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El Señor de la Lujuria

El Señor de la Lujuria

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor prohibido / Mafia / Completas
Popularitas:787
Nilai: 5
nombre de autor: Vanderleia oliveira

Aline Shnaider está acostumbrada al lujo, a las órdenes de su hermano y a salirse siempre con la suya. Pero nada la prepara para Deslumbria: la inmensa hacienda perdida en el fin del mundo donde su hermano decide "protegerla", entregándola al cuidado del hombre más peligroso que ha pisado esas tierras.

Lo llaman el Gitano. Dueño de todo lo que alcanza la vista, frío como el filo de una navaja y con un pasado que nadie se atreve a mencionar, Santiago Nicolaisen no cuida a nadie: domina. Desde el primer choque —él desnudo, ella incapaz de apartar la mirada— queda claro que entre ambos no habrá tregua, solo una guerra de deseo que ninguno de los dos sabe perder.

Él tiene el doble de su edad, un imperio construido sobre secretos y una regla absoluta: jamás tocar a la hermana de su mejor amigo. Ella tiene el orgullo de una Shnaider y la certeza de que ningún hombre la doblega. Los dos están a punto de descubrir hasta dónde son capaces de llegar por lo que juraron no querer.

Pero el placer tiene un precio. Detrás de la fantasía hay un hijo que odia a su padre, un hermano que regresa de entre los muertos para cobrar venganza, un secreto de sangre capaz de encender una guerra y un amor prohibido que amenaza con arrasar con todo lo que ambos intentaron proteger.

En un mundo donde la lealtad se paga con balas y la traición se castiga sin piedad, entregarse al Señor de la Lujuria puede ser la perdición… o la única salvación.

NovelToon tiene autorización de Vanderleia oliveira para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Nickolas Bugatti cargaba consigo, desde siempre, las heridas profundas del rechazo de su padre. No tenía la misma sangre de Renato, pero había sido criado por él desde los dos años de edad. Para muchos, riquezas y poder bastaban; pero para él, no. El amor de Renato Nicolaisen, su consideración y respeto, eran el blanco de toda su codicia; sin embargo, sabía, sin que hiciera falta decírselo, que jamás los tendría mientras Santiago siguiera con vida. El «príncipe gitano», a quien el padre amaba por encima de todo, había llegado a dispararle, intentando acabar con su vida, y ni siquiera eso hizo que lo odiara. Buscó a su hijo perdido durante años enteros, y solo no lo encontró porque Nickolas, con astucia, había borrado cada uno de sus rastros.

—¿Qué están haciendo? —preguntó, acercándose sigilosamente a su sobrino y sentándose en el sofá. Los dedos de Sant, en carne viva, eran cuidadosamente envueltos con vendas por Violeta.

—Crochet —respondió el muchacho con desdén.

Sant puso los ojos en blanco: no era de muchos amigos, ni le interesaba agradar a nadie. Violeta lo reprendió suavemente:

—Niño, compórtate.

—Me destrocé toda la mano cavando hoyos, no estoy de humor para bordados —se desahogó él.

Nickolas se echó en el asiento, cómodo.

—Sabes que tu padre es rico, ¿no? Entonces, ¿por qué te estás matando trabajando? Ser heredero es mucho más divertido.

Violeta se levantó, inquieta.

—Vamos, niño. Voy a prepararte un bocadillo.

Nickolas la miró con ferocidad contenida.

—¿Hay algún problema? No me digas que mi hermano le prohibió a mi sobrino hablar conmigo.

—No, señor...

—Entonces ve a ocuparte de tu trabajo y deja de entrometerte en lo que no es asunto tuyo —cortó él, seco.

—Con permiso —murmuró la mujer, saliendo de la sala.

Sant miró a su tío. En cuanto Violeta cerró la puerta, encendió un cigarrillo.

—¿Tu padre sabe que fumas?

—No. Pero él casi no sabe nada de mí.

Nickolas se acercó, se sentó al lado de su sobrino y agarró un cigarrillo también, encendiéndolo con calma.

—¿Por qué no lo quieres?

—No soy muy fanático de los violadores —disparó el joven, sin pestañear.

Nickolas soltó una carcajada fría.

—¿Lo dices por lo de Genevive?

Sant permaneció en silencio. El otro sopló el humo lentamente.

—Mocoso, lo que tu madre le llevó de verga tu padre no lo tiene de ganado —susurró, con malicia—. Y él tiene un chingo de ganado.

—Entonces no mintió... realmente era una prostituta —murmuró Sant, con la expresión ensombreciéndose de repente.

Nickolas le tocó el hombro, con falsa compasión.

—Si te sirve de consuelo, era muy buena en lo que hacía.

—¿Por qué no te vas a la mierda?

—Quien trabaja en eso es tu madre, mocoso. Yo soy tu tío, procura recordarlo.

Sant sonrió. El hombre era un desgraciado, pero tenía gracia; de cierto modo, ya le caía bien.

—¿Cuándo te vas?

—Mañana. Tu padre no debe de estar muy contento con mi presencia aquí.

Sant apagó el cigarrillo con fuerza en el cenicero y lo encaró.

—Creo que te debe una buena estadía. Te robó a tu mujer y, si quieres saber mi opinión... este circo de horrores va a terminar en boda. Se ven bien enamorados; al menos, desde mi cuarto, escucho gemidos y gritos bien animados.

Nickolas frunció el ceño, apretó la mandíbula y puso los ojos en blanco con rabia.

—No es gracioso cuando le pasa a uno, ¿verdad? Con mi madre haces bromas.

—Aline no es ninguna puta.

—Pero luciría todo un éxito en lencería, o sosteniendo un látigo... yo la dejaría montarme y dominarme a su antojo.

Nickolas intentó agarrarlo, pero Sant se levantó rápido, la sonrisa burlona estampada en el rostro.

—No vale la pena que te alteres, tío. Sufrir de cuernos por la mujer de otro es pura estupidez.

—¡Mocoso del infierno! —Nickolas rio, con un brillo en los ojos—. Sin duda, eres un Nicolaisen.

Sant salió sin mirar atrás. Fue hasta la cocina y se sentó al lado de Violeta.

—¿Ya se fue? —preguntó la mujer, preocupada.

—Se va mañana.

—Ese hombre no es buena gente. Mantente lejos de él, niño.

Sant sonrió de lado.

—Él y Santiago no se llevan muy bien, ¿verdad? Ni parecen hermanos.

—Yo ni sabía que tu padre tenía un hermano hasta que él llegó aquí.

Sant se miró las propias manos: los callos enormes y los cortes aún palpitantes lo hicieron sonreír. El tío parecía buena onda. ¿Y si el padre no fuera tan terrible? Quizá tener una familia no fuera lo peor del mundo... pero necesitaba ayuda con algo importante. Nickolas podía ser el aliado que buscaba. Se levantó deprisa y corrió de vuelta.

—¡Oye, tío!

Nickolas se volvió en lo alto de la escalera.

—¿Por qué no vas a joder a tu padre y me dejas en paz?

Sant sonrió, astuto.

—No seas malagradecido. Vine a hacerte una invitación.

—¿Invitación?

—Sí. A acampar.

—¿Tengo cara de boy scout, mocoso? —refunfuñó el otro.

—No. Tienes cara de loco, en realidad —bromeó Sant—. Vamos... en el colegio, algunos chicos van a acampar. No me invitaron porque no les caigo muy bien.

—¿Por qué será?

—¿Puedes escucharme antes de sacar conclusiones precipitadas?

—Habla de una vez...

—A mí me importan un carajo esos idiotas, pero...

—¿Cómo se llama la chica?

Sant se calló de repente.

—Si no vas a hablar, mejor me voy a dormir —se volvió para irse.

—¡No es nadie importante! —se apresuró a decir—. Solo una chica boba, hija del hacendado vecino. Él le prohibió hablar conmigo, pero la deja andar por el monte con los jugadores del equipo. Bia es ingenua, no se da cuenta de que esas «amigas» no la quieren, y de que los tipos solo buscan divertirse a su costa.

—Qué bueno que no es alguien que me importe —Nickolas volvió a caminar hacia las escaleras, indiferente—. Así, no tengo que preocuparme de si se la van a coger en fila o amarrada a un árbol.

Sant se pasó las manos por el pelo, impaciente.

—Quiero ir a ese campamento, pero no puedo llegar solo. Les parecería raro.

—Pero eres raro —se burló él, subiendo un escalón.

—¿Puedes ayudarme?

Nickolas se detuvo, puso los ojos en blanco.

—Bien. ¿Cómo?

—Un campamento en familia. Mi padre no se va a negar si le digo que es una despedida de tu visita. Te vas mañana... ¿puedo decir que la idea fue tuya?

Nickolas se calló, pensativo. Era una buena jugada: Santiago y Aline vivían pegados o encerrados en el cuarto, en los cafetales... no había tenido un minuto a solas con ella, y no tragaría otro rechazo por culpa de su hermano. Una vez más, la persona que deseaba había preferido a Santiago.

—¿Puedes convencer a Aline? Si ella va, me apunto —propuso.

—Si ella va, Santiago va también.

—Nada es perfecto —suspiró él.

—Entonces déjamelo a mí.

Nickolas extendió la mano; Sant la estrechó con firmeza.

—Creo que tener un sobrino no es tan malo...

—Ah, qué emocionante —ironizó el muchacho—. Tener un tío roba-novias era todo con lo que soñaba.

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