Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
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Capítulo 13: Las bromas que ya no son juego
Llevaban dos semanas trabajando en el proyecto y la tensión no hacía más que crecer.
Aquel instante en la biblioteca, en el que por un segundo pareció que bajaba la guardia, había asustado a Tomás.
No entendía por qué su mente dejaba de odiarla por momentos, por qué le daba curiosidad o por qué le molestaba verla mal.
Para él, esa confusión era una debilidad, y la única forma que conocía de combatirla era volviéndose más duro, más frío y más agresivo.
Si la trataba peor que antes, pensaba, volvería a tener el control y borraría cualquier señal extraña en su pecho.
Así que, poco a poco, las bromas volvieron, pero ya no eran empujones a la vista de todos.
Ahora eran más calculadas, más pesadas y hechas en los momentos en que ella estaba más desprevenida.
Esa tarde, reunidos en el aula vacía para organizar la exposición, Valeria y Camila se habían ido un momento a buscar material a la sala de profesores, dejándolos solos unos minutos.
Aylany tenía sus apuntes extendidos sobre la mesa, ordenando las hojas con calma, cuando sintió que Tomás se acercaba por detrás sin hacer ruido.
—¿Siempre tienes que dejar todo tan perfecto?
—dijo con esa voz cargada de burla —.
Parece que tienes miedo a que se note que no eres tan capaz como aparentas.
Aylany se giró con el ceño fruncido.
—Solo hago bien mi trabajo, igual que siempre.
No entiendo por qué te molesta tanto.
—Me molesta que creas que todo te sale bien solo porque tienes dinero —
respondió él, y en un movimiento rápido y sin que ella pudiera reaccionar, tomó el cuaderno donde ella tenía todo el resumen escrito con tanto cuidado y lo dejó caer al suelo, justo en un charco de agua que alguien había derramado cerca de la puerta.
—¡No! —gritó ella, agachándose de inmediato, pero ya era tarde.
Las hojas se empaparon, la tinta se corrió y lo que había escrito durante días se borraba ante sus ojos.
Tomás se quedó de pie, mirándola con una sonrisa torcida, aunque en el fondo de su mirada había un destello de inquietud que intentaba ocultar.
—Fue un accidente —dijo con falsa inocencia O tal vez deberías tener más cuidado con tus cosas de lujo.
Aylany se levantó temblando de rabia y frustración, con las hojas mojadas en la mano.
—Esto no es un accidente, Tomás.
Ya no son bromas.
Estás buscando hacerme daño a propósito.
—¿Y qué si lo hago?
—respondió él acercándose un paso, desafiante—.
Mientras estés aquí, vas a tener que acostumbrarte.
Cuanto más intentes parecer intocable, más difícil te lo voy a hacer.
Pero no fue solo eso.
Al día siguiente, cuando Aylany abrió su casillero para sacar sus libros, encontró sus útiles mezclados con basura, sus cuadernos rotos por las esquinas y su uniforme interior manchado con una sustancia que costaba mucho quitar.
Y cuando quiso denunciarlo, él se presentó ante los profesores con esa actitud tranquila y desinteresada, diciendo que no tenía nada que ver, que ella siempre lo señalaba a él sin pruebas.
—Es tu palabra contra la mía —
le dijo en el pasillo, bajito para que solo ella lo escuchara—.
Y aquí, la niña rica que se queja de todo no siempre tiene la razón.
Las bromas se volvieron cada vez más pesadas y variadas: le cambiaba las respuestas en las hojas de ejercicios cuando no miraba, le escondía las llaves de su mochila, le hacía comentarios hirientes en voz alta en medio de la clase sobre su forma de vestir o de hablar, buscando que todos se rieran de ella.
Cada vez que sentía que algo en su interior le decía que parara, que se sentía mal por verla agachar la cabeza o apretar los labios para no llorar, se convencía de que era culpa de ella, de que tenía que seguir haciéndolo para no perder su orgullo.
Valeria y Camila no podían estar cada segundo para protegerla.
—Esto se está pasando de la raya —le decía Valeria, furiosa—.
Ya no son juegos, es acoso.
—Lo sé —respondía Aylany con voz cansada, pero firme—.
Pero si me rindo, gana.
Y no voy a dejar que crea que puede romperme.
Una tarde, mientras recogía sus cosas después de clase, Tomás pasó a su lado y le empujó el hombro con más fuerza de lo necesario, haciendo que sus libros cayeran al suelo.
Ella se agachó para recogerlos, y él se detuvo, mirándola desde arriba.
—¿Te das cuenta?
—le dijo con tono frío—.
Mientras estés en este colegio, no vas a tener un día en paz. No te voy a dejar respirar.
Pero en cuanto dio la vuelta para irse, sintió una punzada extraña en el pecho, como si esas palabras le dolieran más a él que a ella.
Se preguntó por qué, si tanto la odiaba, verla así no le daba la satisfacción que esperaba.
No lo entendía, y por eso mismo, decidió que las bromas serían aún más pesadas la próxima vez: para convencerse a sí mismo de que seguía odiando, aunque algo dentro de él empezaba a decirle que esa mentira ya no le servía.