Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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un sueño
Natalia
Iban pasando los días y no tenía muchas noticias de Alex.
Solo sabía que había llegado a Rusia y que no podría comunicarse por un tiempo.
Esperaba que me mandara algún mensaje a través de Mirko, pero eso nunca pasó.
Cada mañana, apenas despertaba, miraba mi teléfono con la esperanza de encontrar algún mensaje suyo.
Nada.
Y aunque intentaba convencerme de que todo estaba bien, no podía evitar preocuparme.
Seguí con mi vida como siempre.
Me despertaba, iba a trabajar y volvía a casa.
Ya casi no iba al apartamento. No quería estar allí sola, rodeada de recuerdos y pensando todo el tiempo en él.
Cuando me di cuenta, ya había pasado casi un mes sin hablar ni ver a Alex.
Se me hacía extraño no verlo en casa, pero poco a poco fui acostumbrándome a no encontrarlo apenas despertaba.
Cada vez que podía, salía a correr y aprovechaba para perfeccionar mi tiro.
Ya no me encerraba tanto a leer, aunque de vez en cuando seguía escapándome a la biblioteca.
Intentaba mantenerme ocupada.
Quizás demasiado.
Una mañana, mientras revisaba unos documentos en mi oficina, sonó mi celular
Era mi padre
toque la puerta
—Permiso.
Levanté la mirada.
—Pasa, hija.
Entré a la oficina de mi padre y cerré la puerta detrás de mí.
—¿Me necesitabas?
—Sí. Tengo un trabajo que siento que te va a interesar.
Me acerqué al escritorio.
—¿Ah, sí? Decime de qué se trata.
Mi padre tomó una carpeta y me la entregó.
—Hay un alemán que posee unos terrenos muy buenos. Son exactamente lo que necesitamos, pero no se los vende a cualquiera.
Abrí la carpeta y comencé a revisar la información.
—¿Y nadie consiguió comprarlos?
—Hay mucha gente interesada, pero él rechaza todas las ofertas.
—Entonces, ¿qué querés que haga?
—Quiero que hables con él. Tengo la sensación de que vos podés convencerlo.
Levanté la mirada.
—¿Y cuándo debería hablar con él?
—Ahí está toda la información. Si querés hacerlo, decímelo y organizo todo para que viajes mañana mismo.
Asentí.
—Lo voy a hacer.
—¿Estás segura?
—Sí.
Sonrió levemente.
—Entonces preparate.
Me fui a mi oficina y comencé a revisar detalladamente el expediente.
El hombre parecía bastante complicado.
Había rechazado ofertas de empresarios mucho más poderosos que yo y, según los informes, no parecía tener ninguna intención de cambiar de opinión.
Pero había algo en aquel trabajo que me llamaba la atención.
Quizás era justamente el desafío.
cuando terminé mi jornada, fui directamente a casa a preparar mi valija.
Guardé todo lo necesario y dejé preparado lo que iba a llevar conmigo.
Quería salir temprano al día siguiente.
A la mañana siguiente agarré mis cosas y fui a la empresa para buscar los últimos documentos que debía llevar.
Justo cuando llegué, Marcos apareció frente a mí.
—Así que te vas.
—Sí.
—¿Por qué no lo pensás mejor? Es peligroso que vayas sola.
—No te preocupes por mí.
Sonreí.
—¿Me hacés un favor?
—Decime.
—Esperame con un buen blanco preparado.
Soltó una carcajada.
—Claro.
Me dio un abrazo.
—Tené cuidado.
—Lo voy a tener.
Subí a mi oficina para recoger los documentos.
Mientras buscaba una carpeta en uno de los cajones, encontré una fotografía.
La tomé.
Era una foto que teníamos de la primera vez que salimos juntos.
Me quedé mirándola durante unos segundos.
—Te extraño...
Negué con la cabeza.
Guardé nuevamente la fotografía, cerré el cajón y salí.
Mi padre me estaba esperando junto a mis hermanos en la recepción para llevarme.
Los días siguientes pasaron rápidamente.
Estaba tan ocupada con el trabajo que ya no pensaba tanto en Alex.
Pero eso no significaba que hubiera dejado de preocuparme.
Cada noche, antes de dormir, me preguntaba cómo estaría.
Si habría comido.
Si estaría durmiendo bien.
Si estaría a salvo.
Intentaba no obsesionarme con esas preguntas, pero era imposible.
Dos semanas después, finalmente regresé a Marina.
Cuando entré a mi oficina, encontré a Marcos esperándome.
—¿Cómo te fue?
—Bien, gracias, Marcos.
Dejé mis cosas sobre el escritorio.
—¿Y vos? ¿Qué hiciste durante estas dos semanas?
—Nada demasiado interesante.
Se cruzó de brazos.
—justamente hace dos semanas que no te veo, así que hoy tenemos mucho de qué hablar.
Sonreí.
—Marcos, quiero descansar un poco.
—Ah, no, no, señorita. Tenemos mucho de qué hablar.
Lo miré confundida.
—¿Sobre qué?
—Después te cuento.
Miró su reloj.
—A las diez paso por tu casa.
—¿Para qué?
—Después vas a saber.
—Sos insoportable.
Soltó una carcajada.
—Nos vemos a las diez.
Asentí y me fui directamente a casa.
Lo único que quería hacer era meterme en la tina y dormir un poco.
Cuando llegué, fui directamente a mi habitación.
Apenas entré, los recuerdos de las noches que había pasado con Alex volvieron a mi cabeza.
Intenté no pensar en él y me metí en la tina.
El agua caliente comenzó a relajarme.
Cerré los ojos.
Pero mi mente volvió a traicionarme.
Recordé sus manos, sus besos y la forma en la que me hacía sentir cuando estábamos solos.
Sentí cómo mi cuerpo comenzaba a estremecerse.
Abrí los ojos y respiré profundamente.
—No...
Intenté distraerme, pero los recuerdos seguían apareciendo.
Me quedé unos minutos más en el agua hasta que finalmente decidí salir.
Me sequé rápidamente, me puse el pijama y me acosté.
No quería seguir pensando en él.
Un rato después, mi celular sonó.
Lo miré.
Eran las nueve.
Marcos ya estaba por venir.
Me levanté, me arreglé rápidamente y, cuando quise darme cuenta, él ya estaba abajo esperándome.
Bajé.
—¿Lista?
—Sí.
—Perfecto. Vamos.
Nos fuimos a cenar a un restaurante nuevo.
Después de pedir la comida, Marcos apoyó los brazos sobre la mesa.
—Bueno, entonces poneme al corriente.
Lo miré confundida.
—No sé de qué querés que te hable.
—¿Cómo te fue en el viaje? ¿Cómo te sentiste?
—Bien. Por suerte me gustó mucho ese lugar.
—¿Y el alemán?
—Difícil.
Se rio.
—Eso me imaginé.
—Pero conseguí que aceptara negociar.
—Entonces valió la pena.
Sonreí.
—¿Vos tenés algo para contarme? ¿Acá estuvo todo en orden?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Aunque te tengo que contar algo.
—¿Qué?
—Estoy empezando a conocer a alguien.
Abrí los ojos sorprendida.
—¿En serio?
—Sí.
—Me alegro muchísimo por vos.
—Es una chica nueva en la empresa.
—Me alegro mucho, de verdad.
—Todavía estamos conociéndonos.
—Bueno, entonces quiero conocerla algún día.
—Cuando sea el momento.
Sonreí.
Seguimos hablando unos minutos más hasta que terminamos de cenar.
Cuando estábamos por levantarnos, Marcos volvió a mirarme.
—Bueno, yo también tengo una sorpresa para vos.
—¿Qué sorpresa?
—Si tenés tiempo, te la muestro ahora. Si no, mañana.
—No me vas a dejar con la intriga.
Se rio.
—bueno, pido la cuenta y nos vamos
Nos dirigimos al estacionamiento.
Subimos al auto.
—Entonces, ¿a dónde vamos?
Marcos encendió el motor.
—Vos me pediste algo antes de irte.
Lo miré de reojo.
—¿Qué cosa?
—Un lugar donde pudieras practicar tranquila.
—Sí, pero...
—Y yo lo que prometo, lo cumplo.
Sonreí.
Después de varios minutos de viaje, llegamos a una enorme finca.
El lugar estaba completamente cerrado y rodeado de árboles.
A simple vista no parecía haber nada especial.
—¿Qué es esto?
Marcos bajó del auto.
—Tu regalo.
Lo seguí.
Cuando abrió la enorme puerta del edificio principal, me quedé completamente quieta.
Frente a mí había un centro privado de entrenamiento y tiro.
Era enorme.
Había diferentes espacios preparados para practicar precisión, distancia y velocidad, con distintas líneas de tiro y blancos que podían cambiar de posición.
También había zonas de entrenamiento completamente separadas para poder practicar sin interrupciones.
Caminé lentamente mientras miraba todo.
—Marcos...
—Todavía falta.
Me llevó hacia uno de los extremos del lugar.
Allí había una habitación cerrada con enormes vitrinas.
Cuando abrió la puerta, mis ojos se abrieron completamente.
Dentro había una colección de armas cuidadosamente organizada.
No estaban simplemente amontonadas.
Cada pieza estaba colocada en su propio espacio y acompañada por una pequeña placa con información sobre su origen y su historia dentro de las empresas.
Me acerqué.
—¿Todas estas...?
Marcos sonrió.
—Sí.
—¿Son todas las armas que entraron a las empresas desde que se crearon?
—Una selección de las más importantes. Las que forman parte de la historia de la familia y de las empresas.
Pasé lentamente frente a las vitrinas.
Era como estar dentro de un museo.
Solo que este museo había sido construido para mí.
—No puedo creerlo.
Marcos soltó una pequeña risa.
—Sabía que te iba a gustar.
Me giré y lo abracé.
—Gracias.
—Todavía no terminamos.
Me separé de él.
—¿Todavía hay más?
—Muchísimo más.
Me mostró el resto de las instalaciones.
Había una zona especialmente preparada para entrenamiento de precisión, otra para practicar a diferentes distancias y una sala donde podía descansar después de entrenar.
Incluso había un pequeño espacio con sillones y una enorme ventana desde donde podía verse todo el campo.
Miré a Marcos.
—Esto es increíble.
—Es tuyo.
—¿Todo?
—Todo.
No pude evitar sonreír.
—¿Puedo venir cuando quiera?
—Cuando quieras.
—¿Y nadie me va a molestar?
—Nadie.
Volví a mirar alrededor.
Era exactamente el tipo de lugar que siempre había imaginado.
Un espacio donde podía entrenar, aprender y perfeccionar mi técnica sin tener que preocuparme por nada más.
—En serio, no sé cómo agradecerte.
—No tenés que agradecerme.
Sonrió.
—Solo prometeme que lo vas a usar.
—Te lo prometo.
Me quedé unos segundos contemplando el lugar.
Después bostecé.
Marcos soltó una carcajada.
—¿Qué?
—Nada. Solo que sabía que después de un viaje de dos semanas ibas a terminar así.
—Estoy destruida.
—Entonces vamos.
—¿A dónde?
—Todavía falta una parte.
Lo miré confundida.
—¿Qué parte?
—La casa.
Fruncí el ceño.
—¿También hay una casa?
—Vení.
Lo seguí mientras salíamos del centro de entrenamiento.
Caminamos unos metros hasta llegar a una construcción que se encontraba al fondo de la propiedad.
Marcos abrió la puerta y me hizo una seña para que entrara primero.
—Después de todo este tiempo, creo que esta parte te va a gustar todavía más.
Entré.
había un monoambiente
—se que faltan muchas cosas pero esa parte te la dejo a ti
—muchas gracias es hermoso
unos minutos después me llevo a la casa