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El omega abandonado por su alfa

El omega abandonado por su alfa

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / CEO / ABO / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:71
Nilai: 5
nombre de autor: Majo R.

Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.

NovelToon tiene autorización de Majo R. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20

Rafael tenía mucha más experiencia para elegir el momento adecuado. Por primera vez, consiguió detener un impulso de Tomás.

El omega guardó temporalmente la información y acordó con Gael visitar el nuevo local el lunes siguiente.

Al día siguiente, Gael todavía no se sentía bien. Últimamente sus emociones alteraban demasiado su cuerpo, algo que antes no le ocurría.

Se levantó mareado. La nuca, tranquila durante varios días, volvía a doler. Al cambiarse, se examinó en el espejo: las heridas ya estaban casi cerradas.

—Entonces, ¿por qué me molesta?

Tocó la zona con un dedo. El mareo empeoró y retiró la mano de inmediato.

Después de recuperar el equilibrio, tomó las bolsas de regalos y salió.

Las rosas rojas de la sala habían sido rociadas con agua. El señor Ramírez las había acomodado con cuidado dentro de un florero.

—Buenos días, señor Luján.

Gael redujo el paso al verlas. Adrián había regresado muy tarde la noche anterior. Probablemente tenía que adelantar trabajo porque pasaría varios días lejos de la empresa.

No lo había visto y no sabía qué pensaría de las flores.

—Buenos días.

El mayordomo reparó en su palidez.

—¿Se siente mal?

—No. Gracias.

En ese momento podía mantenerse en pie y el señor Ramírez dejó de insistir.

—Si necesita algo, no dude en decírselo al señor Ferrer.

Conversaban con una familiaridad que no había existido semanas atrás. Adrián los encontró así al bajar y arqueó una ceja.

Gael volvió la cabeza al escucharlo. Sus ojos se iluminaron, aunque ocultó la emoción casi de inmediato.

—¿Qué llevas?

Adrián se acercó y vio las dos bolsas sobre el sofá. Gael las levantó.

—Regalos para tus padres. Me pareció mejor llevar algo.

Adrián reconoció los empaques.

—El mayordomo te acompañó.

Gael no supo si estaba satisfecho o molesto. Apretó las asas de papel.

—Sí. Si no te gusta, no volveré a hacerlo.

Adrián no tenía una opinión particular. Solo lo consideraba innecesario.

—Vámonos.

Gael lo siguió hasta el carro. La actitud cambiante del alfa lo confundía, pero reunió valor para insistir.

—La bufanda es de esta temporada. El señor Ramírez me ayudó a elegir el color.

Adrián vio la expectativa cautelosa en sus ojos y soltó una respiración resignada.

—No usaste la tarjeta adicional. Las cosas que compra mi madre suelen ser demasiado caras para que tú se las regales.

Esta vez, recordó añadir algo menos hiriente.

—Tampoco ocurriría nada si llegaras sin regalo. La tienda de Tomás aún no abre. Deberías guardar el dinero para ti.

Para Adrián era un asunto menor.

—Entiendo —murmuró Gael.

Después recordó las rosas.

—¿Te gustaron las flores de la sala?

—No las vi.

Adrián había pasado de largo.

Antes de que Gael pudiera disimular la decepción, el alfa lo miró con extrañeza.

—¿Preparaste algún postre esta mañana?

—No.

El carro era un espacio cerrado. Desde que la puerta se cerró, Adrián percibía una dulzura tenue.

El aroma le provocaba una inquietud inexplicable. Frunció el ceño ante la mirada desconcertada de Gael.

—¿No hueles nada?

Las heridas de la nuca habían sanado y las mordidas apenas se distinguían, así que Gael no llevaba parche.

Alzó las bolsas.

—¿Serán las flores?

—No.

Adrián activó el sistema de purificación y cerró los ojos. Gael volvió la vista hacia la ventana.

Ninguno durmió.

El olor desapareció, pero Adrián siguió inusualmente irritable.

Cuando llegaron, permaneció un momento junto al carro para controlar la agitación de su cuerpo. Gael se acercó por detrás.

—¿Adrián Ferrer?

La residencia estaba rodeada por un jardín amplio y el viento de otoño era fresco. Adrián terminó de calmarse.

—Si vas a usar mi nombre completo, prefiero que sigas diciéndome esposo.

La nuca de Gael palpitó de golpe. Fingió tranquilidad.

—Solo lo olvidé un momento. Quería llamarte por tu nombre.

La comisura de Adrián se levantó apenas.

Gael lo siguió al interior. Dos mujeres, de espaldas a ellos, acomodaban flores sobre una mesa. Un difusor producía una neblina blanca y la música ambiental llenaba la sala.

Gael estaba tan distraído que no vio detenerse a Adrián y chocó la nariz contra su espalda.

—Ay…

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Los músculos de Adrián se tensaron. Se volvió, contempló a Gael cubriéndose la nariz y respiró hondo antes de apartarse.

—Mamá. —Tomó el control y apagó la música—. ¿Dónde está papá?

Verónica no sabía que su hijo vendría acompañado.

—En el salón de té.

La instructora empezó a guardar el difusor y los materiales.

—Terminaremos aquí por hoy, señora. Avíseme cuando quiera programar la siguiente clase.

Verónica tenía una presencia delicada y elegante. Le agradeció con una sonrisa y la mujer se retiró.

Después colocó el arreglo en el centro de la mesa.

—Ve a buscarlo. Quiere ir a pescar esta tarde. Yo no pienso acercarme al estanque con todo ese lodo y ese olor.

Al ponerse de pie, vio por fin a Gael detrás de Adrián.

—¿Por qué no me avisaron que vendrían juntos?

Gael dio un paso al frente.

—Señora, esto es para…

Verónica lo interrumpió para mirar a su hijo con incredulidad.

—¿Eres un alfa y permites que tu esposo cargue las bolsas?

Adrián conocía bien el carácter de su madre.

—La próxima vez tendré más cuidado.

Ella le lanzó una última mirada de desaprobación y examinó a Gael con discreción. Cuando habló de nuevo, su voz fue más suave.

—Ven, siéntate conmigo.

Gael la siguió hasta el sofá. La calidez de Verónica le recordaba la manera en que Clara trataba a Bruno.

Era una mujer encantadora. Cada gesto parecía elegante y Gael no podía evitar observarla.

La punta de su nariz seguía roja por el golpe. Esperaba sus palabras con atención absoluta.

Para Verónica, aquello era una experiencia nueva. Incluso sentado en silencio, Adrián parecía desafiar al mundo. De niño nunca había sido el hijo tierno y obediente que ella imaginó.

En cambio, Gael parecía un buen muchacho.

Pensar en su matrimonio todavía le causaba dolor de cabeza, pero no mostró ese descontento frente a él.

—¿Qué compraste?

Adrián se sentó en un sillón individual. Gael abrió la bolsa y sacó la caja.

—Una bufanda. No soy muy bueno eligiendo colores. Espero que le guste.

Verónica había comprado varias prendas de esa marca. No era una pieza barata, aunque tampoco pertenecía a los precios más altos de su guardarropa.

Observó la ropa de Gael. La tela y el corte parecían hechos a medida, pero no llevaba ningún accesorio. Sostenía la caja con demasiada cautela y todo su cuerpo revelaba tensión.

Verónica sintió un cansancio resignado por la torpeza de su hijo.

—Elegiste muy bien. Todavía no compraba nada de la nueva colección. Ayúdame a ponérmela.

La alegría de Gael apareció de inmediato en sus ojos.

Sacó la bufanda con cuidado. Verónica volvió a desear que su propio hijo hubiera sido así de atento.

La tela era suave. La tocó con satisfacción y miró a Adrián.

Él permanecía con las manos entrelazadas sobre una pierna cruzada, distante y orgulloso.

Verónica tomó la mano de Gael.

—Gracias. Me encanta. Después mamá te dará un buen regalo a cambio.

Había comprendido que Gael no podía permitirse ese precio con facilidad. Por la actitud del alfa de la familia, tampoco parecía recibir demasiada consideración.

Gael quedó inmóvil al escuchar la palabra «mamá».

Verónica no lo notó y se dirigió a Adrián.

—Ve por tu padre. Dile que deje el té.

Luego volvió a mirar a Gael.

—Mi niño, dime qué te gusta comer para que preparen varios platillos.

La garganta de Gael se cerró. Pasaron varios segundos antes de que pudiera sonreír.

—Gracias… mamá. No necesito nada especial. Como de todo.

Adrián, que ya se había levantado, frunció el ceño y se quedó un instante en su lugar.

Verónica rio con ternura.

—Ya me habías llamado así. ¿Ahora te da vergüenza?

Gael sonrió con un leve tono nasal.

—Solo pasó demasiado tiempo.

Al verlo recuperar la calma, Adrián caminó hacia el salón de té.

Verónica pareció comprender algo, pero conservó su dulzura.

—Entonces tendremos que vernos más seguido hasta que te acostumbres.

Adrián golpeó dos veces el marco de la puerta abierta.

—Papá.

El salón estaba lleno del aroma del té. Esteban levantó la mirada.

—Llegaste. Siéntate.

Adrián no lo hizo.

—Gael está en la sala.

Esteban se sorprendió.

—¿Lo trajiste? ¿Y tu madre?

—Con él. Los espero afuera.

Las conversaciones entre padre e hijo solían consistir en dos líneas paralelas. Esteban notó que Adrián evitaba explicar sus motivos y resopló.

—No pienso meterme en tus asuntos. Solo procura que tu madre no tenga que preocuparse por tus errores.

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