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La Primera Vez Que Te Vi

La Primera Vez Que Te Vi

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor prohibido / Fantasía épica / Completas
Popularitas:204
Nilai: 5
nombre de autor: TaquitoFLs

Una historia de Dos personas que no pueden destruirse en una historia donde tienen que hacerlo. Hay dificultades, hay deshonras y traiciones que llevarán a atraerse el uno al otro y será el momento perfecto en el que demuestren que el amor no es más que simples palabras, si no las acciones que demuestren una redención de los pecados que cometieron. Spin off de las series originales: El ascenso de un linaje.

NovelToon tiene autorización de TaquitoFLs para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: lo que padre nos enseña a soportar

Isolde no supo, al principio, que había hecho nada malo.

La llamaron a la sala más profunda del palacio, la misma donde Ray X solía reunirse solo con sus consejeros más cercanos, nunca con sus hijos. Cuando entró, encontró a su padre sentado, tranquilo, con las manos entrelazadas frente a él, como si la esperara desde hacía horas.

—Siéntate.

Ella obedeció, el estómago ya apretado por un presentimiento que no sabía nombrar.

—¿Sabes por qué te llamé, Isolde?

—No, padre.

—Entonces te lo voy a explicar. —Su voz mantenía la misma calma de siempre, lo cual, de alguna forma, resultaba más aterrador que cualquier grito—. Tu hermano ha estado comportándose de forma extraña últimamente. Ausencias sin justificar. Misiones que se alargan sin razón aparente. ¿Sabes algo al respecto?

—No sé de qué hablas.

—Isolde. —Ray X inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola como quien examina algo bajo una lupa—. Sé que hablas con él. Sé que confía en ti más de lo que confía en el resto de tus hermanos. Así que te voy a preguntar una sola vez más, con toda la cortesía que me queda: ¿qué te ha dicho?

Isolde sintió que la sangre se le helaba, pero mantuvo el rostro tan quieto como pudo.

—Nada que no debiera decirme, padre.

—Esa no es la respuesta que pedí.

—Es la única que tengo.

El silencio que siguió se extendió más de lo que ella pudo soportar sin temblar. Ray X se levantó, despacio, y caminó hasta quedar justo frente a ella.

—Sabes que te quiero, Isolde. A mi manera. Pero también sabes que en esta familia, la lealtad no se mide en palabras bonitas. Se mide en lo que uno está dispuesto a sacrificar por mantener la sangre pura.

—No he hecho nada que traicione eso.

—Entonces no te va a costar nada decirme la verdad.

Isolde cerró los puños bajo la mesa, buscando en algún lugar de sí misma la fuerza para sostener la mentira.

—No sé nada, padre.

Ray X la miró un largo momento, y algo en su expresión cambió — no a la rabia, sino a algo más frío, más calculado, la decisión ya tomada antes incluso de terminar la conversación.

—Muy bien.

Chasqueó los dedos. Dos guardias entraron, tomando a Isolde de los brazos antes de que pudiera reaccionar.

—¡Padre, no he hecho nada!

—Lo sé. —Su voz no cambió, ni siquiera entonces—. Pero tu hermano sí. Y como parece que la lealtad entre ustedes es más fuerte que la lealtad hacia mí, voy a tener que recordarle, de la única forma que él va a entender, cuál es el precio real de guardar secretos en esta casa.

Lo que siguió, Isolde nunca lo contaría con todos sus detalles a nadie — ni siquiera a Blanck, cuando finalmente la encontró.

Solo diría, mucho después, que el dolor tenía un sonido propio. Que había perdido la cuenta de cuánto tiempo pasó, porque el tiempo mismo había dejado de significar algo en algún punto entre el primer corte y el último. Que su padre no gritó ni una sola vez, que lo hizo todo con la misma calma con la que hablaba de comercio o de estrategia militar, como si aquello no fuera crueldad sino una simple lección necesaria.

Cuando terminó, Ray X se limpió las manos con un paño que un sirviente le entregó sin que tuviera que pedirlo, y se inclinó hacia ella una última vez.

—Dile a tu hermano, cuando lo veas, que esto es lo que le pasa a lo que ama cuando decide guardar secretos de su propia sangre. —Se enderezó, la voz tan tranquila como al principio de la conversación—. Y dile también que la próxima vez, no seré tan generoso.

Isolde no respondió. No podía.

Blanck llegó horas después, llamado por un sirviente que, en un gesto de compasión silenciosa que jamás explicaría, decidió avisarle antes de que fuera demasiado tarde para al menos estar presente en el después.

La encontró en su propia habitación, envuelta en vendas improvisadas, la piel pálida hasta un punto que no parecía del todo humano. Lo que quedaba de sus extremidades descansaba, cubierto, sobre la cama, y por un instante, Blanck no pudo procesar del todo lo que estaba viendo.

—Isolde...

—No fue tu culpa —dijo ella, la voz apenas un susurro, aunque él nunca lo hubiera dicho en voz alta—. No digas que fue tu culpa. Sé que es lo primero que vas a pensar.

—¿Cómo no va a serlo?

—Porque yo elegí no decirle nada. —Isolde cerró los ojos, el dolor todavía fresco cruzando su rostro—. Pude haberle dicho lo que fuera. Pude haber inventado algo, cualquier cosa, para que me dejara en paz. No lo hice.

—¿Por qué no?

Ella abrió los ojos, y por un instante, a pesar de todo lo que acababa de vivir, algo parecido a la determinación se asomó en su mirada.

—Porque me prometiste algo, Blanck. Y prefería esto antes que romper la primera promesa real que alguien me ha hecho en toda mi vida.

Blanck se dejó caer de rodillas junto a la cama, la culpa y la rabia mezclándose en algo que no tenía nombre todavía, algo que ardía más fuerte que cualquier fuego que hubiera controlado jamás.

—No debiste hacer eso.

—Ya está hecho. —Isolde intentó, sin éxito, una sonrisa que no llegó a formarse del todo—. Ahora tienes que cumplirla. La promesa. Porque si no lo haces, entonces esto —señaló, con la mirada, lo que quedaba de ella— no habrá servido de nada.

Blanck tomó lo que quedaba de su mano entre las suyas, con un cuidado que contrastaba brutalmente con la violencia que la había dejado así.

—Te lo juro, Isolde. Voy a sacarte de aquí. Cueste lo que cueste.

—No cuestes tú también, por mí. —Su voz se quebró por primera vez—. No quiero que esto también te destruya a ti.

—Ya me destruyó. —Blanck apoyó la frente contra su mano, algo que ningún dragón celestial debería permitirse sentir con tanta intensidad—. Solo que ahora sé exactamente contra quién dirigir lo que queda de mí.

Fuera de la habitación, sin que ninguno de los dos lo supiera, Ray X observaba desde el final del pasillo, con la misma calma con la que había observado todo lo demás esa noche — satisfecho, no con el dolor que había causado, sino con la certeza de haber confirmado, por fin, exactamente cuánto le importaba a su hijo más talentoso algo que no fuera la aprobación de su propio padre.

Y en algún rincón de sí mismo, sin decirlo todavía en voz alta, Ray X empezó a preguntarse si quizás había llegado el momento de vigilar a Blanck mucho más de cerca de lo que había vigilado a cualquiera de sus otros hijos.

Continuará...

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