.
—Todavía no has comido.
Alma no lo negó.
Damián dejó el pan sobre la mesa y reparó en la pantalla de la laptop.
—¿Qué es eso?
Alma estuvo a punto de cerrarla.
Pero no lo hizo.
—Una oferta para participar en la selección de un equipo médico humanitario.
Damián leyó el título del documento.
Su expresión cambió apenas.
—¿En el extranjero?
—Es posible.
—¿En una zona de conflicto?
—Sí.
El cuarto quedó en silencio.
Alma esperó la reacción de siempre: una prohibición, un muro, la voz fría que le decía que no fuera a buscar problemas.
Damián no habló de inmediato.
Tomó asiento frente a ella.
—¿Quieres ir?
Esa pregunta la puso más nerviosa que cualquier prohibición.
—Todavía no lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Quiero informarme bien.
—Alma.
Ella lo miró.
—Quiero entrar a la selección —admitió al fin.
Damián inspiró despacio.
—El lugar es peligroso.
—Lo sé.
—Seis meses no son poco tiempo.
—Lo sé.
—Apenas te recuperaste de la herida. Acabas de salir de un puesto de emergencia por el desastre.
—Lo sé, Damián.
La voz de Alma empezó a elevarse.
Damián se detuvo.
Recordó la promesa que le había hecho en el auto: no tomar decisiones por ella.
Pero el miedo le crecía en el pecho, más rápido que el buen juicio.
—No te lo estoy prohibiendo —aclaró.
Alma lo miró con desconfianza.
—¿Pero?
—Pero quiero que veas todos los riesgos.
—Soy médica. Sé leer los riesgos.
—Los riesgos sobre el papel son distintos de los riesgos en el terreno.
—¿Cree que no conozco el trabajo de campo?
—Creo que siempre piensas que tu vida es negociable cuando tienes a un paciente delante.
La frase dejó a Alma callada.
Damián continuó, más bajo:
—Y eso es lo que me asusta.
Le asusta.
Antes Damián escondía esa palabra detrás de la rabia. Ahora la decía de frente. Y, extrañamente, eso no le facilitó a Alma responder.
—Si rechazo esto solo por miedo, voy a odiarme —dijo ella.
—No quiero que lo rechaces por miedo.
—Entonces, ¿qué?
—Quiero que elijas teniendo toda la información. No porque sientas que tienes que demostrar algo.
Alma cerró la laptop.
—¿Todavía cree que hago estas cosas para demostrar algo?
—A veces.
La respuesta fue honesta.
Y dolió.
—Quizá porque hasta ahora siempre he tenido que demostrar mi valor —replicó Alma—. Ante su familia. Ante el complejo. Ante usted.
Damián no se defendió.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. Cada vez que hago mi trabajo, alguien pregunta si solo busco llamar la atención. Si me quedo callada, dicen que no estoy a la altura. Si doy un paso al frente, dicen que soy imprudente. Y ahora aparece una oportunidad que encaja con mis capacidades, y usted me pregunta si solo quiero demostrar algo.
El semblante de Damián se volvió todavía más sombrío.
—Lo expresé mal.
—Pero lo pensó.
—Porque tengo miedo de perderte.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Alma notó que su rabia vacilaba.
No quería que vacilara.
—El miedo no puede convertirse en una cerca —dijo.
—Estoy tratando de que no sea así.
—¿Y si entro a la selección?
Damián apretó la mandíbula.
—Voy a apoyar tu proceso.
—¿Y si me aceptan?
Silencio.
Uno más largo.
—Damián.
—Aprenderé a apoyar tu decisión.
No era la respuesta perfecta.
Pero no era una prohibición.
Alma volvió a abrir la laptop y contempló los documentos de la selección.
—Necesito una constancia de mi superior en el terreno.
Damián la observó.
—La firmaré si tus informes médicos están completos.
—¿Está negociando conmigo?
—Me estoy asegurando de que no envíes los documentos olvidándote de comer.
Alma casi sonrió, pero se contuvo.
—Está bien. Terminaré los informes.
Damián le tendió el pan.
—Mientras comes.
Ella lo tomó.
La noche cayó afuera del puesto médico. Dentro, permanecieron sentados frente a frente, con la laptop, los informes de pacientes y un miedo que aún no terminaba de irse.
Alma leyó el formulario de selección.
Damián revisó el mapa de distribución de ayuda.
Ninguno habló.
Pero, por esa vez, Damián no cerró la puerta.
Y Alma intentó creer que eso significaba algo.
A la mañana siguiente, la noticia de la selección ya había llegado a los oídos de personas que jamás habían leído el anuncio oficial. En la cafetería del hospital público regional, dos enfermeras cuchichearon mientras Alma tomaba un café.
—Qué cómodo, tener un esposo comandante. Seguro que la recomendación sale sin problemas.
—Pero si la aceptan, pobre de él. Apenas ahora parece que se llevan bien.
Alma fingió no escucharlas. Pagó el café, salió y se detuvo en el corredor cuando la enfermera Maya la alcanzó.
—Doctora, no les haga caso.
—No se lo hago.
—Su cara dice otra cosa.
Alma esbozó una sonrisa leve.
—Solo estoy cansada.
Sin embargo, al regresar a su pequeño despacho, el formulario le pesó más que la noche anterior. No por la selección. Ya la habían rechazado, subestimado y mandado a esperar un turno que nunca llegaba. Lo que la inquietaba era la posibilidad de que cada uno de sus pasos se interpretara como una rebelión contra su matrimonio.
Damián llegó cerca del mediodía con una carpeta marrón. Alma creyó que volvería a pedirle hablar. En cambio, él se limitó a dejar la carpeta sobre el escritorio.
—La carta de recomendación del batallón. Ya está sellada.
Alma abrió la carpeta. El texto era breve, oficial y limpio de dramas.
No contenía objeciones administrativas.
No mencionaba su condición de esposa.
No pedía que consideraran el destino por el bien de la familia.
Alma leyó hasta el final.
—¿No añadió ninguna condición?
—Estuve a punto de hacerlo.
—¿Y luego?
—Me avergoncé de mí mismo.
Aquella respuesta fue más honesta que una larga disculpa. Alma cerró la carpeta despacio.
—Gracias.
Damián asintió y retrocedió hacia la puerta.
—Todavía estoy aprendiendo, Alma.
—Lo sé.
—Si vuelvo a equivocarme...
—Me voy a enojar.
Él casi sonrió.
—Me parece justo.
Alma guardó la carpeta en el cajón superior. No para ocultarla, sino para recordar que incluso una puerta que se abría podía hacer temblar a alguien.