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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 16: El despertar de Marta

El quirófano cambió en el instante en que Lucía cruzó la grieta. No fue un cambio físico, sino una vibración en el aire, como si el lugar hubiera estado esperando su regreso durante décadas sin saberlo. Las paredes se volvieron un poco más blancas, el techo un poco más alto, la luz un poco más clara. Incluso el olor —a antiséptico, a sangre seca, a tiempo estancado— se suavizó, reemplazado por algo más parecido a jazmines sintéticos.

—Ay, qué lindo —dijo Lucía, mirando a su alrededor—. Me recuerda a mi primera casa. La de Floresta, ¿te acordás, nena?

—Me acuerdo —respondió Valentina, con la voz quebrada.

Detrás de ellas, Clara enfermera, la piloto y Nora observaban la escena con los ojos abiertos como platos. Nadie esperaba que Lucía llegara acompañada. Nadie esperaba que Marta —la misma mujer que habían velado envuelta en sábanas durante tantos días— estuviera viva.

—Ayuden a ponerla en la camilla —indicó Lucía, señalando el cuerpo inerte de Marta—. Está desmayada, pero no muerta. Nunca estuvo muerta. Sólo dormida en el tiempo.

La piloto y Clara enfermera se apresuraron a acomodar a Marta sobre la mesa de operaciones oxidada. Nora fue a buscar un trapo limpio —no había ninguno, pero encontró una gasa casi nueva en un cajón olvidado— y se lo alcanzó a Lucía.

—¿Quién es usted? —preguntó Nora, con sus ojos dorados brillando de curiosidad.

—Yo soy la abuela —respondió Lucía simplemente—. La que empezó todo esto sin querer. La que les pasó el don a las siguientes generaciones sin pedir permiso. La que ahora viene a pedir perdón.

—¿Perdón por qué? —preguntó la piloto—. Usted no tuvo la culpa de las grietas.

—No tuve la culpa de abrirlas —admitió Lucía—. Pero tuve la culpa de no cerrarlas cuando pude. Durante años, vi cómo el tiempo se pudría a mi alrededor. Podría haber hecho algo. Podría haberlas buscado a ustedes antes. Pero tuve miedo.

—¿Miedo de qué? —preguntó Valentina.

—De verlas sufrir. De saber que el dolor que yo sentía en los huesos era el mismo que ustedes sentían en las tripas. De confirmar que no estábamos solas en la locura, sino que éramos muchas, todas igual de rotas.

Elena se acercó a Lucía. Su vestido negro ahora parecía menos oscuro, como si el viaje a 1923 le hubiera devuelto algo de color.

—Yo también tuve miedo —dijo Elena—. Miedo de salir de la habitación blanca. Miedo de enfrentar el tiempo. Miedo de ser la única. Pero ya no.

—No —confirmó Lucía—. Ya no hay únicas. Hay un equipo. Hay una familia.

Marta se movió en la camilla. Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible: un parpadeo de los dedos, un suspiro más profundo que los anteriores. Valentina se acercó a ella y le tomó la mano.

—Marta —dijo en voz baja—. ¿Podés oírme?

Los párpados de Marta se agitaron. Lentamente, como quien lleva siglos sin usar los músculos de la cara, abrió los ojos.

Eran verdes. El mismo verde de todas ellas. Pero más antiguo. Más gastado. Como un espejo que ha reflejado demasiadas cosas durante demasiado tiempo.

—¿Dónde...? —susurró Marta.

—En un quirófano abandonado —respondió Clara enfermera, arrodillándose junto a la camilla—. En Madrid. En ninguna época fija. Estás a salvo.

—¿A salvo de qué? —preguntó Marta, incorporándose con dificultad.

—De todo —dijo la piloto—. Del tiempo. De las grietas. De vos misma, si es necesario.

Marta miró a su alrededor. Vio a Lucía, a Valentina, a Elena, a Nora, a Clara, a la piloto. Seis mujeres con sus mismos ojos. Seis versiones de una misma sangre rota.

—Somos muchas —dijo con voz ronca.

—Somos las que quedan —respondió Nora—. Las que no se rindieron.

Marta se sentó del todo en la camilla. Sus piernas colgaban flácidas, pero poco a poco fueron recuperando fuerza. Clara enfermera le alcanzó una lata de duraznos en almíbar —la misma que habían abierto días atrás— y Marta comió con voracidad, como si no hubiera probado nada en cien años.

—¿Qué pasó conmigo? —preguntó entre bocado y bocado—. Lo último que recuerdo es un sanatorio, una monja, una inyección... y después nada.

—Te durmieron —dijo Lucía con amargura—. En 1923, la medicina no entendía lo que te pasaba. Creían que eras histérica. Que tenías visiones. Te sedaron y te dejaron en una cama, esperando que te murieras. No te moriste. Tu cuerpo siguió vivo, pero tu conciencia saltó. Viajó por el tiempo sin control.

—Y terminó en el quirófano —completó Valentina—. Envuelta en sábanas. Nosotras pensamos que eras un cadáver.

—Casi lo fui —dijo Marta con una mueca—. Pero ahora estoy acá. ¿Por qué?

—Porque vinimos a buscarte —respondió Elena—. Porque nadie se queda atrás.

El silencio se instaló otra vez. Las seis mujeres se miraron unas a otras. Había algo nuevo en el aire. No era miedo. No era dolor. Era algo más parecido a la esperanza, aunque ninguna de ellas sabía nombrarlo.

—Necesitamos hacer una lista —dijo la piloto, rompiendo el silencio—. Una lista de todas las versiones que están desplazadas. Todas las que quedaron atrapadas en el tiempo. No podemos dejar a ninguna.

—¿Cómo vamos a encontrarlas? —preguntó Clara enfermera.

—Con esto —Valentina sacó la bombilla de alpaca del bolsillo—. Ahora que Marta está despierta, la bombilla tiene más fuerza. Más recuerdos. Más anclas. Puede señalar hacia otras épocas, otras mujeres.

Lucía tomó la bombilla. La acarició como quien acaricia a un hijo.

—Esto era mío —dijo—. Este mate. Lo usé durante treinta años. Nunca imaginé que terminaría convertido en una llave temporal.

—Las cosas más simples son las más poderosas —dijo Nora—. El tiempo no entiende de gestos grandiosos. Entiende de rutinas. De objetos cotidianos. De mates compartidos.

Marta se puso de pie. Le temblaban las piernas, pero se mantuvo firme.

—Quiero ayudar —dijo—. No pasé cien años dormida para despertar y no hacer nada.

—Vas a ayudar —dijo la piloto—. Pero primero tenés que recuperarte. Comer. Dormir. Recordar quién sos.

—Soy Marta —respondió ella, con una sonrisa débil—. La viajera que nunca viajó. La atrapada que nunca escapó. La hermana que llegó tarde a todo.

—Llegaste justo a tiempo —dijo Valentina, abrazándola.

Y allí, en el medio del quirófano abandonado, seis mujeres se abrazaron. No se conocían del todo. No sabían cómo iba a terminar su historia. Pero sabían una cosa: no estaban solas. Y eso, por el momento, era suficiente.

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