Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
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Capítulo 4
Capítulo 4
—Con razón la señorita Salcedo canceló la boda.
—Pues sí. Con ese historial, cualquiera.
—Yo venía por pastel y terminé viendo una guerra familiar.
La capilla se llenó de murmullos.
No había tantos invitados. La mayoría eran familiares, algunos socios y dos o tres conocidos que vinieron por compromiso. Pero justo por eso el chisme ardía más. Todos se conocían. Todos sabían a quién llamar después.
En el círculo empresarial había escándalos.
Pero lo de los Salcedo y los Morales ya era otro nivel.
Luna no dejó que el ruido la moviera.
Miró al licenciado Torres.
—Licenciado, por favor encárguese personalmente de su baja. Páguenle tres meses de sueldo. Y deje claro en el expediente que Grupo Rivas la despidió.
Renata se quedó sin aire.
El licenciado Torres no preguntó más.
Era el asesor legal de Grupo Rivas desde hacía años. No se casaba con nadie, no seguía bandos y dentro de la empresa su palabra pesaba.
—Sí, señora Rivas.
Señora Rivas.
El título cayó limpio.
Luna sintió que algo dentro de ella se acomodaba.
El licenciado miró los papeles y luego a Luna. Antes, ella casi no se metía en la empresa. Él llevaba años preocupado por el legado de Viviana Rivas. Temía que, en manos de Luna, Grupo Rivas acabara devorado por los Salcedo.
Hoy, por primera vez, respiró un poco.
La heredera había despertado.
Luna volvió la mirada hacia Renata.
—¿Con qué derecho te despido? Con el derecho de dueña. Y por una razón muy simple: lo que hiciste daña gravemente la imagen de Grupo Rivas.
Renata abrió la boca.
Luna no la dejó hablar.
—Eras directora de relaciones públicas. Mínimo debías entender qué es una reputación. Te metiste con el prometido de tu hermana, aceptaste ser la amante, escondiste una hija ilegítima y todavía viniste a pararte aquí como víctima.
Su voz fue tranquila.
Eso la hizo peor.
—Cualquiera de esas cosas basta para que no cumplas con nuestros estándares.
—¡No es cierto! —Renata negó con fuerza—. ¡Estás mintiendo!
Mateo por fin salió del shock.
—Luna, no es como crees. Escúchame.
Intentó tomarle el brazo.
No alcanzó.
Damián la movió hacia su lado antes de que Mateo la tocara.
Sus ojos bajaron a la mano de Mateo.
Fríos.
—Señor Morales, su mujer está allá.
Señaló a Renata.
Luego miró la foto congelada en la pantalla, la del bebé en el hospital, y soltó una frase con calma venenosa.
—Qué bonita familia de tres. Se ven muy compatibles. No imaginé que el joven Morales, tan famoso por ser fiel, amable y educado, también tuviera talento para vivir con dos caras. Qué peligroso creer en los rumores.
Luna tuvo que morderse la lengua para no reír.
Damián tenía la boca más filosa de lo que parecía.
Con una sola frase le arrancó a Mateo la máscara de caballero que llevaba años puliendo.
Mateo y Renata se pusieron rígidos.
El golpe les dolió justo donde más importaba: la reputación.
Mateo respiró hondo y volvió a ponerse su cara de hombre herido.
—Luna, escúchame. Lo de Renata y yo fue un malentendido. Un accidente. Tú sabes lo que siento por ti. Siempre has sido la única en mi corazón. La única mujer con la que quiero casarme eres tú.
Luna sintió náusea.
¿Hasta ahí llegaba su descaro?
Después de las fotos, después del bebé, todavía quería hablarle de amor.
—Mateo Morales, guarda esas frases asquerosas para Renata. A ella tal vez todavía le sirven.
La cara de Mateo ardió.
Su caballerosidad empezó a cuartearse.
Renata reaccionó rápido. Siempre supo lo que quería y cómo ajustar el plan cuando algo salía mal.
—Hermana, de verdad lo estás malinterpretando. Lo de Mateo y yo fue un accidente. Además, pasó hace mucho. Por ti, hace años cortamos todo. Alguien quiere separarte de Mateo y está usando esas fotos.
Luna soltó una risa fría.
Esta pareja no lloraba hasta ver el ataúd.
Muy bien.
Entonces lo haría completo.
Volvió a tocar la pantalla de su celular.
El proyector cambió.
Esta vez fue video.
Y tenía audio.
La fecha era de la noche anterior.
En la pantalla apareció una niña pequeña. Estaba sentada entre Mateo y Renata, con una sonrisa inocente.
—Papá, mamá, ¿cuándo va a nacer mi hermanito para jugar conmigo?
La mano de Renata se posó sobre su vientre.
Su voz salió dulce.
—Mi amor, mamá apenas tiene un mes de embarazo. Cuando estés un poquito más grande, tu hermanito podrá jugar contigo.
El video era corto.
Suficiente.
Una familia de tres.
Y otro hijo en camino.
El silencio fue brutal.
Mateo acababa de decir que solo amaba a Luna.
Renata acababa de decir que todo había terminado hace años.
La pantalla los abofeteó a los dos delante de todos.
—No manches...
—Entonces sí siguen juntos.
—Y ella está embarazada otra vez.
—Qué par de cínicos.
—Esto ya quedó clarísimo.
Renata tambaleó.
Mateo apretó los puños.
Entonces, como si la capilla no tuviera suficiente caos, la puerta se abrió de golpe.
—¡Señor Salcedo!
—¡Señor Morales!
Entró un grupo de reporteros con cámaras y luces. Los flashes empezaron a reventar uno tras otro.
—Señor Salcedo, ¿es verdad que la boda se canceló por infidelidad?
—¿Las fotos y el video son auténticos?
—¿Grupo Salcedo está en problemas financieros?
—¿Este matrimonio era una alianza comercial?
Los reporteros se fueron directo sobre Ernesto.
Ernesto, con la muñeca rota y la frente llena de sudor, ni siquiera pudo escapar.
Mateo fue el primero en recuperar algo de cabeza.
—Saquen a la prensa. Ahora. Y bloqueen la nota.
Luego se acercó a Luna, bajando la voz como si todavía pudiera convencerla.
—Luna, esto es entre nosotros dos. Si se hace público, nos va a perjudicar a todos. Acabas de tomar Grupo Rivas y no entiendes el alcance. No hagas berrinche. Primero resolvamos esto juntos. Lo demás lo hablamos después.
Luna sonrió.
De verdad sonrió.
—Señor Morales, creo que estás confundido.
Mateo se quedó quieto.
—Que tú te hayas metido con tu cuñada afecta las acciones de Grupo Morales. Que la segunda hija de los Salcedo sedujera a su futuro cuñado y quedara embarazada antes de casarse afecta a Grupo Salcedo.
Luna acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja.
—A Grupo Rivas solo le afecta perder a una directora de relaciones públicas. Una muy pequeña, por cierto.
Mateo la miró.
Vio la seguridad en sus ojos y por fin entendió.
—Fuiste tú.
Luna no lo negó.
—Estos reporteros... tú los llamaste.
—Sí.
Su respuesta fue limpia.
—Un escándalo tan bueno no se desperdicia.
Mateo la observó como si no la reconociera.
No podía creerlo.
La Luna que conocía no tenía esa cabeza. No era capaz de organizar una trampa así.
Entonces, en su mente, la respuesta fue obvia.
Damián Alcázar.
Tenía que ser Damián.
Luna vio esa conclusión en su cara y no se molestó en corregirlo.
Que pensara lo que quisiera.
—Señor Morales, en vez de hablar conmigo, deberías pensar cómo vas a limpiar tu desastre.
Lo miró con una rabia que ya no quiso esconder.
En su memoria seguía la mesa de operaciones. La sangre saliendo de su cuerpo. La voz de Mateo eligiendo a Renata. Su espalda alejándose.
Ese hombre la dejó morir.
El pecho le tembló.
Damián lo notó.
Su brazo se cerró alrededor de su cintura.
—Vámonos.
Ya no era una invitación.
Damián no quiso seguir cooperando.
La sacó de la capilla mientras los reporteros devoraban a los Salcedo y a los Morales.
Mateo los vio alejarse.
La sombra en sus ojos se volvió oscura, casi violenta.
Maldita sea.
Fuera de la capilla, el sol le cayó a Luna en la cara.
Respiró hondo.
Esto apenas empezaba.
Iba a cobrarlo todo.
Uno por uno.
—Sube.
La voz de Damián le heló la espalda.
Luna giró lentamente.
El chofer ya estaba lejos, fingiendo revisar algo junto a otro auto. En cuanto vio la cara de su jefe al salir, decidió que vivir era más importante que abrir puertas.
Seguro la señora Alcázar había vuelto a engañar al señor.
Y cuando el señor Alcázar se veía así, nadie con amor propio se acercaba.
Luna tragó saliva.
Una voz en su cabeza le dijo que corriera.
Su cuerpo, traidor, no obedeció.
Damián abrió la puerta del conductor y subió.
Luna se metió al asiento del copiloto a toda prisa.
El motor rugió.
El auto salió disparado.
Las calles pasaban como manchas por la ventana. Luna apretó la agarradera sobre la puerta y miró a Damián de reojo.
¿Lo había ofendido?
No.
O eso creía.
Hace un momento todo iba bien.
—Ehm... ¿quieres orillarte un segundo?
Damián no respondió.
El auto iba demasiado rápido. El frío que salía de él era peor que la velocidad.
Los árboles a los lados parecían retroceder en pedazos verdes.
Luna respiró hondo.
—Damián, detente. Tenemos que hablar.
—¿De qué quieres hablar?
La voz fue plana.
Más peligrosa por eso.
Luna pensó rápido. Abrió la boca, la cerró y eligió una frase menos suicida.
—Primero detente. Voy a marearme.
Pensó que la ignoraría.
Pero Damián dudó unos segundos y luego se orilló.
El auto se detuvo.
Luna soltó la agarradera. Tenía los dedos blancos.
Había que suavizar el ambiente.
Buscar un tema.
Cualquier tema.
—Ya tomé Grupo Rivas —dijo con cuidado—, pero no tengo experiencia manejando una empresa. Entonces estaba pensando...
Damián la miró.
Luna juntó valor.
—¿Puedo tomarte como maestro?
Era lógico.
Damián empezó a jugar con capital a los dieciséis años. Su visión comercial, sus métodos, su forma de controlar empresas... todo estaba a otro nivel.
Si podía aprender aunque fuera un poco de él, manejar Grupo Rivas sería mucho menos difícil.
Además, era su esposo.
Tener al maestro en casa debía servir de algo.
Claro, con todo lo que ella le había hecho antes, no estaba segura de que aceptara.
Por eso abrió bien los ojos y trató de verse sincera.
Muy sincera.
Damián sonrió apenas.
Pero la sonrisa fue más fría que una lluvia de noviembre.
—Entonces lo único que quieres hablar conmigo es Grupo Rivas.
Luna parpadeó.
Sus dedos le tomaron la barbilla.
La otra mano subió despacio a su mejilla.
El contacto estaba helado.
Luna se quedó rígida en el asiento. Quiso leerlo, entender qué demonios le pasaba, pero la mente se le puso en blanco.
¿Además de Grupo Rivas había otra cosa importante?
Solo quería pedirle clases.
No era como si fuera a competir contra él.
¿Había roto alguna regla de negocios?
Importante...
Algo importante...
Ah.
—¡El acta!
Luna aprovechó para quitarle la mano de la barbilla y extendió la palma.
—Quieres hablar del acta de matrimonio, ¿verdad? Dámela.
En dos vidas nunca había tenido su propia acta. Pensó que Damián había roto las dos copias, pero todavía quedaba una.
Eso le quitaba una espina.
—La tiré.
Damián miró hacia el frente.
Si seguía viéndola, quizá sí iba a estrangular a esa mujer sin corazón.
Luna se quedó helada.
Luego explotó.
—¡Damián Alcázar! ¿Con qué derecho tiraste mi acta? Primero la rompes, luego la tiras. ¿Qué quieres?
Damián apretó el volante.
Los nudillos se le pusieron blancos.
¿Qué quería?
¿Ella no lo sabía?
Claro que lo sabía.
Solo fingía no saber.
Quería el acta porque pensaba en divorciarse.
Siempre pensaba en escapar.
Siempre encontraba una forma de mentirle.
Casarse con él. Pedirle que cooperara. Tomarlo del brazo frente a Mateo. Por un momento, Damián creyó que tal vez, solo tal vez, lo ocurrido anoche había movido algo en ella.
Qué idiota.
Luna solo quería usarlo.
Mateo la traicionó, así que buscó a otro hombre para vengarse.
Y él fue ese hombre.
Una herramienta.
En la capilla lo vio todo. Ella lo usó para herir a Mateo, para tomar Grupo Rivas, para pararse más alto.
Y a él le ardió el pecho como si le hubieran vertido lava.
Esa mujer sabía exactamente cómo torturarlo.
Le daba un poco de dulzura.
Luego le clavaba el látigo.
—¿Qué quiero? —Damián habló bajo—. ¿De verdad no lo sabes?
Luna lo miró sin entender.
—Luna Salcedo, no vuelvas a probar mis límites. Te vas a arrepentir.
La Luna de antes habría respondido con veneno.
La de ahora estaba cansada, confundida y con dolor de cabeza.
Ella ya no lo culpaba por la muerte de su madre. Estaba intentando llevarse bien con él.
¿Por qué era tan difícil?
Además, ¿cómo iba a saber qué pensaba Damián?
No vivía dentro de su cabeza.
¿Sus límites?
¿Cuáles límites?
Luna frunció el ceño y trató de ordenar las ideas.
Le debía una disculpa por años de malentendidos.
Lo había provocado demasiadas veces.
Tal vez debía hablar con calma.
Abrió la boca.
No alcanzó a decir nada.
Todo se oscureció frente a ella.
Un olor frío, como menta y hielo, le invadió la boca.
Damián le sujetó la nuca y la besó.
No fue un beso suave.
Fue furia.
Fue reclamo.
Fue un hombre perdiendo el control.
Luna empujó su pecho, pero Damián avanzó sobre ella, devorándole el aire. El beso era húmedo, duro, dominante. Ella sintió que el oxígeno se le iba, que podía desaparecer dentro de él.
Ring.
El celular sonó dentro del auto.
La vibración rompió por un segundo la locura.
Luna empujó con ambas manos.
—Damián...
No podía respirar.
Damián frunció el ceño, tomó el celular que sonaba y lo arrojó por la ventana sin mirar.
El aparato cayó en algún lugar de la calle.
Luna aprovechó el instante.
Abrió la puerta de golpe.
Y escapó del auto.