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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Batalla en Casa

 La Batalla en Casa.

El sedán negro se deslizó por la verja de la mansión Volkov cuando el reloj marcaba las 04:47, y Dimitri bajó del vehículo con el sigilo de un lobo que regresa a su guarida después de la caza. Sin encender ninguna luz, cruzó el vestíbulo de mármol y subió las escaleras con pasos que apenas rozaban la alfombra, hasta llegar a la puerta de acero que ocultaba su santuario privado: un cuarto de tortura reconvertido en baño de guerra, donde las baldosas negras aún conservaban manchas imposibles de borrar y el drenaje olía a hierro y sal. Allí, despojándose de la chaqueta manchada de pólvora y el chaleco antibalas que ocultaba moretones recientes, abrió el grifo de la ducha y dejó que el agua hirviente le abrasara la piel, arrastrando consigo el olor a cordita, sudor y muerte que se había impregnado en sus poros durante la emboscada. Frotó su torso con jabón de alquitrán hasta enrojecer la piel, lavó sus manos una y otra vez como si quisiera borrar no solo la sangre, sino el peso de las decisiones que lo habían llevado a ordenar ejecuciones sumarias esa misma noche.

Cuando salió, envuelto solo en una toalla blanca que contrastaba con sus cicatrices, se miró al espejo y se encontró con los ojos cansados de un hombre que había visto demasiado, pero que aún guardaba una chispa de humanidad para la única persona que importaba. Cruzó el pasillo en penumbras y giró el picaporte de la habitación matrimonial, donde una lámpara de luz tenue bañaba la silueta de Lorena, sentada en el borde de la cama con las piernas cruzadas y los brazos apretados contra el pecho, vestida con un camisón de seda que apenas ocultaba su enfado contenido. Él se detuvo en el marco de la puerta, goteando aún, y ella levantó la mirada con una mezcla de alivio y reproche: "Ya llegaste", dijo, su voz temblorosa pero firme, como un reproche que llevaba horas ensayando.

Dimitri no respondió con palabras; solo esbozó una sonrisa ladeada, la misma que usaba para desarmar a sus enemigos antes de destruirlos, y avanzó hacia ella con la lentitud de un depredador. "lyubov-Amor en ruso", susurró al oído, mientras sus brazos la envolvían en un abrazo que olía a jabón y a peligro, "soy el Pakhan de la Bratva, siempre tengo algo importante que hacer". Y antes de que ella pudiera replicar, sus labios encontraron los de ella en un beso que no pedía permiso, que exigía, reclamaba.

Lorena intentó apartarlo con las palmas contra su pecho, pero su cuerpo traicionó su voluntad cuando él la tumbó sobre las sábanas con la autoridad de quien sabe exactamente dónde tocar, dónde presionar, dónde besar para que el fuego de la resistencia se convierta en brasas de deseo. "Te odio", murmuró entre dientes, mientras sus dedos se enredaban en su cabello aún mojado, "te odio por hacerme preocupar y desearte tanto al mismo tiempo". Dimitri rió contra su cuello, una risa grave que vibraba en su garganta, y la poseyó con una pasión que no era amor, era guerra: dos cuerpos que se reclamaban con lujuria ancestral, donde cada mordisco era un territorio conquistado y cada gemido una rendición. No hicieron el amor, hicieron una batalla de sábanas arrugadas y respiras entrecortadas, donde él marcaba el ritmo y ella respondía con la ferocidad de quien ha aprendido a pelear en su mismo idioma.

 Cuando el primer asalto terminó, él la giró como si fuera una muñeca de trapo, y con la voz ronca pero dulce le susurró al oído: "Malyshka, hoy quiero hacer algo que nunca hemos hecho, pero te conozco y sé que te va a gustar". Ella abrió los ojos, sorprendida, pero antes de que pudiera articular una negativa, él la puso en cuatro con una firmeza que no admitía discusión, y con una paciencia meticulosa, comenzó el segundo acto de aquella noche de conquista. Al principio, Lorena sintió el ardor de lo desconocido y mordió la almohada para no gritar, pero pronto el dolor se transformó en una ola de placer prohibido que la recorrió entera, y cuando finalmente terminaron, ella se giró para mirarlo con los ojos brillantes y una sonrisa cómplice.

"Eso lo vamos a repetir pronto, Pakhan", dijo con un tono coqueto que desarmó al propio Dimitri, quien soltó una carcajada profunda y la atrajo hacia sí, abrazándola como si fuera el único tesoro en un mundo de traiciones, y así, enredados en sábanas sudadas y promesas susurradas, se quedaron dormidos antes de que el alba decidiera asomarse por la ventana.

La luz dorada del amanecer se filtró a través de las cortinas de seda cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y los gemelos Volkov, Anastasia e Iván, irrumpieron como un torbellino de risas y pies descalzos, saltando sobre la cama con la energía implacable de los niños que han descubierto que sus padres son vulnerables.

Lorena despertó sobresaltada, con el corazón en la garganta, y al darse cuenta de que ambos estaban completamente desnudos bajo la fina sábana, lanzó una mirada fulminante a Dimitri, que aún dormitaba con una sonrisa de suficiencia. "¡No pusiste seguro a la puerta!", siseó en un susurro furioso, mientras intentaba cubrirse con la sábana sin que los niños notaran el caos de la noche anterior. Dimitri, lejos de sentirse apenado, abrió un ojo y observó la escena con el regocijo de quien disfruta cada segundo del espectáculo; entonces se incorporó con parsimonia, y sin inmutarse por su desnudez parcial, alzó la voz con un tono de anuncio real: "Niños, si van ahora mismo al comedor y se comen todo su desayuno, habrá cine con palomitas, gaseosas y helados para ver la película que quieran. ¿Quién se apunta?". Los gemelos intercambiaron una mirada de incredulidad y, como un solo cuerpo, salieron disparados de la habitación con la misma velocidad con la que habían entrado, dejando tras de sí una estela de gritos de emoción que resonó por todo el pasillo.

Dimitri se dejó caer de nuevo en la almohada y comenzó a reír, una risa profunda y contagiosa que pronto se convirtió en lágrimas que rodaban por sus mejillas, mientras Lorena, aún con el rostro encendido, se levantó de un salto y corrió hacia el baño, pero no sin antes girar el pestillo de la puerta con un golpe seco que hizo temblar el marco. Desde la cama, Dimitri la observó desaparecer y susurró para sí mismo, con una sonrisa que mezclaba orgullo y ternura: "Esta sí que es la batalla que merece la pena ganar".

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