el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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el dragón de roca
Y así transcurrieron las semanas.
El polvo de los caminos se convirtió en mi único compañero constante mientras viajaba de un pueblo a otro, aceptando los encargos más sencillos que los gremios locales se atrevían a soltarme. La mayoría de las sedes en las grandes ciudades mantenían una disciplina de hierro con respecto a los rangos de aventurero. Al verme tan joven, con el rostro fresco de un novato y vistiendo la placa de rango más bajo, muchos recepcionistas ni siquiera creían que tuviera la capacidad de completar la cacería de un simple goblin. Pero sus expresiones cambiaban rápido cuando regresaba a entregar las pruebas antes del anochecer.
En aquellos lugares, la jerarquía era inquebrantable. Los trabajos de verdadero peso —aquellos que pagaban con sacos de oro y abrían las puertas de la fama— quedaban reservados para las escuadras profesionales. Eran grupos perfectamente estructurados: tanques formidables integrados por enanos de espaldas anchas o feroces hombres bestia, magos de la alta academia capaces de entonar encantamientos avanzados, y espadachines cuyas hojas se movían como relámpagos.
Sin embargo, mi talento con el acero no era una casualidad. Mi padre no había perdido el tiempo durante mi infancia; en cuanto mi brazo tuvo el grosor suficiente para sostener la empuñadura de una espada, me llevó al patio y me enseñó a luchar.
—Recuerda esto, Adamas —me decía siempre, acomodando mi postura bajo el sol abrazador—. La espada es tan fuerte como lo es su usuario. El arma no te define a ti; tú le das sentido al arma. De nada sirve que portes la espada sagrada más poderosa del mundo si tu corazón y tu cuerpo carecen de la capacidad para blandirla.
De niño, mi mayor anhelo era marcharme a la capital e ingresar a la legendaria Orden de Caballeros del Rey. Soñaba con vestir una armadura reluciente y ganar el orgullo de mi padre. Pero mi madre siempre se opuso. La sola idea de que dedicara mi juventud a la violencia y entregara mi vida al filo del acero la aterrorizaba. En aquel entonces, yo no cuestionaba sus razones; solo quería ver sonreír a mi madre y hacer que mi padre se sintiera orgulloso de su hijo.
Pero ahora ninguno de los dos estaba aquí. Supongo que la soledad, entre todas sus tragedias, te otorga una libertad aplastante: la libertad de hacer lo que quieras con tu propia vida.
Mis pasos me llevaron finalmente a las inmediaciones de Necros, una pequeña ciudad fronteriza erigida en las sombras del territorio controlado por el Reino Demonio.
Las tierras fronterizas son lugares donde la ley se vuelve borrosa y los prejuicios cambian de forma. Aquí, un humano, un elfo o cualquier criatura de los reinos centrales no era precisamente bien recibida; la tensión militar se respiraba en el ambiente. Sin embargo, al ser una zona hostil, los líderes locales y las autoridades demoníacas preferían no arriesgar las vidas de sus propias tropas. Para las misiones suicidas o el trabajo sucio, preferían usar a los aventureros extranjeros como carne de cañón.
Aproveché esa desesperación a mi favor. Pese a que mi placa apenas había subido al rango intermedio tras semanas de cacerías ininterrumpidas, logré colar mi nombre para una solicitud que figuraba en los tablones como una asignación de Nivel Diamante.
Una locura absoluta para un aventurero solitario
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—¡Jajaja! Pero miren nada más lo que tenemos aquí —se burló Worlku, un funcionario demonio de piel cobriza y pequeños cuernos retorcidos, mientras sostenía mi pergamino con dos dedos—. ¿El sangre bastarda tiene tanta prisa por morirse?
—Págame la hoja de registro y dame la misión de una vez, demonio —le respondí en voz baja, apoyando la mano en la empuñadura de mi espada sin pestañear—. Deja de perder el tiempo. ¿Quieres recuperar tus malditas minas de extracción o prefieres seguir llorando por tus pérdidas?
Worlku borró su sonrisa por un segundo, sorprendido por la frialdad de mi mirada, pero soltó una carcajada burlona para disimular.
—Ja, claro que sí, muchacho. Mi amo desea recuperar esa fuente clave de comercio. Hemos publicado este contrato durante meses y varias escuadras de nivel profesional han entrado a la cueva... solo para no volver jamás. Pero en fin, ante la necesidad, no nos ponemos exigentes. Quedas aprobado tú, el único e ilustre miembro del grupo "Heavenly Sword". Intenta no dejar un desastre muy difícil de limpiar cuando te despedacen.
Mientras dejaba atrás los muros de la ciudad y me adentraba en los desfiladeros rocosos, repasé los pocos detalles consignados en la orden de la misión.
Los informes hablaban de una entidad extraña que se había apoderado del nivel más profundo de la mina. Una criatura de una voracidad tan devastadora y una fuerza tan descomunal que nadie había logrado identificarla con certeza. Los batallones de soldados demonio que ingresaron a las galerías subterráneas para cazarla nunca regresaron. O si alguno lograba salir, lo hacía transformado en restos irreconocibles arrojados por la entrada del túnel.
"Bah, exageraciones de guardias asustados", me dije a mí mismo para mantener la calma. No creía que fuera nada de lo que deba preocuparme en exceso.
El territorio demoníaco era un páramo sofocante. El aire no solo era cálido, sino que el viento soplaba con una aspereza que quemaba la garganta; a los pocos minutos de marcha, sentías la arena fina pegándose en el cabello y raspando la piel de los brazos. Estaba harto de este clima hostil, pero era el único lugar del continente donde aceptarían darle una misión de este calibre a un aventurero de rango intermedio. Si lograba completar esta hazaña solo, mi ascenso a los rangos superiores sería inmediato. Mi nombre empezaría a resonar.
Finalmente, alcancé la boca de la cueva.
El olor a muerte me golpeó el rostro antes de que pudiera dar el primer paso hacia el interior. Era un hedor denso, pestilente, impregnado de óxido, tripas expuestas y excrementos de bestia. La criatura que habitaba este lugar rara vez salía a la superficie; se limitaba a devorar lo que caía en su guarida y dejar que los restos se pudrieran en las sombras.
Avancé por el túnel principal con la mano puesta sobre el pomo de la espada. A los pocos metros, el suelo dejó de ser tierra para convertirse en una alfombra de acero roto, escudos destrozados, charcos de sangre seca y cadáveres en avanzado estado de descomposición.
Llegué a la gruta central. La cueva era inmensa, un salón subterráneo de proporciones colosales cuyas estalactitas se perdían en la penumbra del techo. Y aun así, la bestia que descansaba en el centro penas cabía en el lugar.
Se me heló la sangre.
Frente a mí se erguía un Dragón de Piedra. Pero no se trataba de una bestia joven o de una subespecie menor; por su envergadura y las placas mineralizadas que recubrían su lomo, este ejemplar pertenecía a la clasificación de Dragón Nivel Emperador. Los eruditos otorgaban esa categoría únicamente a las bestias legendarias: criaturas cuya resistencia física rozaba la invulnerabilidad, poseedoras de un tamaño colosal y una rareza casi mítica. Era la cúspide a la que podía aspirar la especie de los dragones.
Y allí estaba yo. Un aventurero de rango intermedio, completamente solo frente al monstruo.
Un silbido agudo cortó el aire. El dragón, advirtiendo mi presencia, barrió el suelo con su pesada cola recubierta de púas rocosas, buscando aplastarme contra la pared de la cueva.
Reaccioné por puro instinto. Me desplacé hacia un costado con un paso lateral fluido, desenvainando la espada en un único movimiento circular. Canalizando la visión que mi padre me había enseñado para rastrear los puntos débiles en las defensas enemigas, dejé caer el filo de mi acero justo en la coyuntura de sus escamas rocosas.
Un chasquido metálico resonó en la gruta. El impacto cercenó la punta de su cola, haciendo saltar esquirlas de piedra y sangre negra.
A pesar de que el lomo de la bestia parecía tan duro como el hierro forjado, no había nada que la espada de mi padre no pudiera cortar. Las palabras de la anciana voz de mi padre retumbaron en mi memoria:
—Esta espada es tan poderosa como la voluntad de su usuario. Si tu determinación no flaquea, este acero cortará incluso la magia misma.
De niño, jamás había logrado realizar semejante proeza. Pero viendo el filo reluciente de mi arma bañado en la sangre del dragón, no tuve dudas. Mi madre solía llamar a este acero la Espada de las Cinco Voluntades, una reliquia legendaria de su propio pueblo. Debía esgrimirla con el orgullo de su sangre y la determinación de la mía.
Sin embargo, el Dragón Nivel Emperador no era una presa fácil.
Furioso por el corte, el monstruo rugió, haciendo temblar los cimientos de la cueva, y abrió sus fauces. De su garganta no brotó una llamarada común, sino un torrente de magma volcánico incandescente. El calor abrasador amenazó con derretir mi armadura en segundos; y aunque lograra esquivar el río de lava, los gases tóxicos y el azufre concentrado en el espacio cerrado me sofocarían en cuestión de respiraciones.
Apreté los dientes, preparando mi cuerpo para una embestida desesperada, cuando una voz femenina, clara y firme como el tañido de una campana, resonó a mis espaldas desde la entrada del túnel:
—¡Purgatio Venti!
Una ráfaga de aire purificador irrumpió en la cueva, envolviéndome instantáneamente en una esfera transparente de magia protectora. Los gases tóxicos se disiparon al contacto con la barrera y la marea de magma fue desviada hacia los costados, estrellándose contra las paredes de piedra.
Sorprendido, eché un vistazo por encima del hombro.
A pocos metros de mí se encontraba una joven maga. Llevaba una túnica de viaje de fina manufactura y sus rasgos élficos eran inconfundibles: orejas alargadas y estilizadas, una piel pálida como la porcelana y una postura elegante. Sin embargo, no fui capaz de reconocer el blasón que portaba ni de medir la magnitud del poder mágico que emanaba de su figura.
—¡Oye, niño! —me gritó la maga, manteniendo la vara levantada y frunciendo el ceño con irritación—. ¡Sal de aquí de una vez! ¡Solo estás estorbándome!
Una vena me palpitó en la frente. La rabia aplastó mi asombro inicial.
—¡Lárgate tú, mujer! —le respondí a ruidos, afianzando el agarre sobre la Espada de las Cinco Voluntades y encarando de nuevo al dragón que se erguía ante nosotros—. ¡Esta es mi presa!
No había tiempo para discusiones ni para averiguar quién era esa intrusa. El Dragón de Roca rugió de nuevo, desplegando sus alas de piedra. En medio de aquella caverna infernal, solo quedaban dos opciones: unir nuestras fuerzas para abatir a la bestia de Nivel Emperador, o quedar sepultados juntos para siempre en las profundidades de la mina.