Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
NovelToon tiene autorización de Lysaira para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 1: BECADA
Micaela estaba en su habitación junto a su amiga Sisi. No podía ocultar su felicidad tras enterarse de que se había ganado una beca en la universidad más prestigiosa del país.
—Ahora sí, Sisi, podré estar más cerca de mi sueño, amiga. —Dijo con una sonrisa encantadora, aunque en su voz se notó cierta inseguridad al mencionar—: Aunque me da temor estar en una universidad tan prestigiosa como la Parkerson.
Sisi la miró con ternura y trató de animarla.
—Tranquila, amiga, ya verás que te irá excelente. Además, tienes que estar feliz porque tu padre aceptó. —le recordó con una sonrisa, intentando mantener el ánimo de Micaela.
—Sí, tienes razón —respondió Micaela, recordando todo el esfuerzo que había hecho para conseguir la beca y el objetivo que quería lograr.
En la sala, su padre se mostraba incómodo mientras su esposa le servía la comida. A Hernán no le agradaba que Micaela pasara tanto tiempo con Sisi; siempre le había dejado claro que no debía tener amigos cercanos, y mucho menos un novio. A Sisi la toleraba únicamente porque la conocía desde hacía años y porque su padre, a quien él llamaba compadre, pensaba igual que él.
—Dile a Micaela que venga a comer y que no se le olvide que mañana tiene que asistir a esa universidad de riquillos —ordenó Hernán, con la voz de quien siempre lleva el mando.
—Sí, mi hijo, ya le aviso —respondió Raquel con cierto nerviosismo. Caminó hacia la habitación de su hija, tocó la puerta suavemente y dijo:
—Hija, ven a cenar.
—Enseguida, mamá —respondió Micaela, mirando a Sisi con resignación, como quien ya está acostumbrada a vivir bajo reglas que no entiende.
Al día siguiente, Micaela se alistaba para su primer día de universidad. Vestía con la ropa que su padre consideraba “adecuada”: una blusa de manga larga, un jean ancho y el cabello recogido en una trenza simple. Su madre entró a la habitación con una sonrisa cariñosa.
—Te deseo suerte, mi niña —le dijo su madre con cariño.
—Gracias, mamá —respondió Micaela, con una sonrisa nerviosa pero llena de ilusión. Sentía que ese día la acercaba un poco más a su sueño, y por un momento olvidó la vida tan controlada que llevaba.
Juntas salieron de la habitación. Su padre la observó de pies a cabeza, asegurándose de que vistiera de la manera que él consideraba “adecuada para una señorita”.
Al verla conforme a sus exigencias, la llevó en su viejo carro hasta las cercanías de la universidad. El vehículo estaba algo deteriorado por los años de trabajo, pero eso no le importaba. Lo único que realmente le preocupaba era asegurarse de que su hija fuera a estudiar, y no a “otra cosa”.
Antes de dejarla, Hernán la miró con severidad.
—Espero que sigas sacando buenas notas. No quiero verte con ningún muchacho, ¿me entiendes?
Micaela asintió, como lo había hecho desde que era niña, acatando cada una de las reglas de su padre.
Cuando él se fue, Micaela respiró profundo. Por fin estaba sola. Caminó unos metros y entró a la universidad con los nervios a flor de piel. La enorme entrada tenía un letrero dorado que decía:
“Bienvenidos a la universidad Parkerson”.
Observó con asombro cada rincón del lugar. Todo era elegante, moderno y completamente distinto a lo que estaba acostumbrada. Estaba tan impresionada que no notó cuando un grupo de chicas se acercó.
—Me imagino que eres nueva, ¿no es así? —preguntó una de ellas, mirándola de arriba abajo. Era Kenta, la chica más popular de la universidad. Su mirada altiva recorrió la ropa sencilla de Micaela, notando enseguida que no era de marca.
Micaela solo asintió con timidez, evitando su mirada.
—Yo soy Kenta, la más popular de esta universidad —agregó la chica con arrogancia, antes de girarse hacia sus amigas.
En ese momento sonó el timbre que indicaba el inicio de clases. Una mujer de unos cuarenta y cinco años, elegantemente vestida, se acercó.
—Ya escucharon, todos a sus aulas —ordenó.
Cuando Kenta y su grupo se marcharon, la mujer se aproximó a Micaela con una sonrisa amable.
—Tú debes ser Micaela. Ven, acompáñame —la invitó la mujer.
Micaela asintió. Caminaron hasta el aula, donde los demás estudiantes charlaban y reían, todos vestidos con ropa que mostraba su riqueza. Fue entonces cuando Micaela comprendió que había entrado a un mundo completamente distinto al suyo.
—Atención, estudiantes —dijo la mujer—. Demos la bienvenida a una nueva alumna, Micaela Chávez, quien, gracias a su buen promedio, obtuvo una beca y ahora formará parte de esta institución.
Kenta rodó los ojos y pensó con burla: Así que es una becada que divertido será todo esto.
—Espero que la reciban con respeto —agregó la mujer antes de salir del aula.
Micaela fue hasta el fondo y se sentó. Sentía las miradas de todos, pero bajó la cabeza e intentó no darles importancia.
Oficina del director De la Vega
En su oficina, el director estaba con la profesora Sonia, encargada de la materia de crítica literaria. Como de costumbre, terminaban teniendo un encuentro caliente en el sofá. Ella se abrochaba la camisa con lentitud, mientras lo observaba con una sonrisa coqueta.
—Gracias, Nicolás, por esto —le dijo con voz seductora, dándole a entender que esperaba repetirlo.
—Es momento de que vuelvas a tu clase, Sonia. No quiero retrasos—Ordenó, ignorando por completo lo que ella decía.
Sonia obedeció. Salió de la oficina moviendo con intención sus grandes nalgas, perfectamente marcadas por la falda corta, para tentarlo otra vez.
Pero el director ni siquiera levantó la vista. Simplemente tomó su taza de café y revisó los documentos sobre su escritorio.