un romance entre un mafioso y un femboy
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LOS HEREDEROS
Gabriel se quedó temporalmente con ellos. Era lo más lógico: no tenía otro lugar seguro al que ir, y juntos podían vigilarse mejor. Sin embargo, la convivencia resultó mucho más difícil de lo que cualquiera de los tres había imaginado. No se trataba solo de compartir espacio; se trataba de reconstruir una relación que había sido destruida por años de silencio, secretos y pérdida.
Dante desconfiaba de su hermano. No era que no quisiera creerle, sino que su instinto le gritaba que tuviera cuidado. Había pasado toda su vida aprendiendo que la confianza era una debilidad, y ahora de repente tenía enfrente a un hermano que creía muerto, con una historia que sonaba demasiado arriesgada. A veces, al despertarse en mitad de la noche, se quedaba mirando la puerta de la habitación de Gabriel, preguntándose si todo no sería en realidad una trampa cuidadosamente preparada. No le gustaba no saber qué pensaba su hermano en silencio. No le gustaba no conocer sus límites. Y sobre todo, no le gustaba que su presencia alterara la paz que él y Adrián habían construido con tanto esfuerzo.
Por su parte, Gabriel notaba cada mirada, cada silencio, cada pregunta que Dante no hacía en voz alta. Y aunque lo entendía, también le dolía. Había pasado años escondiéndose, esperando el momento adecuado para volver, y ahora que lo hacía, se daba cuenta de que el hermano que recordaba ya no existía del todo. Había alguien más cuidando de él. Alguien que se había convertido en su centro, en su refugio.
Adrián fue quien mantuvo el equilibrio entre ambos. Se daba cuenta de las miradas, de las respuestas cortas, de las tensiones que flotaban en el aire durante las comidas o en los momentos de silencio. Así que poco a poco fue abriendo camino entre ellos. Les hacía preguntas sobre su infancia, los animaba a contar anécdotas, a recordar cómo eran antes de que todo se volviera oscuro. A veces funcionaba; a veces solo lograba que discutieran por tonterías.
Una tarde, mientras preparaban algo de cenar, Adrián los miró a ambos y preguntó con una sonrisa:
—¿Siempre fueron así?
Gabriel soltó una risa ligera, como si la pregunta le hubiera traído recuerdos lejanos.
—Dante siempre fue demasiado serio. Desde que éramos pequeños, se tomaba todo demasiado a pecho. Sentía que tenía que cuidar de todos, incluso de mí, que era apenas un poco menor. Siempre con la mandíbula tensa, siempre pensando dos pasos adelante.
—Y tú siempre fuiste demasiado irresponsable —respondió Dante de inmediato, sin levantar la vista de lo que estaba cortando, aunque había una sombra de sonrisa en su voz—. Hacías cosas sin pensar, confiabas en cualquiera, y siempre terminaba siendo yo quien tenía que arreglar tus desastres.
Adrián comenzó a reír. Aquel intercambio, seco y familiar, sonó a algo que no habían tenido en mucho tiempo: normalidad. Durante unos minutos, las sombras del pasado, las amenazas de afuera, todo pareció desvanecerse. Solo estaban ellos tres, conversando como hermanos, como familia.
Pero la tranquilidad no estaba destinada a durar mucho tiempo.
Una noche, el teléfono de Gabriel sonó con un tono breve y desconocido. Lo tomó, miró la pantalla, y su expresión cambió por completo. No contestó. Solo escuchó unos segundos, luego colgó lentamente, como si el aparato pesara demasiado en su mano.
Dante lo observó y sintió que el aire se volvía más denso.
—¿Qué pasó?
Gabriel levantó la mirada, y en sus ojos ya no había rastro de la ligereza de antes.
—Ya saben dónde estamos.
Dante se puso de pie de inmediato, el instinto de supervivencia activándose al instante.
—¿Cómo? ¿Crees que te siguieron?
—No lo sé —Gabriel negó con la cabeza, visiblemente confundido—. No creo que haya sido imprudente. Pero de alguna manera, nos encontraron.
Dante miró a Adrián, y en esa mirada se vio todo lo que temía: el pasado llamando a la puerta, amenazando con arrebatarle lo que más amaba.
—Tenemos que irnos. Ahora mismo. Empaca lo indispensable. Nos vamos a otro sitio, nadie nos conoce allí.
Pero Adrián no se movió. Se quedó donde estaba, firme, y negó con la cabeza.
—No.
Dante suspiró, pasándose una mano por el cabello, la ansiedad creciendo en su pecho.
—Adrián, no empieces. Esto no es una discusión. Si nos quedamos, estaremos en peligro. Tú también.
—No quiero volver a huir —dijo Adrián, con voz tranquila pero inquebrantable—. No más.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Dante, acercándose un poco—. ¿Prefieres esperar a que lleguen?
—Quiero decir que toda nuestra vida hemos estado escapando —continuó Adrián, y su mirada era clara y sincera—. Tú huiste de lo que eras. Yo huí de lo que mi familia fue. Y ahora huimos de gente que ni siquiera conocemos bien. Pero por más que corramos, siempre nos alcanzan. Porque el problema no es el lugar donde vivimos. El problema es que ellos deciden cómo vivimos. Y estoy cansado de que otros decidan por nosotros.
Gabriel observó a ambos en silencio, y luego asintió lentamente.
—Tiene razón, hermano.
Dante lo miró, sorprendido.
—¿Tú también estás de acuerdo con esto?
—Si nos vamos ahora, solo les demostramos que pueden controlarnos —dijo Gabriel—. Que con una sola llamada, con una sola amenaza, logran que corramos. Y entonces nos perseguirán siempre, de un lugar a otro, sin descanso. No podremos construir nada. No podremos estar tranquilos nunca más.
Dante se quedó callado. Miró a Adrián, luego a Gabriel, y comprendió que tenía sentido. Le aterraba la idea de quedarse y arriesgar todo lo que tenían. Pero también le aterraba la idea de pasar el resto de su vida mirando por encima del hombro, sin sentirse seguro en ningún sitio.
Respiró profundamente, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con la determinación.
—Está bien. No nos vamos. Pero si nos quedamos, no nos quedaremos esperando a que lleguen. Vamos a prepararnos. Vamos a saber contra quién nos enfrentamos. Y cuando lleguen, sabremos qué hacer.
Desde ese momento, dejaron de esconderse para empezar a investigar. Cada día, cada hora, la dedicaron a reunir información. Gabriel aportó todo lo que había visto y escuchado durante sus años en las sombras; Dante aportó su conocimiento sobre cómo funcionaban las redes de poder, las alianzas, las debilidades de cada familia; y Adrián, con su forma de ver las cosas desde afuera, les hacía preguntas que ellos mismos no se habían atrevido a formular.
Poco a poco, la imagen se fue completando.
Descubrieron que Los Herederos no era una organización cualquiera. Era una red construida sobre los restos de las familias más poderosas de la ciudad, unidas por el deseo de recuperar el control que sus antepasados habían perdido. Y al frente de todo ello, había una sola figura, envuelta en misterio: El Patriarca.
Nadie conocía su verdadero nombre. Nadie sabía cómo era su rostro. Algunos decían que era un hombre anciano que había visto pasar décadas desde las sombras; otros afirmaban que era un grupo de personas que utilizaban un solo nombre para imponer respeto. Lo único que todos sabían era que poseía información sobre cada familia, cada negocio, cada secreto oscuro de la ciudad. Conocía los miedos de las personas y sabía exactamente cómo usarlos en su contra.
Y ahora, El Patriarca había puesto sus ojos sobre Dante.
Pero no para eliminarlo. Eso era lo que más les inquietaba. No había amenazas de muerte, no había órdenes de ataque. Lo que El Patriarca quería era algo mucho más peligroso: quería que Dante recuperara el poder que había abandonado. Sabía que Dante tenía el linaje, la experiencia y el respeto que nadie más podía reunir. Y planeaba usarlo como pieza clave en su propio juego. No lo quería muerto; lo quería de vuelta en el mundo que él había dejado atrás, atado a un destino que no había elegido.
—Quiere usarme como escudo —dijo Dante una noche, cerrando con fuerza el cuaderno donde habían anotado todo lo que sabían—. Mientras yo esté al frente, él estará protegido detrás de mí. Si algo sale mal, todos me señalarán a mí. Y él seguirá allí, en la sombra, moviendo los hilos.
—Entonces no dejes que lo consiga —dijo Adrián, sentándose a su lado—. Pero esta vez no lo hagas solo. Estamos aquí. Gabriel también. No tienes que cargar con todo tú solo.
Dante miró a los dos personas que tenía al frente. Por primera vez en su vida, no se sentía solo frente a una tormenta. Sabía que lo que venía sería difícil, peligroso y probablemente doloroso. Pero también sabía que no tenía que enfrentarlo solo.
—No lo haré —dijo, tomando las manos de Adrián entre las suyas—. Pero sí debemos tener cuidado. Porque si este hombre es tan poderoso como parece, no dudará en usar todo lo que tengamos contra nosotros. Incluso a nosotros mismos.