Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 25
Un hombre de mediana edad le sonrió amablemente y le extendió la mano.
—Me alegra que finalmente haya podido venir. Gracias.
Astrid correspondió el saludo con cortesía.
—A usted.
El hombre la invitó a sentarse. Sonrió levemente.
—Soy Andrés. Aunque supongo que ya sabe quién soy.
Astrid también esbozó una pequeña sonrisa.
—Por supuesto.
Andrés era el director y jefe del hospital donde trabajaba Lucas. Hasta ahora se habían visto solo un par de veces en eventos oficiales. Nunca habían conversado en privado como ahora.
Andrés tomó la tetera que estaba en una mesita a su lado. Con un gesto pausado, sirvió té en dos tazas.
—En realidad, hacía tiempo que quería hablar con usted.
Astrid recibió la taza que le ofreció.
—¿Conmigo? —preguntó sorprendida.
Andrés asintió.
—He oído muchas cosas sobre usted.
Astrid estuvo a punto de preguntar más.
Pero Andrés se le adelantó con una sonrisa.
—De Mateo.
El nombre hizo que Astrid arqueara las cejas de inmediato.
—¿Mateo?
Andrés pareció divertido con su reacción. Se rio entre dientes.
—Sí. ¿Nunca le contó?
Astrid negó con la cabeza.
—¿Contarme qué?
Andrés se reclinó en la silla.
—Somos parientes lejanos.
Los ojos de Astrid se abrieron de par en par.
—¿En serio?
Andrés asintió con una sonrisa.
—Nuestras abuelas eran de la misma familia.
Astrid estaba genuinamente sorprendida. Todo este tiempo había pensado que la relación entre ellos era estrictamente profesional.
"Con razón Mateo siempre lograba contactar a Andrés tan fácilmente cuando necesitaban ayuda", pensó Astrid.
—No tenía idea.
Andrés sonrió.
—Mucha gente tampoco lo sabe.
La conversación se extendió unos minutos más, tocando temas ligeros. Pero poco a poco, el ambiente empezó a cambiar.
Andrés dejó su taza de té. Luego juntó ambas manos sobre el escritorio. La expresión se le volvió mucho más seria.
—Astrid.
Astrid le prestó atención de inmediato.
—No puedo entrar en muchos detalles sobre esto. Pero creo que usted tiene derecho a saber algo —el tono de Andrés fue cuidadoso.
El corazón de Astrid comenzó a latir más rápido. Podía sentir que la conversación ya no era personal.
—¿Qué es? —preguntó en voz baja.
Andrés guardó silencio unos instantes, como sopesando los límites de lo que podía y no podía decir. Después la miró con seriedad.
—Lucas está bajo vigilancia especial de varias instancias.
Astrid se quedó helada. Aunque su rostro se mantuvo sereno, los dedos se le tensaron involuntariamente alrededor de la taza.
Andrés continuó en voz baja:
—Y le aconsejo que tenga mucho cuidado.
El silencio inundó la oficina al instante. Astrid no respondió de inmediato. La mente le giraba a toda velocidad.
Unas horas antes, Julio había descubierto rastros de flujos de dinero sospechosos. En casa, la demanda de divorcio que preparaba Guillermo estaba casi lista para presentarse. Y ahora, el director del hospital donde trabajaba Lucas le daba la misma advertencia.
Como si todos los caminos fueran convergiendo poco a poco hacia un solo nombre: Lucas. Ese hombre probablemente aún se sentía a salvo. Creía que todas sus mentiras estaban bien guardadas. Que era capaz de controlar a todos los que lo rodeaban. Pero sin que se diera cuenta, el cerco que lo protegía se iba estrechando milímetro a milímetro.
Cuando Astrid dejó la oficina de Andrés esa tarde, una cosa se hizo cada vez más clara en su mente.
El tiempo de Lucas se acababa. Porque dos bombas de tiempo ya estaban en marcha al mismo tiempo. La demanda de divorcio que destruiría su matrimonio y la investigación financiera que poco a poco destapaba todos sus crímenes. Solo era cuestión de tiempo para que ambas estallaran a la vez.
Esa tarde, de regreso en casa, Astrid se sentó a solas en la habitación de Ariana, que ya dormía. En las manos tenía la copia de la demanda que Guillermo acababa de enviarle.
Astrid sintió cierto alivio. La decisión estaba tomada y no había marcha atrás.
Dos días después de la reunión con Andrés, Astrid dio el siguiente paso. Ese día se sentó frente a Guillermo en la oficina del abogado. La carpeta con los documentos de la demanda estaba abierta sobre la mesa.
El ambiente del despacho se sentía calmo. Muy distinto al corazón de Astrid, sacudido por una tormenta de emociones.
Guillermo deslizó una hoja hacia ella.
—Después de esto, el proceso será oficial —explicó.
Astrid bajó la mirada hacia el documento. Su nombre aparecía claramente impreso, al igual que el de Lucas.
Por un instante, los recuerdos de años de matrimonio le cruzaron por la mente. El día de la boda. Los sueños que construyeron juntos. El nacimiento de Ariana.
Y después, uno a uno, esos recuerdos fueron reemplazados por mentiras, infidelidad, manipulación, traición.
Astrid levantó la pluma. La mano se le detuvo unos segundos. Luego, estampó su firma. Enseguida sintió que algo se aligeraba muy adentro. Ya no hubo lágrimas ni dudas. Solo un alivio que lentamente le fue llenando el pecho.
Guillermo cerró la carpeta.
—Yo me encargo del resto.
Astrid asintió.
—Gracias.
El tiempo pasó rápido. Esa mañana la casa todavía se sentía tranquila. El aroma de pan tostado y huevos recién hechos inundaba la cocina. Desde la sala se escuchaba el televisor encendido a bajo volumen, acompañando a Ariana, que estaba sentada en la alfombra jugando con su muñeco de peluche favorito.
Astrid estaba de pie frente a la mesa de la cocina, sirviendo leche tibia en el vasito de su hija. La mañana transcurría como siempre, con calma. Al menos hasta que el timbre sonó de repente.
Ding dong.
Ding dong.
Ding dong.
El timbre sonaba una y otra vez sin pausa, agresivo e impaciente.
Astrid frunció el ceño y volteó hacia la puerta, que estaba cerrada con llave.
—¿Quién vendrá tan temprano? —murmuró.
Dejó la jarra de leche sobre la mesa y caminó hacia la sala. Conforme se acercaba a la puerta, el timbre volvió a sonar.
¡Ding dong!
¡Ding dong!
Esta vez más fuerte. Como si quien estuviera afuera no soportara esperar ni un segundo más.
Astrid respiró hondo antes de abrir. En cuanto la puerta se abrió, el cuerpo se le tensó de golpe. Marta estaba parada frente a ella. El rostro de la mujer estaba enrojecido, la mandíbula rígida, y la mirada rebosaba una furia que ni siquiera intentaba disimular.
Antes de que Astrid abriera la boca, Marta ya estaba entrando y empujando la puerta de par en par.
—¡Desgraciada! —el grito de Marta retumbó dentro de la casa.