Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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La mujer que pertenecía a la luna
La luna llena iluminaba el bosque de Asteria cuando Náyrel regresó a su cabaña con una cesta llena de hierbas medicinales. La noche era su momento favorito: las flores plateadas se abrían entre los helechos, los árboles susurraban historias que nadie más podía escuchar y el viento parecía reconocerla como parte de aquella tierra. Su cabello blanco caía en ondas sobre su espalda, ligeramente enredado por las ramas que había atravesado, mientras sus ojos plateados reflejaban una luz imposible de encontrar en los de cualquier ser humano. A simple vista, parecía una joven de belleza extraordinaria; sin embargo, quienes conocían las antiguas leyendas habrían reconocido en ella algo mucho más inquietante. Náyrel era la última hija de la Luna Blanca, una criatura cuya especie había desaparecido mucho antes de que los reinos actuales existieran. Y llevaba toda su vida escondiéndose de un mundo que, si descubría lo que era, jamás volvería a dejarla en paz.
Vivía sola desde hacía tantos años que había dejado de contar las estaciones. Su pequeña cabaña, construida entre árboles centenarios, tenía un techo cubierto de musgo, estantes repletos de frascos y una chimenea que mantenía encendida durante las noches frías. Había aprendido a sobrevivir sin necesitar a nadie: recolectaba plantas, cultivaba raíces, pescaba en el arroyo y utilizaba su magia para curar a los animales heridos que encontraba. Aquella mañana había ayudado a un zorro atrapado entre unas rocas y, antes de regresar a casa, había dejado unas bayas junto a la madriguera de una familia de conejos. Eran pequeños gestos, insignificantes para cualquiera, pero constituían toda la compañía que se permitía. Los humanos podían ser amables, lo sabía, pero también eran curiosos, codiciosos y peligrosos cuando se enfrentaban a algo que no comprendían. Por eso había establecido una regla que nunca rompía: no acercarse a los pueblos, no revelar su magia y, sobre todo, no permitir que nadie conociera su verdadero nombre.
Aquella noche, sin embargo, el bosque estaba diferente. Náyrel lo percibió antes de llegar a su cabaña. Los grillos habían dejado de cantar y los pájaros nocturnos permanecían en silencio, como si una presencia invisible hubiera ordenado a todas las criaturas que guardaran quietud. Se detuvo junto a un roble y apoyó la palma en su corteza. Una corriente helada le recorrió los dedos. Los árboles estaban asustados. No era una sensación que hubiera experimentado antes; incluso cuando los cazadores atravesaban el bosque, la naturaleza nunca reaccionaba de aquella manera. Cerró los ojos y trató de escuchar los recuerdos que habitaban en las raíces, pero solo encontró una imagen confusa: sombras desplazándose entre los troncos y un par de ojos oscuros que parecían observarlo todo. Náyrel retiró la mano de inmediato. Algo había cruzado los límites del bosque, algo poderoso, antiguo y completamente ajeno a su mundo.
—No es asunto mío —murmuró, recogiendo la cesta—. Sea lo que sea, puede marcharse por donde vino.
Se apresuró a regresar a la cabaña, aunque aquella frase no consiguió tranquilizarla. Al llegar, dejó las hierbas sobre la mesa, cerró la puerta y colocó una pequeña piedra encantada junto al umbral. El objeto brilló débilmente, señal de que el refugio estaba protegido. Después encendió la chimenea y comenzó a preparar una infusión, intentando convencerse de que sus temores carecían de fundamento. Pero cuando se acercó a la ventana, descubrió algo que le heló la sangre: unas huellas profundas marcaban la tierra húmeda frente a su casa. No eran de ciervo, lobo ni ninguna criatura que conociera. Se extendían desde el sendero hasta el límite de su protección y desaparecían justo delante de la puerta. Alguien había llegado hasta allí. Alguien que había atravesado el bosque sin despertar sus defensas.
Náyrel tomó el pequeño cuchillo que guardaba bajo la mesa y salió lentamente. La niebla se arrastraba entre los árboles, ocultando los troncos y transformando los senderos en corredores de sombras. Avanzó unos pasos, con el corazón golpeándole el pecho, hasta que una voz masculina surgió de la oscuridad.
—Has tardado bastante en salir.
Ella se volvió de inmediato.
A pocos metros, un hombre vestido completamente de negro permanecía junto a un árbol. Era alto, de hombros anchos y cabello oscuro, con un rostro de facciones firmes y una mirada gris tan fría que parecía capaz de congelar el aire. Su abrigo llevaba bordados plateados que Náyrel no reconoció, y alrededor de sus botas la niebla se arremolinaba como si respondiera a su presencia. No parecía cansado después de atravesar el bosque, ni sorprendido de encontrarla. La observaba con una tranquilidad inquietante, como si hubiera recorrido una distancia inmensa únicamente para contemplar algo que llevaba mucho tiempo buscando.
—Estás en mi territorio —dijo ella, levantando el cuchillo—. Márchate.
El desconocido bajó la mirada hacia el arma y después volvió a observarla. Una sombra de diversión cruzó sus ojos, pero desapareció enseguida.
—Guarda eso. No podrás hacerme daño con semejante objeto.
—No necesito hacerte daño. Puedo llamar a criaturas que te arrancarán de aquí.
—No lo harás —respondió él con absoluta seguridad—. Porque no quieres que sepan que existes.
Náyrel sintió que el mundo se detenía.
El hombre dio un paso hacia ella y pronunció, con una voz profunda que pareció despertar algo bajo la tierra, una palabra que nadie había pronunciado en siglos.
—Náyrel Asterion.
Ella retrocedió, incapaz de ocultar su desconcierto. Nunca le había revelado su apellido a nadie. Ni siquiera los pocos humanos que había conocido durante su juventud habían llegado a saber quién era realmente.
—¿Quién eres? —preguntó, apretando el cuchillo.
El desconocido se quitó lentamente un guante negro.
—Darian Varek. Señor del Reino de las Sombras.
El nombre cayó entre ambos como una sentencia. Náyrel conocía las leyendas sobre aquel inmortal, el soberano que había sobrevivido a guerras, traiciones y siglos de oscuridad. También sabía que ningún ser sensato se acercaba voluntariamente a sus dominios.
—No tengo nada que ver contigo —declaró ella.
Darian la contempló durante unos segundos. Después, su mirada descendió hacia la marca plateada que acababa de aparecer en la muñeca de Náyrel, iluminándose bajo la luz lunar.
Por primera vez, su expresión cambió.
No era sorpresa.
Era reconocimiento.
—Eso está por verse —murmuró.
Náyrel sintió que la marca le ardía bajo la piel. La magia de su interior despertó de golpe, haciendo que las hojas se elevaran a su alrededor y que las sombras retrocedieran unos centímetros. Darian no se movió. Se limitó a observarla con una intensidad que la hizo sentirse más expuesta que nunca.
—Aléjate de mí —exigió ella.
Él se colocó nuevamente el guante y giró hacia el sendero.
—Esta noche no, Náyrel.
—¿Qué significa eso?
Darian se detuvo, pero no volvió la cabeza.
—Que todavía no sabes de quién estás intentando esconderte.
Y desapareció entre la niebla.
Náyrel permaneció inmóvil, con el cuchillo temblando ligeramente entre sus dedos. Cuando finalmente miró su muñeca, la marca había desaparecido, pero una certeza terrible comenzaba a formarse en su interior: aquel hombre no había llegado por casualidad.
Y, por primera vez en siglos, el bosque ya no parecía un lugar seguro.
Porque Darian Varek la había encontrado.
Y algo le decía que no sería la última vez.
Náyrel Asterion
Darian Varek