Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 16: Garras sobre el titanio
El eco del aullido todavía vibraba en los cristales de la alcoba cuando Luna giró el mecanismo de seguridad.
La luz roja del panel parpadeó, cambiando a un verde tenue al reconocer el código maestro de la llave de acero. La pesada puerta de roble se abrió hacia afuera con un chirrido sutil en el marco.
El pasillo estaba a oscuras. La única iluminación provenía de los destellos intermitentes de las luces de emergencia, que teñían los muros de piedra de un rojo escarlata y pulsante.
El aire allí fuera era irrespirable. Estaba cargado de un calor seco, a hierro oxidado, sudor y el hedor inconfundible a tierra mojada y carne al límite de la combustión. Las feromonas de la transformación flotaban en el ambiente con la densidad de una neblina pesada, haciendo que a Luna le costara tragar saliva.
Si me quedo en la habitación esperando, el monstruo destruirá todo el ala oeste antes del amanecer, pensó Luna, ajustando firmemente los dedos alrededor del inyector cilíndrico de titanio que llevaba oculto en el bolsillo interior de su abrigo. Un alfa fuera de control no es un Dios invencible. Es una máquina dañada que necesita ser detenida.
Caminó con paso silencioso sobre la alfombra oscura del corredor.
Cada rincón de la mansión parecía respirar. Se escuchaban crujidos lejanos en las paredes de carga, el zumbido ahogado de los generadores de emergencia y, sobre todo, el sonido rítmico y pesado de una respiración descomunal que procedía de las profundidades de la planta baja.
Al llegar a la escalinata principal que descendía hacia el vestíbulo, el panorama cambió por completo.
Los barrotes de titanio hidráulico que debían sellar el acceso al ala de servicio y a los sótanos subterráneos ya no estaban cerrados. Estaban doblados.
Luna se detuvo en el antepenúltimo escalón, conteniendo la respiración.
A la luz de una bengala de emergencia que parpadeaba en el suelo del vestíbulo, la escena se reveló en toda su brutalidad.
Los gruesos tubos de aleación de titanio, diseñados para resistir el impacto de un misil o la presión de una tonelada de carga, habían sido arrancados de cuajo de las paredes de piedra.
El metal estaba retorcido, desgarrado y astillado como si hubiera sido mantequilla caliente bajo las garras de una prensa hidráulica.
Un rastro de surcos profundos en el suelo de mármol indicaba el camino hacia la entrada del sótano principal.
La fuerza bruta desatada, pensó Luna, sintiendo un sudor frío correr por la línea de su nuca. No hay tecnología humana que pueda contener esto.
Sacó el inyector del bolsillo. El émbolo estaba ajustado para liberar una dosis masiva de suero sintético diseñado para deprimir el sistema nervioso central de un organismo con metabolismo hiperactivo. Era un experimento de la red Volk, una aguja de tungsteno capaz de atravesar piel blindada.
Bajó los últimos escalones. Sus zapatos pisaron pequeños fragmentos de vidrio y escombros.
El sótano principal era una boca de lobo oscura, de la que emergía un hedor nauseabundo a sangre seca y ozono quemado.
—Sebastián... —llamó Luna en un susurro bajo, casi imperceptible, probando el terreno.
No hubo respuesta hablada. Solo un gruñido bajo, gutural y vibrante que hizo que el suelo bajo sus pies temblara.
De entre las sombras de la cámara subterránea, emergió una mole gigantesca.
Luna contuvo el aliento, sintiendo que el corazón se le detenía en el pecho.
Frente a ella se alzaba una criatura de dimensiones aterradoras. Era un lobo de proporciones colosales, con un pelaje negro como el carbón que parecía absorber la escasa luz de la estancia.
Sus hombros se elevaban por encima de la altura de una persona promedio, y sus músculos se contorsionaban bajo la piel en una masa compacta de poder bruto.
Pero lo más perturbador era su rostro. Colgando de las fauces ensangrentadas, sujeta únicamente por una correa de cuero destrozada alrededor del hocico, yacía la máscara de plata.
El metal estaba completamente abollado, retorcido y manchado de espuma y sangre oscura.
Los ojos de la bestia no eran humanos. Eran dos esferas de oro puro, ardientes e insondables, fijas en la figura de Luna con una hostilidad absoluta y ciega.
El lobo dio un paso al frente. Las garras de sus patas delanteras, largas y afiladas como cuchillos de carnicero, rasparon el suelo de piedra con un chasquido escalofriante.
No me reconoció, comprendió Luna en una fracción de segundo, sintiendo el pánico golpear las puertas de su mente racional. La conciencia humana se apagó por completo. Para esta criatura, soy solo una intrusa en su territorio.
Luna no retrocedió. Sabía que dar un paso atrás en ese instante significaba firmar su sentencia de muerte; los depredadores detectan la huida como el detonante definitivo del ataque.
Apretó el inyector de titanio en su mano derecha, levantándolo ligeramente a la altura de su pecho, preparándose para lanzarse hacia el flanco del animal en cuanto se moviera.
—Tranquilo... —murmuró Luna con voz firme, buscando calibrar la distancia exacta.
El lobo emitió un bufido feroz que levantó una nube de polvo y ceniza.
En una fracción de segundo, la criatura desapareció de su campo de visión. No corrió; se desvaneció en el aire con una velocidad sobrenatural, desafiando las leyes de la física y de la gravedad.
Antes de que Luna pudiera levantar el brazo para clavar la aguja, una masa de más de doscientos kilos de músculo y furia se estrelló contra su cuerpo.
El impacto fue devastador. El aire salió despedido de los pulmones de Luna en un grito ahogado mientras su espalda golpeaba con violencia contra el suelo de piedra fría del vestíbulo.
El peso de la bestia la inmovilizó al instante, aplastándole el torso y dejándola sin margen de movimiento. El hocico ensangrentado del lobo se cernió sobre su rostro, exhalando un aliento caliente, pesado y cargado de muerte.
Las enormes fauces se abrieron lentamente, dejando ver hileras de colmillos blancos y afilados que goteaban saliva.
La punta de los dientes se cerró a milímetros de su garganta, tan cerca que Luna podía sentir la vibración metálica del frío en su piel y el olor metálico de la sangre en el hocico de la bestia.
Los orbes dorados del animal la miraban fijos desde arriba, vacíos de cualquier rastro de piedad o recuerdo, listos para desgarrarla en el próximo latido.
supongo que tu harás tu parte ya que no te piensas quedar sin hacer nada