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El Asistente Del Valle Del Fuego

El Asistente Del Valle Del Fuego

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Doctor / Aventura / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.

En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.

Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent

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CAPÍTULO 6: QUINTA LUNA — RIAN

El día veintinueve amaneció con un viento frío que bajaba de las montañas nevadas, trayendo consigo el olor a nieve próxima y el presentimiento de que algo no iba a salir bien. Yo ya no hacía caso de esos presentimientos, los tenía casi todas las mañanas desde que llegué al valle, pero esa vez se quedó clavado en el pecho como una astilla de madera, sin irse por más que respiraba hondo.

Quedaban dos lunas para terminar el plazo que Kael me había dado el primer día, aunque ya nadie lo mencionaba. Nadie pensaba ya en devolverme al río. Todos me trataban como uno más, menos Rian. Con él seguía habiendo esa tensión extraña, esa rivalidad callada que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta. Ya no me insultaba, ya no me empujaba, ya no me llamaba inútil. Incluso me había pedido que le enseñara los nudos de las trampas y había compartido conmigo el trozo más grande de carne más de una vez. Pero todavía le costaba mirarme a los ojos más de tres segundos seguidos, todavía le dolía admitir que el chico débil que había caído del cielo servía para algo más que curar fiebres y atar lazos. Todavía quería demostrar, ante todos y ante sí mismo, que él seguía siendo el mejor cazador del clan.

Por eso, cuando Kael anunció esa mañana que habían visto el ciervo gigante del bosque norte —el mismo que llevaban meses persiguiendo sin atraparlo, con la cornamenta tan ancha que dos hombres no la abarcarían— Rian se ofreció antes que nadie. Me miró de reojo, con esa sonrisa media arrogante suya, y dijo que iría solo. Que no necesitaba ayuda. Que traería el ciervo antes del mediodía y entonces veríamos quién era el que realmente traía comida a la cueva.

Kael iba a negarse, pero yo le detuve con un gesto de la mano. Le dije que iría con él. No para cazar, dije. Para cargar la pieza si la mataba, para curarlo si se lastimaba. Rian bufó, dijo que no necesitaba ni cuidador ni niñera, pero no se opuso más. Salimos juntos antes de que el sol terminara de salir por las colinas, él con su lanza nueva afilada con cuarzo, yo con mi cuchillo de Mara en el cinturón y el botiquín pequeño colgado del hombro, por si acaso.

Caminamos casi dos horas en silencio, subiendo hacia el bosque más espeso, donde los árboles eran tan grandes que bloqueaban casi toda la luz. Rian iba delante, paso firme, sin mirar atrás, haciendo el menor ruido posible. Yo lo seguía unos pasos más atrás, intentando no pisar ramas secas, acordándome de todo lo que me había enseñado sobre seguir huellas sin ser visto. De vez en cuando se detenía, olía el aire, señalaba una huella en el barro blando del suelo: el ciervo había pasado ahí hacía menos de una hora. Estaba cerca.

Lo encontramos en un claro pequeño, pastando tranquilamente al lado de un arroyo de agua fría. Era más grande de lo que habíamos imaginado: hombros anchos, pelaje oscuro y espeso, la cornamenta enorme y puntiaguda brillando con el rocío de la mañana. Rian se agachó detrás de un roble grueso, me hizo una seña con la mano para que me quedara quieto, y empezó a arrastrarse despacio por entre la hierba alta, la lanza lista para lanzar, acercándose paso a paso sin hacer ni un ruido. Yo me quedé atrás, agachado también, con el corazón latiéndome fuerte en los oídos, sabiendo que un solo movimiento en falso lo asustaría.

Estaba a diez metros, casi lo suficiente para lanzar, cuando el ciervo levantó la cabeza de golpe.

Nos había olido.

No salió corriendo como hacen los demás. Se giró de golpe, bajó la cabeza con la cornamenta apuntando hacia Rian, y lanzó un bufido tan fuerte que hizo temblar las hojas de los árboles. Luego cargó.

Rian intentó lanzar la lanza, pero fue demasiado tarde. El animal llegó antes que el arma saliera de sus manos, lo golpeó con toda la fuerza de su cuerpo en el pecho izquierdo, y una de las puntas de la cornamenta le entró en la carne justo al lado del hombro, arrancándole un trozo de piel y músculo antes de soltarlo para volver a cargar otra vez. Rian cayó al suelo de espaldas, la sangre brotándole a chorros entre los dedos con los que se apretaba la herida, la cara blanca como la nieve.

Yo no lo pensé. Agarré la primera piedra grande que encontré a mis pies, salí corriendo de detrás del árbol gritando con todas mis fuerzas, y se la lancé a la cabeza del ciervo con toda la fuerza que tenía. No le hice daño de verdad, pero lo sorprendió. Levantó la cabeza, me miró con los ojos negros y furiosos, dudó un segundo si atacarme a mí o seguir con Rian… y en ese segundo Kael apareció de entre los árboles, había venido detrás de nosotros por si acaso, y lanzó su lanza con tanta precisión que le entró justo en el cuello, saliendo por el otro lado. El ciervo dio un paso atrás, tembló todo el cuerpo, y cayó de rodillas en el suelo, muerto antes de tocar la hierba del todo.

No nos detuvimos a celebrar. Corrimos los dos hacia Rian. Él intentaba levantarse, pero se tambaleaba, la sangre ya le empapaba toda la túnica de piel y le corría por el brazo hasta gotear en el suelo. Le quité las manos de encima para ver la herida y sentí que se me helaba la sangre: el corte era profundo, casi veinte centímetros de largo, sucio de tierra y pelo de animal, abierto lo suficiente para ver el músculo rojo por debajo. Estaba demasiado cerca del corazón. Demasiado cerca de una muerte rápida.

—Estoy… bien —consiguió decir Rian, entre dientes apretados, intentando sonar fuerte aunque le temblaba la voz—. Solo es un rasguño. Carguemos el ciervo y volvamos.

No era un rasguño. Yo lo sabía. Kael también lo sabía, por la forma en que frunció el ceño y apretó los labios sin decir nada. Lo ayudamos a caminar entre los dos, casi cargándolo, y volvimos a la cueva lo más rápido que pudimos, sin importarnos el ciervo que dejamos ahí para buscarlo después con Turi. Cuando entramos, Mara dejó de golpe lo que estaba haciendo, vio la sangre, y corrió hacia nosotros con un grito ahogado en la garganta.

Los primeros dos días pareció que iría bien. Limpié la herida con agua hervida y las hierbas desinfectantes que Lira me dio, le puse compresas frías para bajar la hinchazón, le di infusión de corteza de sauce para el dolor. El día treinta por la tarde incluso se sentó un rato fuera, hablando bajito con Nia, riendo de una broma que le contó la niña. Todos respiramos aliviados. Yo me dije que había tenido suerte, que no se había infectado, que todo saldría bien.

Me equivoqué.

La noche del día treinta y uno amaneció con fiebre alta. Rian ardía tanto que casi no se podía tocar, la herida se había puesto roja e hinchada alrededor, y de dentro empezó a salir un líquido amarillo y espeso que olía tan mal que hacía dar náuseas solo de acercarse. Deliraba por las noches, hablaba solo, gritaba cosas sin sentido, peleaba contra fantasmas que solo él veía, intentaba levantarse para ir a cazar aunque no tenía fuerzas ni para sentarse solo. Gorn lo revisó al amanecer del treinta y dos, le tocó la frente, olió la herida, y negó con la cabeza despacio, con esa mirada triste que ya conocía demasiado bien.

—Es la fiebre roja —dijo, y su voz sonó como una sentencia de muerte—. La suciedad del cuerno se le metió dentro de la sangre. Las hierbas no sirven para esto. Se la llevará antes de que se ponga la luna llena. Lo vi pasarle a tres cazadores en mi vida. Ninguno sobrevivió.

Mara se tapó la boca con las manos para no gritar, se giró hacia la pared de la cueva y lloró en silencio, sin hacer ruido, como siempre. Nia se tiró encima de la cama de ramas de su hermano, abrazándole la pierna buena, llorando y diciendo que no se fuera, que todavía tenía que enseñarle a tallar figuras de madera. Kael salió fuera y golpeó un árbol con el puño tantas veces que se le rompió la piel de los nudillos. Lira se acercó a mí, me agarró del brazo con fuerza, y me miró a los ojos sin decir nada, pero su mirada me lo preguntaba todo: ¿puedes hacer algo? ¿Lo puedes salvar como hiciste con Nia? ¿Como con mi brazo?

Yo me quedé mirando la herida de Rian, escuchando sus gemidos de dolor, y sabía lo que tenía que hacer. También sabía que era peligroso. Que si salía mal, lo mataría yo mismo con mis manos. Que todos me odiarían para siempre. Que probablemente me echarían al río al amanecer, sin importar todo lo que había hecho antes. Pero no tenía elección. Verlo morir sin intentarlo era peor que cualquier castigo.

—Puedo intentarlo —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Pero tengo que abrir la herida. Sacar toda la suciedad y el líquido malo de dentro. Limpiarla hasta que solo quede carne sana. Luego cerrarla bien. Si no lo hago hoy, se muere mañana sin falta. Si lo hago… tiene la mitad de posibilidades de vivir. O de morir más rápido.

Todos se quedaron callados. Mara se giró hacia mí, los ojos rojos de llorar, y por un segundo vi pasar por su cara el mismo odio de los primeros días, como si yo fuera el culpable de que su hijo se estuviera muriendo. Luego miró a Rian, que gemía débilmente en la cama, y asintió con la cabeza, sin decir nada. Kael puso una mano en mi hombro, apretó fuerte, y me dijo solo dos palabras:

—Hazlo.

Pedí a todos que salieran de la cueva excepto Lira. Necesitaba que me ayudara a pasarme cosas, que me limpiara el sudor de la frente, que sujetara a Rian si se movía de golpe. Herví agua, la dejé enfriar hasta que estuviera tibia, saqué del botiquín las últimas gasas estériles que me quedaban, el pequeño frasco de alcohol que llevaba desde Seúl para desinfectar herramientas, y las hojas de navaja afiladas que usábamos en la clínica para cortar vendas. Lira me ayudó a atar a Rian suavemente a la cama de ramas con tiras de piel, para que no se moviera cuando el dolor fuera más fuerte, y luego le puso un trozo de madera entre los dientes para que no se mordiera la lengua.

—Esto va a doler mucho —le dije a ella, aunque en realidad se lo decía a mí mismo—. Si no puedes ver, puedes salir. No te enfadaré.

Ella negó con la cabeza, apretó los labios, y me pasó la primera gasa mojada en alcohol.

Trabajé casi tres horas seguidas, sin parar ni un segundo. Abrí la herida un poco más con la navaja, con cortes precisos y lentos, hasta que pude llegar hasta el fondo. Saqué todo el pus, todos los trozos de piel muerta, todos los granitos de tierra y pelo de ciervo que se habían quedado dentro cuando la cornamenta lo atravesó. Limpié una y otra vez con gasa y agua hervida, con alcohol que le hacía gemir incluso inconsciente, hasta que solo quedó carne roja y sana, sin rastro de la infección. Luego cerré el corte con hilo de seda estéril que tenía guardado para emergencias, punto por punto, apretando lo justo para que no quedara espacio por donde pudiera entrar más suciedad, pero no tanto para cortar la sangre. Cuando terminé, tenía las manos manchadas de sangre hasta las muñecas, la espalda me dolía de estar agachado tanto tiempo, y los ojos me ardían de no haber parpadeado casi nada en todo ese rato. Lira me pasó un trapo para limpiarme la cara, y sus manos temblaban tanto como las mías.

—Ahora solo queda esperar —dije, agotado, sentándome en el suelo al lado de la cama—. Si la fiebre baja antes del amanecer, vive. Si no…

No terminé la frase. No hacía falta.

Pasaron las treinta y tres y treinta y cuatro como un sueño largo y pesado. Nadie salió casi de la cueva. Todos se turnaban para vigilar a Rian, para cambiarle las compresas frías en la frente, para darle a beber agua con hierbas cuando despertaba un poco. Yo no me moví de su lado en todo ese tiempo. No dormí ni una hora. Cada vez que su respiración se hacía más lenta, cada vez que temblaba de frío a pesar del fuego encendido al lado, mi corazón se paraba un segundo. Varias veces pensé que lo había perdido. Varias veces Gorn negó con la cabeza, como si ya lo diera por muerto.

Y entonces, la madrugada del día treinta y cinco, la fiebre se fue.

Lo noté porque de repente dejó de temblar. Le toqué la frente: todavía estaba caliente, pero ya no quemaba como antes. Abrí un poco el vendaje para revisar la herida: la rojez había bajado, no salía más pus, solo un líquido claro y sano. Se movió en la cama, abrió los ojos despacio, un poco confundido, y me miró a mí, que estaba agachado a su lado, sin dormir, con las ojeras grandes hasta las mejillas.

—¿Qué… qué pasó? —preguntó, con la voz ronca y débil—. Tengo el pecho como si me hubieran golpeado con una roca.

—Te salvó —dijo Mara, que se había acercado en silencio desde la entrada, con la voz llena de una emoción que casi nunca dejaba ver—. Te abrió la herida, te limpió todo lo malo por dentro, te cosió como si fuera una cesta nueva. Si no fuera por él, ya estarías con los espíritus.

Rian se quedó mirándome un buen rato, sin decir nada. Vi pasar por sus ojos todas las cosas que me había dicho en estos días: inútil, estorbo, mejor te hubieras ahogado, carga que el río se equivocó en traer. Vi la vergüenza, el orgullo herido, y luego algo más, algo nuevo que nunca antes había puesto en su mirada cuando me miraba: gratitud. Lealtad. Algo tan fuerte que casi se podía tocar.

No se disculpó. No dijo lo siento por haberte tratado mal. No dijo gracias. Eso no era su forma de ser. Rian no hablaba con palabras. Hablaba con hechos.

Al atardecer de ese mismo día, el último de la quinta luna, se levantó de la cama con ayuda, caminó despacio hasta donde yo estaba sentado fuera de la cueva limpiando mi cuchillo, y se paró delante de mí sin hablar. Sacó de su cinturón una navaja pequeña de piedra afilada, se cortó la yema del dedo índice lo justo para que saliera una gota de sangre, y luego me cortó a mí el mismo dedo, sin que yo me lo esperara, antes de que pudiera quitar la mano.

Juntó los dos dedos, apretándolos fuerte para que nuestra sangre se mezclara, y levantó la mano al cielo, en dirección a las primeras estrellas que salían. Era el juramento de sangre del clan, lo había visto hacer una vez a Kael con un hombre de otra tribu que le había salvado la vida años atrás. Significaba que ahora éramos hermanos en todo menos en sangre. Que nos debíamos la vida el uno al otro. Que cualquiera que me atacara a mí, lo atacaba a él. Que me defendería hasta su último aliento, contra cualquier persona, contra cualquier animal, contra cualquier tribu que viniera a hacernos daño.

—Te debo la vida —dijo, bajo, solo para que yo lo oyera, sin que nadie más escuchara—. Nunca lo olvidaré. Si alguien te toca un pelo, tiene que pasar primero por encima de mi cadáver. No eres el extraño. No eres una carga. Eres mi hermano.

Apretó mi mano con fuerza, la suya todavía caliente por la fiebre que acababa de dejar, y luego se dio la vuelta y se volvió a la cueva, cojeando un poco pero con la espalda derecha, como si el peso de todo el orgullo que había llevado todos estos días se hubiera caído de sus hombros de golpe.

Me quedé sentado un rato más, mirando mi dedo con la pequeña cortada ya cerrándose, tocando el colgante de lobo en el pecho y el cuchillo de Mara en el cinturón. Quedaba una sola luna. Una sola semana para terminar el plazo que me habían dado el primer día. Pero ya no importaba. Nadie contaba ya los días. Nadie pensaba ya en echarme.

Había salvado a Nia, había doblado la comida, había curado el brazo de Mara para que no quedara lisiada, y ahora había salvado a Rian, el que más me había odiado, el que más había querido que me devolvieran al río. Todos. Los siete. Ya no quedaba nadie en esa familia que no me considerara uno de los suyos.

Mientras el sol se ocultaba del todo cerrando la quinta luna, escuché una risa que venía de dentro de la cueva: era Rian, riendo a carcajadas de algo que le había dicho Turi, con la voz todavía débil pero viva, fuerte, la misma de siempre. Lira salió en ese momento con dos cuencos de infusión caliente, me dio uno, y se sentó a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro como hacía ya varias noches.

—Ya eres de verdad uno de nosotros —me dijo, sonriendo, mirando las estrellas que salían una a una sobre el valle—. Ahora nadie te podrá quitar eso. Nunca.

No le respondí. No hacía falta.

Más tarde, cuando ya nos íbamos a dormir, Kael me llamó aparte cerca de la entrada. Me dijo que al ir a buscar el ciervo muerto esa mañana, habían encontrado algo raro clavado en un árbol cerca del claro: una flecha de piedra negra, afilada como ninguna de las nuestras, con plumas de águila negras en la cola. No era de su clan. No era de ningún clan que ellos conocieran de los alrededores.

—Alguien más está entrando en nuestro bosque —dijo, bajo, con la mirada seria, mirando hacia la oscuridad del bosque como si pudiera ver lo que se escondía ahí—. Alguien que no viene de visita.

Sentí de nuevo ese escalofrío frío en la espalda, el mismo que había sentido por la mañana al despertar. Sabía lo que venía. Lo habíamos visto en el calendario de mi cabeza, lo había escrito en el plan que me había hecho cuando empecé a contar las lunas.

Los Huesos Rojos. Estaban cerca.

Pero ya no era el chico asustado que caía del cielo mojado y temblando. Ya tenía una familia que proteger. Ya tenía hermanos, una madre, un abuelo, una niña que me adoraba, y una chica que me quería. Ya no iba a huir de nada.

Apreté el cuchillo de Mara en el cinturón, miré hacia el bosque oscuro, y sonreí.

Que vinieran. Ya estábamos listos.

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