Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 24: Más cerca de lo debido
Pamela quedó muy cerca de Maximiliano.
Él seguía aparentemente dormido, pero en cuanto sintió su presencia a su lado, su ceño se frunció apenas, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.
Entre sueños, Pamela se movía inquieta, murmurando sin despertar del todo.
—No me quiero ir con este… prefiero quedarme con ese viejo gruñón malhumorado… suélteme…
Por un instante pensó en apartarla y volver a su postura distante, ignorando lo que acababa de escuchar.
Pero algo en ella lo detuvo.
La vio tan vulnerable, tan fuera de su actitud habitual de orgullo y desafío, que sin pensarlo la acercó con cuidado.
La acomodó contra su pecho y la rodeó con un brazo firme pero cuidadoso.
Pamela, aún medio dormida, dejó de moverse poco a poco.
Maximiliano le acarició el cabello con una delicadeza inesperada incluso para él mismo.
—Tranquila… tranquila —murmuró él, estrechándola con cuidado—. Nadie va a hacerte daño.
Sus dedos siguieron deslizándose lentamente por su cabello.
—Chanel… —dijo en un susurro bajo, más para sí mismo que para ella.
La miró fijamente, serio.
—Así te llamaré. Va contigo —murmuró con voz serena, aunque varonil, mientras repasaba en su mente cómo era ella.
Con el paso del tiempo, Pamela se tranquilizó y terminó profundamente dormida. Maximiliano la sostuvo un momento más, hasta que, sin darse cuenta, también se quedó dormido.
Al día siguiente, Pamela fue abriendo los ojos lentamente.
Sentía la cabeza apoyada en algo firme y cálido, que en un primer instante confundió con su almohada.
Parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista.
Y entonces lo vio.
El rostro de Maximiliano estaba demasiado cerca.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—¡¿Qué?! ¡No puede ser! Esto no me pudo haber pasado…
Se incorporó de golpe, alejándose con rapidez, visiblemente alterada, con la mente llena de ideas incómodas sobre lo que pudo haber ocurrido.
Maximiliano, que aún seguía dormido, frunció ligeramente el ceño al escuchar la voz alterada de Pamela. La noche anterior se había quedado más cómodo de lo que le habría gustado admitir, y por eso el sueño se prolongó más de la cuenta.
Al abrir los ojos, se incorporó despacio y se encontró con Pamela observándolo con evidente desconfianza y enfado.
—¡¿Me quiere explicar qué pasó aquí?! —exclamó señalándolo con un dedo acusador—. No me diga que se aprovechó de mí mientras dormía.
Lo miró con indignación de pies a cabeza.
—¡Qué mala idea fue dejarlo dormir en mi cama! Sabía que no debía confiar en usted, viejo gruñón.
Maximiliano se quedó mirándola unos segundos. Luego, para sorpresa de Pamela, soltó una breve carcajada.
—Definitivamente tienes una imaginación demasiado activa, Pamela.
—Pues discúlpeme por intentar entender por qué desperté abrazada a usted —contestó Pamela, mirándolo todavía molesta.
Permaneció observándolo, esperando una explicación. Aunque intentaba mantener su habitual actitud orgullosa, en el fondo rogaba que no hubiera pasado nada de lo que su imaginación estaba sugiriendo.
—Anoche tuviste una pesadilla —explicó Maximiliano—. Estabas tan inquieta que no dejabas de moverte.
La observó con diversión contenida.
—Y cuando intenté tranquilizarte, te aferraste a mí como si fuera tu salvavidas.
—¡Yo jamás haría eso!
—Yo tampoco pensé que lo harías, pero aquí estamos.
Pamela tragó saliva y, sin querer, su mirada se posó en el torso desnudo de Maximiliano. De inmediato, su mente comenzó a imaginar escenarios absurdos, alimentados por el hecho de que había despertado entre sus brazos.
Incómoda, se acercó rápidamente a la puerta, buscando poner algo de distancia entre ellos.
En ese momento, se escuchó la voz de la abuela al otro lado, cargada de evidente picardía.
—Buenos días, tortolitos. Espero que ya se hayan acostumbrado a que esa puerta no tenga seguro. Los espero abajo para desayunar —dijo la abuela, recordándoles indirectamente que ella misma se había encargado de dejarla desenllavada.
Poco después, se escucharon sus pasos alejándose por las escaleras.
Pamela se acercó a la puerta y comprobó que, efectivamente, no tenía seguro. Luego la abrió y señaló la salida con un gesto impaciente.
Maximiliano entendió la indirecta sin necesidad de palabras y salió de la habitación.
En cuanto estuvo sola, Pamela cerró la puerta y se dirigió directamente al baño.
Abrió la ducha y dejó que el agua cayera sobre ella mientras apoyaba una mano en la pared.
—No puede ser... por un momento pensé que había pasado algo entre ese viejo gruñón y yo —murmuró frustrada.
Poco después, ambos bajaron al comedor.
Pamela y Maximiliano tomaron asiento frente a frente, evitando mirarse demasiado. La incomodidad entre ellos era evidente, especialmente después de despertar en la misma cama aquella mañana y en la forma en que lo habían hecho.
La abuela, por supuesto, no tardó en notarlo.
—Qué raro... —comentó mientras removía su café—. Pensé que después de pasar una noche tan interesante estarían más cariñosos.
Pamela casi se atragantó con el jugo y comenzó a toser un poco al escuchar aquello.
Teresa permaneció en silencio, observándolos con atención. Había notado la incomodidad entre ambos desde que entraron al comedor y la reacción de Pamela solo aumentó sus sospechas.
¿Qué había pasado entre ellos?, se preguntó en silencio, incapaz de ignorar aquella extraña sensación.
La sola idea de que Maximiliano y Pamela pudieran estar estrechando su relación la irritaba profundamente.
Maximiliano se limitó a suspirar.
—Abuela...
—Está bien, está bien —respondió ella, aunque claramente se estaba divirtiendo—. Pero deben admitir que hacen una pareja muy bonita cuando dejan de discutir cada cinco minutos.
Más tarde, llegaron a la empresa y cada uno se concentró en sus respectivas responsabilidades.
La mañana transcurría con relativa normalidad hasta que Karla llamó a la puerta de la oficina de Maximiliano.
—Adelante —se escuchó decir desde el interior.
Karla entró con unos documentos en las manos. Sin embargo, apenas unos minutos después, un fuerte grito proveniente de la oficina hizo que varios empleados levantaran la vista, sorprendidos.
La puerta se abrió de golpe y Karla salió con los ojos llenos de lágrimas. Intentó seguir caminando como si nada hubiera pasado, pero era evidente que estaba afectada.
Pamela, que había escuchado el alboroto, frunció el ceño al verla en ese estado.
Sin pensarlo demasiado, se acercó a ella.