Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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Cuando el pasado vuelve a llamar
Horas después, la cirugía de Abi había terminado.
—Muchas gracias, señorita —dijo la madre de la niña mientras tomaba la mano de Agustina.
Ella sonrió.
—No pasa nada. Es mi deber como enfermera.
Abi se encontraba estable y Agustina, finalmente, estaba más tranquila.
Louis se quitó parte del equipo y soltó un suspiro.
—Bueno… fue duro, pero lo hicimos bien —dijo con una sonrisa.
Andrés lo miró.
—Todavía no puedo creer en el buen cirujano en el que te convertiste.
Louis sonrió.
—No es nada. Estos cinco años fueron duros.
Por un instante, miró a Agustina.
—Aunque todavía no puedo creer lo buena enfermera que se convirtió.
Agustina sonrió tímidamente.
Andrés tomó su mano.
—¿Qué tal si vamos a comer algo?
Agustina estaba a punto de responder cuando Louis intervino.
—Hoy nos toca vigilar.
Andrés hizo que soltara la mano de Agustina.
—¿Cómo?
—Tenemos que cuidar la sala. Nos toca a nosotros. Recuerda que todavía tengo las costillas rotas.
Andrés lo miró con cierta tristeza.
—Está bien. La próxima será.
Agustina sonrió.
—Sí. La próxima será.
Andrés se marchó y Louis y Agustina se quedaron encargados de vigilar la sala.
Un rato después, Agustina llamó a su hermano.
—Así que te quedas cuidando el hospital —dijo Cristian al otro lado de la llamada.
—Sí.
—Recuerda que la comida está en el refrigerador.
—Sí, tranquila.
—Bueno. Sé que tú lo cuidarás bien.
En ese momento, Leo tomó el teléfono.
—¡Hola, mami!
Agustina sonrió.
—¡Leo!
Louis, que estaba cerca, levantó la mirada al escuchar aquel nombre.
—¿Leo? —preguntó, curioso.
Agustina no se dió cuenta.
—Sí… yo también te amo.
Terminó la llamada.
Cuando levantó la mirada, Louis seguía allí.
—¡Ah! —Agustina se sobresaltó.
Louis soltó una pequeña risa.
—¿Qué pasa? ¿Viste un fantasma?
—No. Solo te vi a ti —respondió ella, riéndose.
Louis le entregó un café y ambos se sentaron uno al lado del otro.
—Todavía sigo impresionado por cómo agarraste a ese hombre.
Agustina lo miró.
—¿Qué?
—El padre de Abi.
—Era mi deber. Su hija casi muere por una estupidez —respondió seria.
Louis asintió.
—Mmm… entiendo.
Hubo unos segundos de silencio.
—Sabes… todavía recuerdo aquella vez que me ayudaste.
Agustina lo miró.
Y Louis recordó.
Años atrás
La familia de Louis tenía poco dinero y, cuando era joven, él tuvo que trabajar en una tienda de conveniencia para poder cubrir sus gastos.
Una tarde estaba atendiendo cuando entraron Agustina y su primo Alan.
—Prima, ¿qué quieres comer? Yo compro lo que quiera —dijo Alan entre risas.
Alan tenía unos catorce años y Agustina dieciocho.
Cuando Louis la vio, se puso nervioso.
Agustina ya le gustaba.
—Hola, Agustina —saludó con una sonrisa.
Alan lo miró con curiosidad.
—Prima, ¿quién es?
—Es mi compañero de la clase de música.
Los dos fueron a buscar algo para comer.
Pero, poco después, entraron unos chicos.
—Louis, hoy atiendes tú. ¡Qué alegría! —dijo uno de ellos con una sonrisa burlona.
Tomaron un par de cigarrillos.
Louis tragó saliva.
—Lo lamento, Brian, pero no puedo. Me los van a descontar de mi sueldo.
Siempre era lo mismo.
Ellos entraban, tomaban cosas y Louis terminaba pagando de su propio sueldo.
Pero aquella vez comenzaron a ponerse violentos.
Antes de que Louis pudiera reaccionar, Agustina se acercó.
—¿Quiénes se creen que son, ustedes, malditas basuras?
Agustina se enfrentó a ellos y terminó golpeando al que estaba molestando a Louis.
Los chicos terminaron huyendo.
Louis la miró sorprendido.
—Wow… eres genial.
Agustina sonrió orgullosa.
—Chico, por eso soy la bad girl de la escuela.
Actualidad
—Después de eso, te curé la cara —dijo Agustina con una pequeña sonrisa.
Louis sonrió.
—Sí. Aunque me dabas miedo.
—¿Por qué?
—Porque ya sabes…me molestabas mucho.
Agustina soltó una pequeña risa.
—Perdón, Louis. Tú no tenías nada que ver. Yo estaba mal por mi situación. Además, tenía que terminar con mi novio.
Louis la miró con curiosidad.
—¿Tu novio era Martín?
—Sí. Estuvimos juntos un tiempo, pero su familia quería que se casarán mi mejor amiga y mi novio le tuve que terminar era mi amiga ella gustaba de él aparte lo nuestro era secreto.
Se estiró un poco.
—Pero no importa. Ya pasó.
Louis bajó la mirada.
Aquello parecía haberle dolido más de lo que quería admitir.
Después caminó detrás de ella.
—Agustina…
Ella se giró.
—¿Qué?
—¿Qué tal si otro día comemos juntos?
Agustina lo miró seriamente.
—Louis, ya no somos unos niños.
Él frunció el ceño.
—No entiendo.
—¿Crees que soy una tonta? Escuché que tienes una hija y que estás casado con la hija del doctor Wilson.
Louis se quedó callado.
—Lo sé —admitió—. Pero podemos ser amigos.
Agustina negó con la cabeza.
—No podemos.
Louis la miró fijamente.
—¿Hay algún problema con que esté casado y tenga una familia?
—No. Pero está mal visto que una mujer soltera esté así con un hombre casado.
Louis se quedó pensativo.
Así que está soltera…
Entonces otra cosa cruzó por su cabeza.
Y Andrés no es su novio.
La miró nuevamente.
—Está bien. Es normal. Hace cinco años que no nos vemos.
Sonrió.
—Pero seremos grandes amigos.
Louis se alejó.
Agustina se quedó parada en el mismo lugar, completamente roja.
—Louis… —se quejó mientras se llevaba una mano al rostro.
En casa
Cristian revisaba todos los eventos que tenía programados con su nueva empresa.
Mientras tanto, Leo estaba en el sofá viendo una película y comiendo palomitas.
De repente, hizo una mueca de dolor.
Se levantó y fue hasta donde estaba su tío.
—Tío… me duele la garganta.
Cristian lo miró preocupado.
—Seguro te estás resfriando. Tienes que abrigarte bien. Te prepararé un té y después te vas a dormir.
—Bueno, tío —respondió Leo con una sonrisa.
El niño fue a su habitación y se acostó.
Un rato después volvió a llamar a Cristian.
—Tío… me duele mucho.
Cristian entró a la habitación.
—Mmm… bueno, descansa. Si mañana todavía te duele, le avisamos a Andrés. ¿Qué tal?
—Sí, tío.
Leo se acomodó entre las sábanas.
Cristian salió de la habitación, pero se quedó preocupado.
—A Leo nunca le había dolido nada…
Al día siguiente, Agustina se preparaba para ir a su casa.
Hacía muchísimo frío.
—Traje muy poco abrigo —murmuró mientras se frotaba los brazos.
De repente, alguien puso algo sobre sus hombros.
Agustina se giró.
Era Louis.
—Ten cuidado. La próxima trae tu campera. Te presto la mía.
Agustina se puso roja.
—¿Qué pasa? —preguntó Louis, divertido—. ¿Acaso un amigo no puede prestarle su campera a otro amigo?
Ella bajó la mirada.
—Claro que puede. Gracias. Te la devuelvo mañana.
Agustina se alejó.
Louis la observó marcharse y sonrió.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
—¿Hola?
—Amor, vamos a volver.
Louis se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Sí. Hoy mismo. Ya estamos en el avión.
Louis apretó los puños.
—Está bien. Las espero.
Colgó y soltó un suspiro.
En casa, Leo se veía cada vez más cansado.
Cristian se acercó.
—¿Pasa algo, sobrino?
—Tío… me duele mucho la garganta.
El niño apenas comía.
Cristian frunció el ceño.
—¿Todavía te duele?
Leo hizo un pequeño puchero.
—Sí, tío.
Cristian dudó.
Estaba pensando en llevarlo al hospital cuando escuchó la puerta.
Agustina acababa de llegar.
—¡Hola, cielo!
Se acercó rápidamente y le dio un beso a Leo.
—Agustina… —la llamó Cristian.
Pero ella no lo escuchó y se fue a cambiar.
Leo sonrió.
—Tío, no pasa nada. Ya se me fue el dolor.
Cristian lo observó en silencio.
Algo dentro de él le decía que aquello no estaba bien.