Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 25 — Un sentimiento posesivo que empieza a crecer
El ambiente del pequeño apartamento se volvió extraño desde el momento en que llegó Bastian.
El europeo se hallaba de lo más relajado junto a la cocina, ayudando a Alya a acomodar el pan y varias bolsas del supermercado.
Mientras tanto, León permanecía sentado en el sofá con la mandíbula imperceptiblemente tensa.
Sus ojos no se despegaban de ellos dos.
—También le traje sopa a Liora —comentó Bastian levantando un recipiente—. Le gusta la de pollo.
Alya esbozó una sonrisa breve.
—Gracias, Bast.
—No es nada.
León frunció el ceño al oír ese apelativo tan familiar.
¿Bast?
Y lo que resultaba aún más irritante…
Bastian se veía demasiado cómodo en esa casa.
Como si viniera seguido.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó León con frialdad repentina.
Bastian giró la cabeza sin alterarse.
—Bastante.
Alya percibió de inmediato que la atmósfera empezaba a torcerse.
—Bastian vive cerca —se apresuró a explicar—. Me ayudó cuando abrí la florería.
León asintió apenas, sin expresión alguna.
Pero fue justamente esa calma la que hizo más palpable su aura gélida.
Bastian pareció notar la tensión. Observó a León unos segundos antes de esbozar una media sonrisa.
—¿Eres el esposo de Alya?
La pregunta vació de sonido la habitación entera.
Alya se quedó inmóvil.
León, en cambio, alzó la mirada con lentitud.
—Todavía legalmente —respondió con serenidad.
Bastian asintió despacio.
—Con razón.
Dos palabras simples.
Y sin embargo bastaron para que la incomodidad de León se acentuara.
—He oído bastantes cosas sobre ti —continuó Bastian, reclinándose con naturalidad contra la encimera.
Alya sintió un pequeño brote de pánico.
—Bastian…
Pero el hombre soltó una risa queda.
—¿Qué? ¿Dije algo malo?
León clavó los ojos en Alya.
—¿Qué cosas?
Ella le esquivó la mirada al instante.
—Nada importante.
Fue Bastian quien contestó con desenfado:
—Lloraba mucho cuando recién se mudó a Roma.
A León le dio un vuelco el pecho.
Su expresión cambió de golpe.
Alya cerró los ojos, entre la vergüenza y la irritación.
—Bastian, para.
—¿Por qué? —replicó él con cara de inocencia—. Antes te sentabas en la florería cada noche hasta quedarte dormida.
León se quedó petrificado.
La imagen de Sabrina sola en un país desconocido, embarazada, le inundó la cabeza de golpe.
Y lo que más le oprimía el pecho…
Era que en aquel entonces él no sabía absolutamente nada.
—A veces le subía la fiebre y aun así abría el negocio —prosiguió Bastian en voz más baja—. Cuando dio a luz, casi cayó en depresión de lo agotada que estaba criando sola a la bebé.
—Te dije que pares.
La voz de Alya se quebró.
No quería que esa etapa difícil se discutiera frente a León.
Pero ya era demasiado tarde.
León la contempló en silencio.
Y la culpa que le pesaba en el pecho se hizo más densa.
Bastian finalmente advirtió que el silencio se había vuelto insostenible.
—Bueno, mejor me voy.
Tomó su chaqueta con calma.
Pero antes de marcharse, le acarició la cabeza a Alya con suavidad.
—Si necesitas algo, llámame.
León se tensó al ver ese gesto mínimo.
Y lo peor de todo…
Alya no lo rechazó.
—Gracias.
Bastian hizo un breve ademán de despedida y salió del apartamento.
La puerta se cerró.
Y el silencio lo cubrió todo.
Un silencio espeso.
Alya exhaló largo mientras se frotaba las sienes.
—Siempre habla de más.
León no respondió de inmediato.
Todavía tenía la vista fija en la puerta del apartamento.
—¿Él está enamorado de ti?
La pregunta a quemarropa hizo que Alya volteara de golpe.
—¿Qué?
León al fin la encaró.
Sus ojos lucían mucho más oscuros de lo habitual.
—Te pregunté si está enamorado de ti.
El corazón de Alya latió de forma irregular.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque parece demasiado atento.
El tono de León era plano.
Pero fue justamente esa planitud lo que le confirmó a Alya…
Que estaba molesto.
Y, por alguna razón, esa certeza volvió todo más raro.
—Bastian solo es un amigo —contestó Alya al fin, en voz queda.
León guardó silencio.
—Entre él y yo no hay nada.
La expresión de León se tornó turbia, difícil de descifrar.
Algo muy parecido al alivio le recorrió el cuerpo al escuchar esa respuesta.
Y eso lo irritó consigo mismo.
Porque ¿desde cuándo le importaba qué hombre rondara a Sabrina?
—¿Estás celoso? —soltó Alya sin previo aviso.
León se quedó de piedra.
La habitación enmudeció por completo.
En un principio, Alya solo pretendía bromear para aligerar la tensión.
Pero al ver que la expresión de León se apagaba en un mutismo denso…
La sonrisa se le borró poco a poco.
Porque él no lo negó de inmediato.
—Solo no me gusta que otros se acerquen tanto a mi hija.
La respuesta salió unos segundos después.
Demasiado rápida.
Demasiado a la defensiva.
Y Alya supo al instante que no era la verdadera razón.
—A Liora le agrada Bastian —dijo en tono suave mientras volvía a sentarse en el sofá.
León frunció el ceño apenas.
—La lleva seguido al parque. A veces también me ayuda a cuidar la tienda.
Cuanto más hablaba Alya, más se le comprimía el pecho a León.
Porque durante tres años…
Otro hombre había llenado el espacio vacío que debería haber sido suyo.
—¿Son cercanos? —preguntó León en un hilo de voz.
Alya asintió levemente.
—Liora lo quiere mucho.
Esa frase le atravesó el orgullo como una aguja lenta.
Agachó la cabeza y se restregó el rostro con cansancio.
Y por primera vez…
Empezó a sentir miedo.
Miedo de haber llegado demasiado tarde a la vida de Alya y de Liora.
Miedo de que su lugar ya lo ocupara alguien más.
—Alya.
Ella volvió la mirada despacio.
León la observó un buen rato antes de pronunciar, casi en un susurro:
—¿Todavía hay un lugar para mí en la vida de ustedes?
La pregunta le sacudió el corazón a Alya con violencia.
Porque por primera vez…
León Ardián sonaba como un hombre que de verdad tenía miedo de perder.