✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Regresando a tus brazos
La medianoche trajo consigo una tormenta que lavó la falsa pureza de las Torres de Marfil. Mientras los niveles inferiores del palacio real aún resonaban con los cantos ebrios de los capitanes de Valkarn, el piso de la biblioteca real permanecía sumido en una oscuridad absoluta. Solo el parpadeo de los relámpagos del exterior iluminaba las gigantescas estanterías de madera sagrada.
Lysandra se movía entre los pasillos de libros como una sombra de seda verde. Había abandonado el banquete fingiendo un dolor de cabeza, pero sus pasos la habían llevado directamente al rincón más profundo de la sala. Allí, oculta detrás de un tapiz que mostraba la fundación del imperio, la esperaba Mael.
—¿Traes el sello del este? —preguntó la princesa en un susurro, sin prender ninguna linterna.
—Lo tengo, majestad —Mael sacó de su casaca un pequeño pergamino enrollado dentro de un tubo de bronce—. Los señores feudales de Osoria han aceptado los términos. Odian al príncipe del norte. Prometen desviar sus barcos de provisiones hacia el sur en menos de diez días, pero exigen una garantía. Quieren saber si usted firmará el decreto de destitución de los ministros corruptos en cuanto tome el control.
—Diles que yo misma firmaré ese papel con tinta de oro —respondió Lysandra, tomando el tubo de bronce—. Envía este mensaje con tu mensajero más veloz antes del amanecer.
De repente, el crujido de una madera gacha al final del pasillo congeló el aire entre ambos.
Mael llevó la mano al pomo de su espada de inmediato. Lysandra agudizó el oído. A través de la rendija del tapiz, vio la silueta de un hombre vestido con la armadura ligera de los exploradores de Zephyria. Era uno de los espías personales de Valkarn. Llevaba una daga desenvainada y se movía con cautela, siguiendo el rastro del aroma del perfume de rosas que la princesa había dejado en el aire.
—Nos siguió desde el salón —susurró Mael, con los dientes apretados—. Si sale de aquí con vida, Valkarn sabrá lo del este antes del mediodía.
—No saldrá de aquí —sentenció Lysandra con frialdad.
La princesa tomó una de las pesadas dagas finas que llevaba ocultas bajo las largas mangas de su vestido verde. Le hizo una señal con la mano a Mael para que se moviera por el pasillo izquierdo, mientras ella rodeaba la estantería central por la derecha.
El espía del norte avanzó un paso más, deteniéndose justo en el cruce de los pasillos de la biblioteca. Miró hacia el suelo, buscando huellas de barro en las alfombras. En ese instante de distracción, Mael golpeó intencionadamente un libro de madera pesada al otro lado de la sala. El espía giró la cabeza con rapidez hacia el ruido, dándole la espalda a las sombras del tapiz.
Lysandra emergió de la oscuridad con una velocidad letal. Antes de que el hombre pudiera gritar o levantar su arma, la princesa le rodeó el cuello con el brazo izquierdo, silenciando su voz, mientras hundía la punta de su daga fina directamente en el espacio blando entre el cuello y la hombrera de la armadura del norte.
El espía se tensó, sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa, y su cuerpo se desplomó pesadamente en los brazos de Lysandra. Mael corrió hacia ellos justo a tiempo para ayudar a sostener el cadáver antes de que hiciera ruido contra el suelo de madera.
—Limpia el pasillo y oculta el cuerpo en las catacumbas debajo de las caballerizas —ordenó Lysandra, limpiando el acero de su daga con un trozo de tela—. Si Valkarn pregunta por él mañana, diremos que probablemente se cayó por uno de los acantilados de niebla debido al vino del banquete. Envía el mensaje al este ahora mismo, Mael. No tenemos más tiempo.
El soldado hizo una reverencia respetuosa, impresionado por la determinación fría de su futura reina, y cargó el cuerpo del espía hacia los pasadizos secretos de la pared.
Lysandra salió de la biblioteca por una puerta lateral que conectaba directamente con las murallas exteriores del ala oeste. La lluvia nocturna la golpeó de inmediato, empapándole el cabello plateado y pegando el vestido verde a su piel, pero el frío del agua era un alivio para la fiebre de rabia que le quemaba el pecho.
Caminó por el pasillo de piedra de la muralla alta, guiándose por el reflejo de los relámpagos. Al final del bastión, junto a una de las gárgolas de mármol que escupían agua hacia el abismo, encontró a la general.
Kaelith estaba sola, de pie bajo la tormenta. Se había quitado la armadura pesada, vistiendo solo la túnica de gala que Valkarn había manchado en el banquete. Tenía un cubo de agua limpia a sus pies y un paño de lino, intentando restregar con furia la mancha roja de vino tinto que empapaba la tela sobre su corazón. Sus manos se movían con tanta fuerza que la tela blanca empezaba a desgarrarse, pero el color rojo del vino parecía haberse fundido con las fibras, negándose a desaparecer.
—No va a salir con agua, Kaelith —habló Lysandra, acercándose despacio por detrás.
Kaelith se detuvo en seco. Soltó el paño de lino, que cayó al suelo de piedra inundado, y giró la cabeza. Al ver a la princesa empapada por la lluvia, con la mirada verde encendida por una mezcla de dolor y orgullo, la general bajó la cabeza, apretando los puños a los lados de su cuerpo.
—Deberías estar en tus aposentos, princesa —dijo Kaelith, con la voz rasposa, mezclándose con el sonido del trueno—. Si Valkarn nota tu ausencia de nuevo...
—Acabo de matar a uno de sus espías en la biblioteca —interrumpió Lysandra, dando los últimos pasos hasta quedar a menos de un palmo de la militar.
Kaelith levantó la vista de golpe, con los ojos oscuros abiertos por el asombro.
—¿Qué has hecho?
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo: defender lo que es mío —Lysandra extendió las manos y las colocó directamente sobre el pecho de Kaelith, cubriendo la mancha roja de vino con sus palmas húmedas—. Vi lo que ese hombre te hizo en el salón. Vi cómo intentó pisotear el honor de la infantería y el tuyo para demostrar que es el dueño de este imperio. Me dolió más que si me hubiera clavado una de sus lanzas de hielo en las costillas.
Kaelith sintió el calor de las manos de la princesa traspasar la tela húmeda de su túnica, calmándole el dolor sordo de su herida del sur. Soltó un suspiro largo y tembloroso, dejando caer los hombros, perdiendo la rigidez militar que la mantenía en pie frente a la corte.
—Soporté la humillación porque me lo pediste en la fortaleza, Lysandra —confesó Kaelith en un susurro, dando un paso al frente, permitiendo que la lluvia lavara el sudor de su rostro—. Soporté que me tratara como a una sirvienta porque sé que estás moviendo tus piezas. Pero ver cómo sonreías mientras él te tocaba la mano... sentí que el veneno de Umbralia regresaba para matarme de verdad.
Lysandra subió sus manos desde el pecho de la general hasta rodearle el cuello, obligando a Kaelith a inclinar la cabeza hacia ella. Sus rostros quedaron tan cerca que las gotas de lluvia que resbalaban por sus frentes se mezclaban antes de caer al suelo.
—Cada sonrisa que le di a Valkarn esta noche fue una mentira, Kaelith —dijo Lysandra, con los ojos verdes fijos en los de la militar, brillando con una intensidad honesta y pura—. El pacto con Osoria está cerrado. Mael ya está enviando el mensaje. Valkarn cree que mañana empezaremos a organizar los altares de la boda, pero lo que realmente estamos organizando es su ruina. Te prometo, por la luz de mis antepasados y por la sangre que derramaste en el cañón, que ese príncipe pagará por cada ofensa que ha osado cometer contra ti.
Kaelith levantó sus manos grandes y callosas, acunando el rostro empapado de la princesa con un cuidado extremo.
—No me importa el imperio, Lysandra —susurró la general, con la voz rota por la emoción—. Soportaré mil banquetes más y limpiaré mil manchas de vino si al final de esta tormenta puedo seguir regresando a tus brazos en secreto. Tu amor es la única orden militar que mi alma está dispuesta a obedecer hasta la muerte.
Lysandra no respondió con palabras. Se impulsó hacia adelante, uniendo sus labios con los de Kaelith en un beso cargado de toda la furia, el consuelo y el deseo reprimido de esa noche de apariencias falsas. Fue un beso largo, profundo, donde el sabor de la lluvia se mezcló con la calidez de sus bocas, borrando por completo el recuerdo de los nobles, de Valkarn y de las cortes frías del palacio real.
Kaelith la rodeó con sus brazos, levantándola levemente del suelo de piedra de la muralla, fundiéndose en un abrazo desesperado que desafiaba a los relámpagos del cielo. En mitad de esa fortaleza llena de traidores y enemigos, ellas habían encontrado su propio campo de batalla personal, y estaban decididas a ganarlo juntas, sin importar cuántas cabezas tuvieran que cortar en el proceso.