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Arqueólogo Del Umbral El Gemelo Perdido Crónicas Del Eclipse — Libro I

Arqueólogo Del Umbral El Gemelo Perdido Crónicas Del Eclipse — Libro I

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo mágico / Reencuentro
Popularitas:152
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Luciano creía ser un arqueólogo común, hasta que unas ruinas antiguas lo transportaron a un mundo de magia, monstruos y profecías. Allí, el Vigilante del Sello ve en él al gemelo perdido de una leyenda. Para sobrevivir, Luciano deberá dominar una magia ligada a sus emociones y forjar alianzas inesperadas. Pero su regreso ha despertado un viejo rencor: Blake Kane, su propio hermano gemelo, lo busca consumido por el odio y los celos. Mientras una antigua calamidad amenaza con destruirlo todo, ambos hermanos avanzan hacia un reencuentro que podría salvar el mundo... o reducirlo a cenizas. ¿Podrá Luciano reclamar su verdadero destino?

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2 - El hijo de Bellaforte

La tormenta terminó pocos minutos después de que el cielo se abriera.

Nadie en Bellaforte vio caer al niño.

La brecha apareció sobre las ruinas de Cava Rossa como una herida blanca entre las nubes. Expulsó una cesta, fragmentos luminosos y un arma que golpeó la roca rojiza antes de deslizarse hacia una grieta de la cámara central.

Durante un instante, el metal brilló bajo la lluvia. Después perdió sus contornos, atravesó la piedra como si esta fuera humo y quedó suspendido en un lugar al que ningún instrumento de la Tierra podía alcanzar.

El resplandor del cielo se cerró. La noche recuperó un silencio que no le pertenecía y el recién nacido fue lo único que quedó llorando junto al camino.

Paolo y Elena Grignani regresaban a Bellaforte cuando escucharon el llanto. Detuvieron el vehículo cerca de la verja, descendieron bajo la lluvia y encontraron una cesta entre el barro y las ramas caídas. Dentro había un bebé envuelto en una manta blanca, con el cabello tan pálido que Elena creyó al principio que estaba cubierto por el polvo de las ruinas.

No llevaba medalla, documento ni objeto que revelara su procedencia. Paolo llamó a emergencias mientras Elena lo protegía bajo su abrigo. Las autoridades inspeccionaron el complejo, revisaron las carreteras y buscaron durante meses a una familia que nunca apareció.

Nadie podía saber que el niño no había sido abandonado. Había sido salvado.

Tampoco podían conocer el nombre que su madre había pronunciado al nacer. Cuando el proceso legal les permitió convertirse en su familia, Paolo y Elena eligieron uno para él.

Lo llamaron Luciano.

Veinticuatro años después, Luciano Grignani conocía tres formas de entrar en Cava Rossa.

La primera exigía un permiso del Ministerio de Cultura. La segunda requería esperar a que el vigilante se durmiera. La tercera comenzaba en un conducto de drenaje, atravesaba veinte metros de barro y terminaba, según sus cálculos, debajo de un muro anterior a Roma.

Su madre había dejado muy claro cuál de las tres consideraba aceptable.

—La legal —dijo Elena desde el otro lado de la mesa, sin levantar la vista del cuaderno que corregía.

Luciano dejó inmóvil la cuchara.

—Ni siquiera he hablado.

—Estabas mirando por la ventana con cara de estar calculando una entrada clandestina.

—Esta es mi cara de arqueólogo responsable.

Sofía bajó la cámara fotográfica y lo observó por encima de ella.

—Tu cara de arqueólogo responsable tiene barro en la oreja.

Paolo soltó una risa breve mientras reparaba el cable de la tostadora. En la casa de los Grignani, los aparatos averiados aparecían sobre la mesa con la misma naturalidad que el pan, las tazas y los exámenes de Elena. Luciano se llevó una mano a la oreja y encontró, para desgracia de su defensa, una costra rojiza.

—Trabajo de campo —dijo.

—Ayer estabas en el depósito del museo —respondió Sofía.

—El depósito tiene un campo emocional muy intenso.

Elena cerró el cuaderno. Tenía esa expresión paciente que siempre conseguía que una broma pareciera una confesión incompleta.

—¿Volviste a las ruinas anoche?

—Pasé cerca.

—Luciano.

—A dieciocho kilómetros puede considerarse cerca si uno piensa en términos continentales.

Paolo dejó el destornillador.

—También puede considerarse lejos si uno piensa en términos de fianza.

Luciano sonrió, porque era más sencillo sonreír que explicar por qué llevaba semanas conduciendo hasta la carretera de Cava Rossa después del trabajo. No intentaba entrar. Al menos no todavía. Se detenía frente a la verja, miraba las colinas oscuras y esperaba sentir algo que nunca habría sabido nombrar.

Las ruinas formaban parte de su vida desde antes de que pudiera recordarlo.

Conocía los informes de su hallazgo, las declaraciones y cada página del proceso de adopción. Paolo y Elena nunca le ocultaron su procedencia desconocida, pero tampoco permitieron que la falta de respuestas definiera el lugar que ocupaba en la familia.

Luciano había crecido como hijo de los Grignani mucho antes de comprender que otras personas podían considerar la sangre más importante que los años compartidos.

Años más tarde nació Sofía y se encargó de demostrarle que la sangre no era necesaria para robarle ropa, comida ni privacidad.

—Hoy sabremos lo del permiso —dijo Luciano.

El humor desapareció de la mesa durante un instante.

Elena apoyó las manos sobre el cuaderno.

—¿La cámara central?

Él asintió.

Durante décadas, los ocho corredores incompletos de Cava Rossa habían sido estudiados por separado. Derrumbes, disputas de propiedad y presupuestos evaporados mantuvieron cerrado el núcleo. Luciano dedicó su tesis a demostrar que los pasajes no eran ampliaciones de épocas diferentes, sino partes de una sola estructura radial. La comisión había llamado ambiciosa a su hipótesis. Uno de sus profesores había preferido la palabra obsesiva.

Luciano consideraba que ambas podían ser correctas.

—Si te rechazan otra vez, no significa que hayas perdido el tiempo —dijo Paolo.

—Claro que no. Siempre puedo arrastrarme por el drenaje y convertir el rechazo en una experiencia práctica.

Elena señaló la puerta.

—Ve al museo antes de que decida acompañarte todo el día.

—Eso suena a amenaza contra mi independencia profesional.

—Llévate una chaqueta —contestó ella.

En Bellaforte, las mañanas olían a café, piedra húmeda y pan recién abierto. Luciano cruzó las calles inclinadas camino al museo regional, saludando a comerciantes que lo conocían desde niño. Algunos todavía lo llamaban el muchacho de las ruinas. Otros preguntaban cuándo descubriría un tesoro y se volvería rico.

Él respondía que la arqueología consistía en pasar años quitando tierra para demostrar que alguien ya había estado allí antes.

El museo ocupaba un antiguo edificio administrativo frente a una plaza pequeña. Luciano trabajaba en el depósito, clasificando piezas que rara vez alcanzaban una vitrina: fragmentos de cerámica, clavos, cuentas, huesos y objetos cuyo valor dependía de no separarlos del lugar donde habían aparecido.

Aquella mañana encontró sobre su escritorio una fotografía impresa.

Sofía la había tomado semanas atrás desde el exterior de Cava Rossa. Mostraba la entrada cerrada, la roca rojiza y, entre dos muros, una sombra circular que no figuraba en las imágenes antiguas. En el reverso había escrito: Para que dejes de fingir que solo vas allí por trabajo.

Luciano acercó la foto a la lámpara.

La forma podía ser una mancha de humedad. Una variación en la piedra. Un defecto de la lente.

O una abertura.

La guardó en su libreta cuando oyó pasos en el pasillo. La directora del proyecto apareció en la puerta con una carpeta gris bajo el brazo. No sonreía, lo cual no significaba nada: la doctora Bellini trataba las buenas noticias como si pudieran estropearse al exponerlas al entusiasmo.

—Grignani.

—Si viene por las cajas del inventario, puedo explicar por qué siguen exactamente donde estaban ayer.

—No vengo por las cajas.

Bellini dejó la carpeta sobre el escritorio. El sello de la comisión regional ocupaba la esquina superior. Luciano lo reconoció antes de leer una sola palabra.

No tocó el documento.

—¿Cuántas condiciones? —preguntó.

—Supervisión permanente. Registro visual completo. Nada se retira sin autorización. Si la estructura se mueve, sales aunque creas estar a un metro de resolver todos los misterios de tu vida.

Luciano apoyó una mano sobre el pecho.

—Me ofende que tenga una imagen tan precisa de mí.

—La autorización es válida desde mañana al amanecer.

Las palabras borraron la siguiente broma antes de que pudiera pronunciarla.

Miró la carpeta, después la fotografía de Sofía que sobresalía de su libreta. Durante veinticuatro años, Cava Rossa había sido el lugar donde comenzaba su historia y donde todas las explicaciones terminaban frente a una puerta cerrada.

Mañana entraría en la cámara central.

Y por primera vez desde que tenía memoria, Luciano no consiguió convertir el miedo en un juego.

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Milaidys Santana
Un inicio lleno de acción y drama... espero leer más /Ok/
Wilken Blanco
Interesante inicio, rápido y lleno de acción e intriga. Espero leer que más tienes para escribir.
Benito Leal: Muchas gracias por leer, espero que en los próximos capítulos puedas disfrutar de toda la magia que tiene este mundo
total 1 replies
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