Lo firmó con la misma mano con la que dicta sentencias: Elena Rossi será suya, quiera o no.
Dante Moretti tiene treinta y tres años, un imperio de hoteles y clubes que recorre la noche de Milán hasta el submundo y una única regla: nadie le dice que no al Don. Por eso, cuando los Rossi le entregan a su hija menor para sellar un trato, no espera resistencia. Espera una novia dócil frente al altar.
Lo que encuentra es un altar vacío.
Elena lleva toda la vida pagando por existir: golpes, hambre y una familia que la trata como mercancía. El día de su boda con un hombre al que ni siquiera conoce, se esfuma entre una multitud de turistas con documentos falsos y el dinero justo para sobrevivir. Dalila Romano, una mesera cualquiera en una ciudad ajena, debería ser invisible.
Pero hay un club en Milán donde nada pasa inadvertido, y su dueño lleva días buscándola.
Ahora Dante quiere saber por qué huyó. Y Elena empieza a sospechar que el monstruo del que escapaba tal vez no sea el que la espera.
Entre mansiones blindadas, secretos de mafia y una pasión que quema más de lo que protege, ella tendrá que decidir qué hacer con la libertad que tanto le costó conseguir… y con el hombre que jura que no volverá a perderla.
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No doy confianzas
En cuanto pisamos el área restringida de Notte, la atmósfera de opulencia y neblina quedó cortada por el sonido apagado de los graves que llegaban de la pista.
El gerente del club, con un traje impecable y una postura rígidamente profesional, se adelantó por el pasillo iluminado de neón al vernos llegar y se inclinó levemente en señal de respeto absoluto.
—Buonasera, señor Moretti, señores —saludó con voz pulida y baja, manteniendo la vista discretamente en el suelo antes de levantar el rostro para guiarnos—. Todo está debidamente preparado. Los invitados de la asociación ya los esperan en la suite ejecutiva principal para dar inicio a los arreglos de la noche. Permítanme acompañarlos.
Antes de llegar a la puerta de la sala de reuniones privada, una de las chicas del servicio de lujo me interceptó. Sonreía con demasiada confianza, y sus dedos, apenas insinuantes, buscaban rozar la tela de mi traje mientras pedía atención y un poco de cariño.
La miré con un desdén helado y la mandíbula rígida, y me aparté con un gesto seco.
—Guarda esa insolencia para quien tenga paciencia para soportarla, o para quien quiera pagar por tus servicios —dije en voz baja y cortante, dejando claro que ahí no había posibilidad de diversión, y menos con ella. Conmigo no—. Pero, ya que tanto insistes en servir a alguien esta noche, ve. Sírvele de obsequio a mi socio en el reservado principal.
El castigo fue inmediato y ejemplar. Ella tragó saliva; sabía perfectamente que jamás debió ofrecerse de esa manera conmigo, pero el miedo le impidió replicar mientras yo la encaminaba hacia el hombre mayor que nos esperaba. Sin mirar atrás, le di la espalda y entré directo a la sala reservada.
El socio ya nos esperaba, haciendo girar entre los dedos un vaso de cristal con whisky. La conversación pasó pronto de las ganancias de la cadena de hoteles a los negocios turbios que intentaban infiltrarse por los márgenes de nuestro territorio.
—Corren rumores de que los cárteles del este están diversificando sus rutas —comentó el socio, frunciendo el ceño mientras se acomodaba los puños de la camisa—. Están moviendo carga humana… redes de reclutamiento y tráfico de menores disfrazadas de adopción internacional. Dicen que dejan ganancias absurdas para quien no tiene escrúpulos.
Apoyé las manos en la mesa, con la sangre helándose y hirviendo a la vez. Apreté la mandíbula hasta hacerla crujir.
—Esa clase de escoria no tiene lugar en mi ciudad —repliqué, con un peso letal en la voz que hizo tragar saliva al hombre al otro lado de la mesa—. Puedes rechazar y eliminar a cualquiera que intente traer esa inmundicia aquí. Tratar la vida de los niños como mercancía es un acto deplorable e imperdonable. Quien cruza esa línea deja de ser criminal y se convierte en basura, que yo mismo me encargo de barrer del mapa.
El socio asintió de inmediato; entendió que en ese asunto yo no admitía términos medios. Mis hermanos, recargados en las sombras del perímetro de la sala, mantuvieron la guardia en alto, confirmando en silencio que ahí dentro mi ley era absoluta: los negocios podían implicar sangre y poder, pero había líneas que jamás se cruzarían.
El hombre se aclaró la garganta y volvió a concentrarse en los papeles sobre la mesa, mientras mi ultimátum seguía reverberando en la tensión de la sala.
—Entendido, Don. Ninguna ruta de tráfico infantil pasará por Milán —aseguró el hombre, enderezándose—. Pero, volviendo a los cargamentos de contrabando en el muelle sur, tenemos que definir quién asume la primera línea para limpiar la zona de posibles traidores.
Enzo salió un paso de las sombras, con los ojos oscuros brillando de una satisfacción fría y deliberada. Había entendido perfectamente que le correspondía cazar y eliminar a cualquier gusano que se atreviera a cruzarse en el camino de nuestro imperio.
—Déjame el muelle sur a mí, hermano —dijo Enzo con una sonrisa torcida, perversa y depredadora, que dejaba claro cuánto disfrutaba esa clase de trabajo—. Voy a cazarlos uno por uno, en persona, y me aseguraré de que sirvan de ejemplo para el resto de la chusma.
Matteo asintió, aprobando con un gesto la iniciativa de su hermano. La reunión terminó minutos después, con acuerdos firmados y la certeza de que nuestra ley seguiría imperando sin discusión.
Cuando salimos de la sala privada para cruzar el salón de Notte rumbo a la salida, el movimiento del club empezaba a menguar. Entonces vi a la misma chica que antes había intentado insinuarse. Salía de uno de los reservados principales, con el aspecto algo desarreglado y el gesto cabizbajo de quien aprendió la lección de la peor manera tras pagar el castigo de servir a los socios.
Al verme pasar rodeado de mis hermanos y de los guardias, su mirada cambió de golpe a un pavor silencioso; bajó la cabeza, apretó el paso y no se atrevió a saludarme ni a levantar los ojos, aterrada ante la posibilidad de atraer otro castigo. Yo solo aparté la vista con desdén y seguí adelante, dejando atrás el eco apagado de las paredes de vidrio de aquel imperio.