Valeria Salcedo murió traicionada por su esposo y por la mujer que llamaba hermana. Le quitaron su empresa, su familia, su dignidad y, al final, la vida.
Pero despertó de nuevo.
Esta vez volvió al día en que todo empezó: la mañana después de su boda, justo cuando estaban por acusarla de haber engañado a su marido. Solo que ahora Valeria ya sabe quiénes son sus enemigos, qué quieren quitarle y cuánto están dispuestos a destruirla.
Para sobrevivir, necesita poder. Y el poder tiene nombre: Santiago Alcázar, el hombre más temido del mundo empresarial mexicano.
Él no confía en ella. Ella tampoco piensa enamorarse de él.
Su matrimonio empieza como un trato: ella usará su apellido para vengarse, él usará sus secretos para encontrar la verdad de una mujer que nunca pudo olvidar.
Pero entre besos, amenazas, celos y enemigos que no dejan de aparecer, Valeria descubrirá que renacer no solo significa ajustar cuentas.
También puede significar aprender a elegir, por primera vez, a quién dejar entrar en su vida.
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Capítulo 19
Capítulo 19
—Entonces vendré todos los días con el cadáver de mi madre a la casa Alcázar. Citaré a los medios una y otra vez. Tal vez no pueda tocar al señor Alcázar, pero sí puedo manchar su reputación. Una vida humana siempre merece algo de justicia.
Damián se mostró arrogante.
No le dio oportunidad a Valeria de responder.
Se acercó a Santiago.
—Señor Alcázar, de verdad tiene pésimo gusto. ¿Aceptar a una mujer divorciada? No voy a perder más tiempo. Quinientos millones. Me da el dinero y desaparezco. Al final Valeria y yo fuimos esposos. También quiero verla feliz.
Valeria apretó los puños. Luego caminó hasta Santiago.
—Señor Alcázar, quiero su cinturón.
—¿Mi cinturón?
—Sí.
Ella sonrió.
Santiago no entendió, pero se lo quitó y se lo entregó.
—Valeria, ¿desde cuándo te metiste con el señor Alcázar? Dices que yo te traicioné, pero tú ya me habías traicionado, ¿verdad? Ahora te haces la víctima. Perra, qué buena suerte tienes. El señor Alcázar te escogió. Señor Alcázar, como hombre tengo que decirle algo: usted no es nada exigente. Recogió mi...
Antes de que pudiera decir la última palabra, Santiago ya iba a moverse.
Valeria fue más rápida.
Le soltó un cinturonazo.
—¡Estás loca!
Damián gritó de dolor.
—Loco estás tú por hablar tanta basura. Te atreviste a insultar al señor Alcázar. Si buscas morir, ¿por qué voy a ser amable?
Valeria tomó el cenicero de la mesa y se lo reventó en la cabeza.
Damián vio negro y cayó al suelo.
Ella no se detuvo.
Levantó una silla y la estrelló contra él.
—¡Ah!
Damián gritó, tirado. Intentó levantarse, pero el dolor de la espalda no lo dejó hacer más que retorcerse.
Valeria recogió el cenicero y lo dejó caer sobre sus brazos.
Una vez.
Otra.
En la vida anterior, Damián le destrozó las manos así.
En esta vida él iba a devolverlo.
Santiago apretó los puños.
Miró el odio en los ojos de Valeria y la precisión con la que golpeaba.
¿Qué clase de rencor podía empujarla a tratar así a Damián?
—Ya no quiero dinero. No quiero nada —suplicó Damián.
—Tarde.
Valeria se detuvo solo cuando oyó el sonido de los huesos rompiéndose.
—Me equivoqué. Valeria, nunca volveré a hacerlo. No me mates.
El sudor le cubría la frente. Estaba aterrorizado.
Los cinturonazos siguieron.
—¡Sálveme, señor Alcázar! Esta mujer también va a matarlo. ¡Sálveme! ¡Ayuda!
—Soy cruel gracias a ti, Damián. ¿Quieres vivir?
Damián tragó saliva.
—Dime quién está detrás de ustedes y te dejo ir.
Damián tembló, pero no habló.
Valeria le dio una patada en el abdomen. Él escupió sangre.
—Si no quieres decirlo, no importa. Tengo tiempo. No voy a matarte todavía. Te dejaré una respiración para encontrar al culpable de atrás.
Le dio dos golpes más.
—Señor Alcázar, esta mujer está loca. Si se casa con ella, lo va a matar con sus propias manos. Se va a arrepentir. Mi hoy será su mañana.
Damián empezó a vomitar sangre y se desmayó.
Martín acababa de entrar. Al ver la escena, se quedó sin palabras.
—Señor Alcázar, llévenlo al hospital.
Valeria devolvió el cinturón.
Santiago hizo una seña y Martín se encargó.
Luego tomó a Valeria de la mano y la llevó a la habitación.
Santiago le levantó ambas manos sobre la cabeza y la presionó contra la cama con su cuerpo.
—Eres muy cruel. De verdad, no hay veneno como el de una mujer.
Valeria bajó la mirada y sonrió.
—¿Cruel? ¿Veneno de mujer? Si a nosotras no nos obligaran, ¿quién querría vivir llena de odio? Yo devuelvo diente por diente y violencia por violencia. ¿Dónde está el error? Ya se lo dije: no pida bondad a quien no conoce mi dolor.
—Si sabes que Damián tiene alguien detrás, ¿por qué provocarlo así? ¿No temes morir?
—Justamente porque temo morir.
La voz le tembló.
Quien ya murió una vez entiende que, para vivir, a veces los otros tienen que caer primero.
—Señor Alcázar, no se preocupe. No me pasará nada. Además, usted me protegerá, ¿verdad?
Valeria volvió a sonreír.
Santiago frunció el ceño.
Era la primera vez que no podía leer a alguien.
Y era una mujer.
—Valeria Salcedo, eres un misterio.
—Cuando pueda contarlo, lo haré. Lo que hago no lo va a arrastrar a usted.
Santiago acercó su nariz a la de ella.
—Aunque nuestro matrimonio sea por contrato, no voy a quedarme mirando si estás en peligro. Además, anoche...
Valeria se sonrojó.
—Conozco nuestro contrato. No hace falta que me lo recuerde todo el tiempo. Lo de anoche fue un sueño. Ya despertamos. No volverá a pasar. Si no hay nada más, me voy.
Intentó levantarse, pero él le tomó la muñeca.
—¿Algo más?
Santiago puso una navaja pequeña en su palma.
—Guárdala para defenderte. Es pequeña, pero corta bien. No quiero ser viudo.
—Gracias.
Valeria la aceptó y salió.
En la puerta se detuvo. La luz del sol caía sobre Santiago y lo hacía verse absurdamente guapo.
—¿Le gusta llamarme Vale?
Valeria sonrió.
“Vale, no te vayas. No digas que te vas”.
Él lo había dicho anoche.
Pero quizá no era para ella.
—Parece que prefiero Valeria. De ahora en adelante te llamaré Valeria.
Ella asintió.
—Como quiera. Me voy. Cuide la herida de la espalda. No la moje, puede infectarse.
—En unos días iré a los Salcedo para hablar de la boda.
—Bien.
Valeria se fue.
Santiago miró su espalda hasta que desapareció.
—Nadie puede ser Valentina.
Martín subió rápido, todavía afectado por la escena anterior.
—Señor, ella es demasiado violenta. Aunque se parezca a Valentina, no es Valentina. Son completamente distintas. ¿No será un error casarse con ella? Tal vez debería cancelar la boda.
—Valeria me dio el collar.
La cara de Martín se oscureció al instante.
—¿Cree que necesito casarme con ella?
Santiago sonrió.
—Yo...
Santiago apoyó una mano en su hombro.
—Tranquilo. Voy a investigar lo que pasó aquel año. Encontraré a todos los involucrados. Pero no podemos alertarlos. No dejes que Valeria descubra nada.
—¿Se enamorará de ella?
y ahí se dan cuenta que es una sustituta y arde Troya ella merece a alguien que la quiera a ella no a un recuerdo