Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Sol, cicatrices y el comienzo de algo más grande
Salir del Palacio de Justicia fue como emerger de una cueva oscura hacia la luz del sol. El aire de la tarde estaba caliente, cargado con el ruido de la ciudad: los vendedores ambulantes pregonando sus mercancías, los autos tocando el claxon en el tráfico interminable, los niños corriendo entre las bancas del parque cercano. Sandra respiró hondo, dejando que el aire llenara sus pulmones, sintiendo cómo la tensión de las últimas semanas comenzaba a disiparse.
Detrás de ellos, Lucía Méndez caminaba con pasos vacilantes, como si no estuviera acostumbrada a la libertad. Lloraba en silencio, pero eran lágrimas diferentes a las de la prisión: eran lágrimas de alivio, de gratitud, de un futuro que de repente volvía a ser posible.
—No sé cómo agradecerle, licenciada —sollozó Lucía, apretando las manos de Sandra con una fuerza que delataba su emoción—. Me devolvió la vida. Me devolvió a mis hijos. No tengo palabras...
Sandra le apretó las manos de vuelta, sintiendo la calidez de su piel, la fragilidad de sus huesos.
—Solo haga una cosa, Lucía —dijo Sandra, con voz suave pero firme, mirándola a los ojos—. Viva. Viva bien, viva en paz y sea feliz. Eso es todo lo que me debe. Eso es todo lo que Roberto hubiera querido.
Lucía asintió, sonriendo entre lágrimas, y se subió al taxi que la esperaba. Antes de cerrar la puerta, se giró una última vez.
—La voy a llamar, licenciada. Cuando esté instalada, cuando mis hijos estén conmigo, la voy a llamar.
—Lo sé, Lucía —dijo Sandra, sonriendo—. Lo sé.
El taxi se alejó, perdiéndose en el tráfico de la avenida. Sandra se quedó de pie en la acera, viendo cómo desaparecía, sintiendo que algo se cerraba, que un ciclo terminaba. Cerró los ojos, dejando que el sol le calentara la cara, sintiendo cómo los rayos penetraban su piel, cómo el calor le relajaba los músculos tensos.
—Oye, abogada.
Sandra abrió los ojos. Diego estaba apoyado contra la pared de ladrillo del callejón trasero del juzgado. Tenía el brazo en cabestrillo, la chaqueta de mezclilla rasgada en el hombro donde la navaja la había cortado y el cabello alborotado por el viento. Pero sus ojos oscuros brillaban con un orgullo que le derritió el corazón, con una admiración que la hizo sentir más alta, más fuerte, más real.
Julián estaba a su lado. Su traje azul marino estaba arruinado, con polvo de concreto en el hombro derecho y la camisa desabotonada en el cuello, dejando ver la cadena de plata que siempre llevaba. Tenía un corte en la ceja que le daba un aire peligrosamente atractivo, como un príncipe de cuento de hadas que acababa de pelear con un dragón.
Los dos hombres la miraban. Y por primera vez, Sandra no sintió la necesidad de huir, ni de esconderse, ni de justificar nada. Por primera vez, se permitió ser vista, ser admirada, ser amada.
—¿Qué? —preguntó Sandra, con una sonrisa cansada pero radiante, con los ojos brillando.
—Que si vas a seguir ahí parada tomando el sol como estatua, o si vamos a ir a comer algo —dijo Diego, empujándose de la pared y caminando hacia ella con pasos medidos—. Porque yo perdí mucha sangre esta mañana, me cortaron el brazo, me partieron el labio, y necesito recuperar fuerzas. Se me antojan unos tacos de suadero. De los buenos, de los de la esquina de Insurgentes, donde el señor Juan pone la salsa verde que pica como el infierno.
Julián soltó una carcajada, una risa genuina y relajada que rompió la tensión del día, que hizo que Sandra sonriera aún más.
—Yo pago los tacos, Sosa —dijo Julián, con una sonrisa de medio lado que le llegaba a los ojos—. Me lo debo. Por lo del estacionamiento. Por el maletín. Por todo.
Diego lo miró. Por un segundo, Sandra pensó que habría tensión, celos, competencia, esa rivalidad silenciosa que había existido entre ellos desde que se conocieron. Pero lo que pasó a continuación la dejó sin aliento, la dejó con el corazón en la garganta.
Diego extendió su mano derecha, la buena, hacia Julián. Su rostro era serio, pero sus ojos tenían un brillo de respeto, de reconocimiento.
—Trato hecho, García —dijo Diego, con voz firme—. Pero tú pagas las cervezas. Y te advierto, si intentas pagar con tarjeta de crédito del bufete, te dejo plantado en la taquería.
Julián sonrió, tomando la mano de Diego y estrechándola con fuerza. No fue un apretón de rivales, ni de hombres midiendo fuerzas. Fue un apretón de soldados que acaban de sobrevivir a la misma trinchera, de hombres que entienden que hay algo más importante que sus diferencias: Sandra.
—Efectivo, Sosa —dijo Julián, con una sonrisa genuina—. Lo prometo. Sin tarjetas, sin lujos. Solo tacos y cervezas.
Sandra los miró, boquiabierta, con los ojos muy abiertos.
—¿Eso es todo? —preguntó ella, incrédula, cruzándose de brazos—. ¿No se van a medir los bíceps ni a discutir quién me lleva a casa ni a pelear por sentarse a mi lado?
Diego le revolvió el cabello rojo con su mano buena, sonriendo con ternura, con esa sonrisa que solo le reservaba a ella, esa sonrisa que le decía: "Eres mi persona sin necesidad de palabras.
—San, hoy nos dimos cuenta de una cosa —dijo Diego, con voz suave, mirándola a los ojos—. García sabe pelear con un maletín de metal, y yo sé pelear con navajas y rodillazos. Pero los dos sabemos que lo único que nos importa, lo único que realmente importa, es que estés bien. Que estés viva. Que estés feliz. Así que podemos compartir unos tacos sin matarnos. Por hoy. Y quizás por mañana también.
Julián asintió, mirando a Sandra con una intensidad que le robó el aliento, con una sinceridad que la hizo sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
—Además, Bautista —dijo Julián, con voz grave, con orgullo en cada sílaba—, hoy demostraste que no necesitas que te salven. Te salvaste sola. Nosotros solo te cubrimos la espalda. Pero la que peleó, la que ganó, la que brilló... fuiste tú. Siempre fuiste tú.
Sandra sintió que los ojos le picaban, que las lágrimas amenazaban con salir. Miró a Diego, su ancla, su hogar, el hombre que la amaba en silencio desde los siete años, el hombre que le preparaba chilaquiles, que le conocía el café, que le limpiaba la cara cuando tenía salsa. Miró a Julián, su ala, su desafío, el hombre que la había enseñado a volar, a creer en sí misma, a ver su propio valor.
No tenía que elegir. No hoy. Hoy solo quería disfrutar la victoria, el sol, los tacos, la vida.
—Vámonos por esos tacos —dijo Sandra, enganchando su brazo en el de Diego y caminando al otro lado de Julián, sintiéndose en el centro del mundo, en el centro de algo hermoso y complicado y real—. Pero yo elijo la taquería. Y Julián, tú te sientas en medio para que no se peleen por la salsa verde.
Los tres rieron, caminando juntos por la calle empedrada, ignorando el caos de la ciudad, ignorando las miradas de los transeúntes, ignorando todo excepto el momento, el presente, la victoria compartida.
De repente, una voz grave los detuvo.
—¡Bautista! ¡García!
Sandra se giró. El licenciado Galvis caminaba hacia ellos, con su traje impecable de tres piezas, su cabello canoso perfectamente peinado y su expresión de tiburón corporativo. Pero hoy, había algo diferente en sus ojos. Algo que Sandra no le había visto antes: respeto. Admiración. Reconocimiento.
—Licenciado Galvis —dijeron Sandra y Julián al unísono, enderezándose instintivamente.
Galvis se detuvo frente a ellos, mirando el brazo vendado de Diego con una ceja levantada, pero sin hacer preguntas. No era su estilo.
—Acabo de salir de la sala —dijo Galvis, ajustándose los lentes de montura negra—. El juez llamó a mi oficina personalmente. Dijo que fue la mejor defensa que ha visto en diez años. Que si tuviera una hija, querría que fuera abogada como usted, Bautista.
Sandra sonrió, bajando la mirada modestamente, sintiendo que las mejillas le ardían.
—Gracias, licenciado. Fue un trabajo en equipo. No podría haberlo hecho sola.
—Lo sé —dijo Galvis, con una sonrisa pequeña, casi imperceptible—. Y por eso, no voy a devolverlos a sus cubículos a archivar papeles de fusiones aburridas. Mañana a las ocho en mi oficina. Los dos.
Julián frunció el ceño, confundido.
—¿Para qué, licenciado? ¿Hay algún problema con el caso Méndez?
—Al contrario —dijo Galvis, con voz seria—. La oficina de Madrid nos acaba de enviar un caso. Una fusión internacional de una empresa farmacéutica española con una mexicana. Hay dinero sucio involucrado, hay políticos de alto nivel, hay contratos millonarios y hay un cliente en España que exige personalmente que García lo lleve. Y como García no se mueve sin su mejor abogada junior... —Galvis miró a Sandra, y sus ojos brillaron con algo parecido a la emoción—, te vas a Madrid con él, Bautista. Por tres semanas.
El silencio en la calle fue absoluto. El ruido de la ciudad pareció apagarse, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Sandra sintió que el corazón le daba un vuelco, que el estómago se le caía a los pies. ¿Madrid? ¿Tres semanas? ¿Con Julián? ¿Lejos de todo, lejos de su departamento, lejos de...?
Diego se quedó rígido a su lado. Sandra lo miró de reojo. Vio cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus ojos oscuros se apagaban un milímetro, cómo sus manos se cerraban en puños. Tres semanas en otro continente, pensó Diego, con el corazón encogiéndose. Con él. En su territorio. En su idioma. En su mundo.
—¿Tres semanas? —murmuró Diego, con la voz un poco más seca de lo normal, un poco más tensa.
—Así es, Sosa —dijo Galvis, mirándolo con curiosidad, como si recién notara su presencia—. ¿Algún problema?
Diego miró a Sandra. Quería decirle que no fuera. Quería decirle que tenía miedo, que la extrañaría, que tres semanas era una eternidad para alguien que apenas había admitido que la amaba, que no sabía si podría soportar no verla, no escucharla, no oler su cabello rojo en las mañanas. Pero miró el brillo en los ojos de Sandra. El brillo de la abogada brillante que acababa de ganar un caso de homicidio. El brillo de la mujer que merecía el mundo, que merecía Madrid, que merecía volar.
Diego sonrió. Una sonrisa valiente, un poco triste, pero llena de amor, de orgullo, de esa devoción silenciosa que lo definía.
—Ningún problema, licenciado —dijo Diego, con voz firme—. Que se vayan a Madrid. Yo me quedo aquí a cuidar el fuerte. Y a esperar los souvenirs. Traigan algo bueno, ¿eh?
Sandra sintió que el corazón se le encogía, que algo se le rompía en el pecho.
—Diego...
—Lo hablamos en la noche, San —dijo él, dándole un beso suave en la frente, un beso que duró un segundo más de lo normal, un beso que decía todo lo que no podía decir en voz alta—. Ahora, vamos a comer. Que los tacos se enfrían, y yo tengo hambre.
Galvis asintió, dándose la vuelta con elegancia.
—Mañana a las ocho. No lleguen tarde. Y Bautista... —Se giró una última vez, mirándola con seriedad—, prepárese. Este caso va a cambiar su carrera.
Mientras el licenciado se alejaba, perdiéndose entre la multitud de la calle, Sandra miró a Julián. Él la miraba con una mezcla de emoción, de disculpa, de expectativa.
—Sandra... si no quieres ir, si te sientes presionada, le digo que no...
—No —lo interrumpió Sandra, con una sonrisa pequeña, decidida, con los ojos brillando—. Quiero ir. Quiero ver Madrid contigo. Quiero este caso. Pero... Diego...
—Diego es fuerte —dijo Julián, con voz suave, poniendo una mano en su hombro, apretando con calidez—. Y sabe que cuando vuelvas, vas a ser una abogada diferente. Una mejor. Una imparable.
Sandra asintió, aunque la culpa le pesaba en el pecho como una losa de concreto. Caminaron hacia la taquería, pero la mente de Sandra ya no estaba en los tacos de suadero, ni en la salsa verde, ni en las cervezas frías. Estaba en Madrid. Estaba en Julián. Y, sobre todo, estaba en Diego, esperándola en casa, con su corazón gigante y su miedo a perderla, con su amor silencioso y su valentía de dejarla ir.
El caso Méndez había terminado. La viuda negra era libre. Rivas estaba tras las rejas. Pero el caso más complicado de su vida, el de su propio corazón, el de elegir entre el nido y el cielo, apenas estaba comenzando. Y la primera parada sería a ocho mil kilómetros de distancia, en una ciudad que olía a paella y a oportunidades, a historia y a futuro.
Sandra Bautista respiró hondo, sintiendo el sol en la cara, el brazo de Diego en el suyo, la presencia de Julián a su lado. Y supo que, pasara lo que pasara, estaba lista.