Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 1
El sol entraba a raudales por los enormes ventanales de la habitación de Mariana, iluminando cada rincón lleno de cosas bonitas: vestidos de seda, zapatos brillantes, cajas de regalo sin abrir y una cama tan grande que parecía un palacio. Ella estaba recostada, hojeando una revista con aire distraído, mientras el sonido de los cubiertos contra la porcelana fina llegaba desde el comedor. Todo en su vida había sido siempre así: cómodo, suave, lleno de lujos y atenciones. Y a sus diecisiete años, estaba completamente segura de que ya no necesitaba que nadie la cuidara. Era lista, independiente, sabía defenderse… ¿no?
—Mariana, cariño, baja un momento, por favor —la llamó su madre desde la escalera, con esa voz suave pero firme que usaba cuando quería hablar de algo importante.
Mariana suspiró, cerró la revista y se levantó con elegancia. Se miró un instante en el espejo: se vio mayor, segura, capaz de todo. Sonrió para sí misma y bajó las escaleras despacio, con la cabeza en alto.
Sus padres la esperaban sentados a la mesa. Su padre, el señor De Santis, jugueteaba con una taza de café; su madre, la señora De Santis, la miró con una sonrisa que intentaba ser alegre, pero que tenía algo de nerviosa.
—Siéntate, hija —dijo su padre, indicando la silla libre frente a ellos—. Tenemos algo importante que decirte.
Mariana tomó asiento, cruzando las manos sobre el regazo.
—¿Pasa algo malo? —preguntó, con curiosidad.
—No, no es nada malo —se apresuró a decir su madre—. Al contrario, es una oportunidad muy buena para los negocios de tu padre. Recibimos una propuesta inesperada de nuestros socios en Estados Unidos. Tenemos que viajar urgentemente para cerrar un trato.
—¿Viajar? —repitió Mariana, y de inmediato sus ojos se iluminaron—. ¿A Estados Unidos?
—Sí —asintió su padre—. Será un viaje de varias semanas, quizás un mes o más. Depende de cómo avance todo.
Mariana no pudo contener la sonrisa que le brotó de golpe. ¡Por fin! Quedarse sola en la enorme casa, sin nadie que le dijera a qué hora levantarse, qué comer, a dónde ir… Libertad. Pura, absoluta libertad.
—¿Y yo me quedo aquí? —preguntó, tratando de parecer tranquila aunque le brillaban los ojos.
—Exacto —respondió su madre—. La casa queda para ti. No queremos llevarte, sabemos que tienes el colegio y tus amigas aquí.
—¡Perfecto! —exclamó Mariana, sin poder contenerse más—. ¡Está bien! Me quedo, no hay problema. Ya soy grande, papá, mamá. Sabré cuidarme sola.
Su padre sonrió con ternura, aunque asintió con seriedad.
—Lo sabemos, Mariana. Pero queremos que sepas que confiamos en ti. Solo debes portarte bien, mantener la casa ordenada y…
—¡Claro que sí! —lo interrumpió ella, inclinándose hacia ellos con entusiasmo—. Haré todo como siempre. Llegaré a tiempo, no haré fiestas, me cuidaré mucho… ¡Lo prometo! No tienen de qué preocuparse.
Su madre le acarició la mano suavemente.
—Eso esperamos, hija. Sabes que te amamos y nos duele dejarte, pero es necesario. Volveremos en cuanto podamos.
—No se preocupen por mí —dijo Mariana con una sonrisa radiante—. Estaré perfecta. Van a ver que cuando vuelvan todo estará igual o mejor.
Su padre la miró con orgullo, aunque también con esa expresión de duda que Mariana conocía tan bien.
—Eso queremos creer, Mariana —dijo él—. Para nosotros siempre serás nuestra niña.
—Papá, ya tengo diecisiete años —replicó ella, poniendo los ojos en blanco con afecto—. Casi soy mayor de edad. Puedo encargarme de mí misma.
—Lo sé, lo sé —rio él suavemente—. Solo queremos que estés bien.
—Lo estaré. Prometo que todo saldrá bien.
—Está bien —concluyó su madre, levantándose de la silla—. Hablaremos de los detalles más tarde. Empacaremos mañana.
—¡Perfecto! —Mariana se levantó de un salto, casi sin poder contenerse—. Voy a avisar a mis amigas.
Subió las escaleras deprisa, sintiendo que flotaba. Cerró la puerta de su habitación y soltó un grito de alegría ahogado en la almohada. ¡Por fin! La casa para ella sola. Nadie vigilándola. Nadie diciéndole qué hacer. Era justo lo que había estado esperando.
Se asomó a la ventana, mirando el jardín inmenso y los árboles que se mecían con el viento. Sonrió con confianza. No necesito a nadie, pensó. Sé cuidarme. Podré con todo.
Aún no sabía que sus padres tenían una última palabra que decirle… y que esa palabra cambiaría todo.
Mariana bajo y se sentó de nuevo junto a ellos, sonriendo con brillo en los ojos, sin borrar la alegría del rostro.
—¿Y cuándo se van exactamente? —preguntó, entrelazando los dedos sobre la mesa—. ¿Pasado mañana? ¿La semana que viene?
Su padre intercambió una mirada rápida con su madre antes de responder:
—Mañana por la tarde. El vuelo sale a las cinco.
—¿Tan pronto? —Mariana abrió los ojos, pero enseguida sonrió más fuerte—. ¡Mejor! Así empiezo a disfrutar de verdad cuanto antes.
—Mariana —dijo su madre, con tono suave pero serio—, hay cosas que debes tener en cuenta. La casa debe permanecer tranquila. No invites a mucha gente sin avisar, ¿de acuerdo?
—Mamá, por favor —rio ella, restándole importancia con un gesto de la mano—. Ya sé comportarme. No soy una niña pequeña.
—Para nosotros siempre serás nuestra niña —repitió su padre, acariciándole la mejilla—. Y nos preocupa dejarte sola tanto tiempo.
—Pero no estaré sola-sola —se defendió ella—. Estaré en mi casa, con todo lo que necesito. Tengo el teléfono, la puerta bien cerrada, la cocinera que viene todos los días… ¿Qué me va a pasar?
—Es que… —empezó su madre, mordiéndose el labio inferior, pero se detuvo.
—¿Qué? —inquirió Mariana, inclinándose un poco—. ¿Hay algo más que no me han dicho?
—No, nada —se apresuró a decir su padre, aunque su sonrisa pareció un poco tensa—. Solo… queremos asegurarnos de que todo quede bien organizado antes de partir.
—Pues organícenlo tranquila —respondió ella, levantándose y dándoles un beso a cada uno en la frente—. Yo me encargo de que todo esté perfecto. Verán que cuando vuelvan, pensarán que ha estado aquí la mejor anfitriona del mundo.
—Eso esperamos, hija —murmuró su madre, mirándola con una expresión que Mariana no supo descifrar del todo, como si estuviera guardándose algo importante.
Mariana salió del comedor tarareando una canción, ligera y feliz, sin notar la mirada preocupada que sus padres intercambiaron en cuanto ella se fue. Subió a su habitación, sacó una agenda nueva y escribió en la primera página con letra grande y alegre: MI LIBERTAD EMPIEZA MAÑANA.
Aún no tenía ni idea de que faltaba una pieza por encajar.