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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Bosque que Recuerda

El grito de Elías se perdió entre los árboles.

Después...

Silencio.

Un silencio tan absoluto que Samuel pudo escuchar el latido acelerado de su propio corazón.

Las doce figuras permanecían inmóviles.

No mostraban emoción.

No celebraban.

Simplemente observaban.

Como si supieran que el miedo haría el resto.

Samuel dio un paso al frente.

—¿Dónde está Elías?

La criatura del centro inclinó lentamente la cabeza.

Las ramas que brotaban de su espalda crujieron como huesos viejos.

—Todavía vive.

Samuel sintió un pequeño alivio.

Duró apenas un segundo.

—Pero el bosque ya empezó a recordarlo.

—¿Qué significa eso?

Nadie respondió.

Fue Yara quien rompió el silencio.

Su voz sonó más seria que nunca.

—No lo busques solo.

Samuel la miró.

—No pienso dejarlo.

—Precisamente por eso debes tener cuidado.

El bosque no mata de inmediato.

Primero... borra.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Borra?

Yara asintió.

—Este bosque tiene memoria.

Recuerda a cada persona que ha entrado en él desde hace miles de años.

Pero también puede hacer lo contrario.

Puede hacer que el mundo olvide a alguien.

Samuel sintió un escalofrío.

—¿Olvidarlo?

—Si permanece demasiado tiempo dentro...

Su nombre desaparecerá de los recuerdos de quienes lo aman.

Las fotografías cambiarán.

Las cartas perderán su firma.

Las personas jurarán que nunca existió.

Gabriel retrocedió un paso.

—Eso... no puede ser.

Yara lo observó con tristeza.

—¿Por qué crees que nadie recuerda a los primeros guardianes?

No murieron.

Fueron olvidados.

El peso de aquellas palabras cayó sobre todos.

Samuel recordó las tumbas vacías.

Los documentos incompletos.

Las páginas arrancadas.

No era que la historia se hubiera perdido.

Era que el bosque la había devorado.

La criatura del centro sonrió.

—Elías ya empezó a desaparecer.

Samuel sacó inmediatamente su teléfono.

Abrió la galería.

Buscó una fotografía que había tomado junto a Elías dos días atrás, frente a la iglesia.

La encontró.

Pero algo estaba mal.

En la imagen solo aparecían Samuel y Gabriel.

Había un espacio vacío entre ellos.

Como si alguien hubiera sido borrado.

Samuel amplió la fotografía.

Todavía podía verse una mano apoyada sobre su hombro.

Una mano sin dueño.

Su respiración se aceleró.

—No...

Gabriel tomó el teléfono.

Su rostro perdió el color.

—Yo recuerdo haber tomado esta foto.

Elías estaba aquí.

Yara habló con urgencia.

—No queda mucho tiempo.

Cuando el último recuerdo desaparezca...

Nadie podrá traerlo de vuelta.

El Rey del Bosque levantó lentamente una enorme mano.

Las doce criaturas retrocedieron.

No por miedo.

Por respeto.

—Todavía... hay... una... oportunidad...

Samuel levantó la vista.

—¿Cuál?

—Debes... seguir... el... Camino... del... Recuerdo.

Yara cerró los ojos.

—Pensé que había desaparecido.

—Nunca... desapareció...

El Rey señaló hacia el corazón del bosque.

Entre los árboles comenzó a abrirse un sendero que no estaba allí unos segundos antes.

El suelo estaba cubierto de pequeñas flores blancas.

Las mismas que crecían donde caminaba Yara.

Samuel dio un paso hacia el sendero.

Pero antes de entrar, la criatura volvió a hablar.

—Solo... uno... puede... recorrerlo.

Samuel se detuvo.

—¿Solo uno?

—Cada... persona... ve... un... bosque... diferente.

Gabriel negó con firmeza.

—Entonces iré contigo.

El Rey cerró lentamente los ojos.

—Si... entra... otro... nunca... saldrá.

El silencio cayó nuevamente.

Samuel comprendió que debía hacerlo solo.

Antes de partir, Gabriel sacó algo de uno de los bolsillos de su chaqueta.

Era un pequeño rosario de madera.

Muy antiguo.

Lo colocó en la mano de Samuel.

—Este perteneció a mi abuelo.

Fue el último guardián de mi familia.

Quizá pueda ayudarte.

Samuel asintió en silencio.

Luego miró a Isabela.

La muñeca seguía agrietándose poco a poco.

—Volveré.

Ella sonrió con dulzura.

—Lo sé.

Pero recuerda algo.

Samuel esperó.

—No todo lo que encontrarás será un enemigo.

Y...

No todo lo que parezca un amigo querrá salvarte.

Samuel respiró profundamente.

Entró en el sendero.

En cuanto dio el primer paso, el bosque cambió.

La lluvia desapareció.

El cielo se volvió completamente azul.

El aire olía a café recién hecho y a tierra húmeda.

Escuchó risas.

Voces.

Niños jugando.

Parpadeó confundido.

Ya no estaba en el bosque.

Estaba frente a la casa de su infancia.

La misma donde había crecido.

El viejo columpio seguía en el patio.

Las ventanas estaban abiertas.

Y desde la cocina llegaba el aroma de una sopa que su madre preparaba cuando él era niño.

Samuel sintió un nudo en la garganta.

Eso era imposible.

Una mujer salió de la casa.

Sonrió al verlo.

—¿Samuel?

Él quedó inmóvil.

Era su madre.

Exactamente como la recordaba.

Joven.

Con la misma sonrisa.

Ella levantó una mano.

—Ven.

La comida ya está lista.

Samuel dio un paso hacia ella.

Entonces recordó las palabras de Yara.

"El bosque puede borrar."

Y las de Isabela.

"No todo lo que parezca un amigo querrá salvarte."

Se detuvo.

La mujer dejó de sonreír.

Su rostro comenzó a deformarse lentamente.

Los ojos se volvieron completamente negros.

La piel se agrietó como porcelana.

Y una voz que no era la de su madre salió de su boca.

—Has aprendido demasiado rápido...

La ilusión desapareció.

La casa se desintegró como ceniza.

Samuel volvió a estar en el sendero de flores blancas.

Pero ya no estaba solo.

A pocos metros de él había un niño de unos doce años.

Vestía ropa antigua.

Llevaba un listón azul atado a la muñeca.

Y sostenía un reloj de bolsillo abierto.

Cuando levantó la vista, Samuel sintió que el corazón se detenía.

Había visto ese rostro antes.

En el medallón.

En los recuerdos de Isabela.

El niño sonrió con tristeza.

—Hola...

Mi nombre es Tomás Montoya.

Y llevo trescientos años esperándote.

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