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Sueños De Amor

Sueños De Amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Amor eterno / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
​Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Círculos alrededor de la fuente

​La plaza mayor de Oakhaven era un hormiguero de actividad a las tres de la tarde. El olor a humo de carbón, a castañas asadas y a lomo de caballo mojado impregnaba el aire húmedo. Los carruajes cruzaban los adoquines con un traqueteo ensordecedor, mientras caballeros de chistera y damas con vestidos de miriñaque paseaban bajo la llovizna fina que comenzaba a caer sobre la ciudad.

​En el centro exacto de la plaza se alzaba la enorme fuente de bronce: un tridente sostenido por tritones esculpidos de cuyo pedestal brotaban chorros de agua que caían sobre una pátina verdosa.

​A las tres en punto, Dorian llegó. Pero no se detuvo frente a la fuente.

​El pánico se apoderó de él en el instante en que el coche de alquiler lo dejó a dos calles de distancia. Al pisar el adoquín mojado y sentir la mirada inquisitiva de un deshollinador que pasó a su lado, Dorian se pegó a la pared de un edificio de ladrillo gris, ajustándose el cuello del abrigo para taparse el lado izquierdo de la cara. Era incapaz de pararse en medio del espacio abierto como un objetivo para las miradas del público.

​En su lugar, comenzó a caminar lentamente por el perímetro de la plaza, buscando la sombra de los toldos de los comercios. Su ojo derecho recorría frenéticamente a cada mujer que pasaba cerca. Buscaba una figura de túnica blanca o vestido azul pálido, un cabello castaño cayendo en ondas, un porte tímido... pero en la multitud diurna todas las mujeres parecían idénticas bajo sus capas y sombreros de moda.

​Para disimular su presencia y no parecer un vagabundo sospechoso, Dorian entró en la penumbra de una librería de viejo. Desde el ventanal lleno de polvo, con la excusa de hojear un volumen de encuadernación ajada que compró por pura inercia, mantuvo la vista fija en la fuente de bronce. Pasaron treinta minutos. Luego cuarenta y cinco. El corazón le pesaba como una piedra.

​Por su parte, Rosalie había llegado a la plaza a las tres y diez. Su timidez patológica le impidió de igual manera colocarse junto a la escultura de bronce. La idea de permanecer de pie, sola, expuesta a los comentarios de los transeúntes o a que algún conocido de su madre la viera allí parada como una desvergonzada esperando a un desconocido, la paralizaba de terror.

​Así pues, Rosalie optó por la misma táctica cobarde. Comenzó a dar vueltas en círculos por la acera opuesta, mirando disimuladamente hacia la fuente cada tres pasos. Se detuvo frente a un puesto de flores, comprando un pequeño ramo de violetas secas que no deseaba, solo para tener una razón legítima para no moverse del lugar durante diez minutos. Luego caminó hacia una confitería, adquiriendo una caja de galletas de jengibre con manos temblorosas, mientras sus ojos avellana buscaban desesperadamente a un hombre alto, de hombros anchos y porte distinguido.

​Una hora y media transcurrió en ese juego tortuoso de sombras.

​A las cuatro y media de la tarde, la llovizna se había convertido en un aguacero constante. La luz del día comenzaba a morir, sustituida por el resplandor anaranjado y vacilante de los faroles de gas que los encargados de la ciudad comenzaban a encender.

​A las cinco de la tarde —dos horas completas después de la cita acordada—, la resignación amarga aplastó a ambos.

​Dorian salió de la librería con un paquete envuelto en papel de estraza bajo el brazo, que contenía dos libros antiguos y un tintero de cristal que había comprado para llenar el tiempo. Sentía una mezcla de humillación profunda y una tristeza devastadora.

​—Fui un estúpido... —se dijo en un susurro, sintiendo que las lágrimas le quemaban la cuenca vacía del ojo izquierdo—. Claro que no vino. Nadie vendría. Era solo un sueño... una maldita ilusión de mi cerebro podrido.

​Al mismo tiempo, al otro lado de la plaza, Rosalie caminaba con la cabeza gacha, ajustándose la capucha mojada. En sus manos apretaba la caja de galletas ablandada por la lluvia y el paquete de violetas deshinchadas. Su corazón estaba roto en mil pedazos.

​—No existe —se repetía con un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar—. Me enamoré de una sombra. Dorian no existe.

​Abatidos, avergonzados de su propia credulidad y deseando únicamente llegar a sus solitarias habitaciones para llorar la pérdida de su único refugio, ambos emprendieron la retirada sin mirar hacia dónde caminaban.

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