En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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Las palabras que desafiaron al destino.
"A veces, el mayor acto de amor no es decir 'te quiero', sino intentar cambiar el destino de la persona que amas, aunque nadie llegue a saberlo."
El silencio envolvió la habitación.
Solo se escuchaba el suave golpe de la lluvia contra los cristales y el viejo reloj del pasillo, que seguía avanzando con un ritmo lento y constante.
Táctil...
Táctil...
Akira sostenía la carta con ambas manos.
El papel, amarillento por el paso del tiempo, parecía tan frágil que cualquier movimiento brusco podía deshacerlo.
Frente a él, Hana esperaba.
Su respiración era corta.
Ni siquiera recordaba haber escrito aquellas palabras.
Kuro permanecía junto a la ventana, observando el exterior.
El Guardián del Umbral mantenía los ojos cerrados, como si ya conociera el contenido de la carta.
Akira tragó saliva y continuó leyendo.
"Hola, Akira.
Espero que nunca tengas que leer esto.
Si lo estás haciendo... significa que pasó algo malo. Muy malo."
Akira levantó la vista un instante.
La letra era infantil, pero sorprendentemente ordenada.
Cada palabra transmitía una sinceridad que le oprimía el pecho.
Volvió a leer.
"Hoy tuve otro sueño."
"No fue como los anteriores."
"Esta vez fue tan real que todavía tengo miedo."
"Soñé con el río."
"Soñé con lluvia."
"Soñé contigo llorando mientras gritabas mi nombre."
La habitación quedó completamente en silencio.
Hana llevó lentamente una mano a su boca.
—Yo... sonaba eso...
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Ahora lo recuerdo...
Akira continuó.
"No quiero contárselo a papá porque sé que pensará que solo fue una pesadilla."
"Pero tú siempre me escuchas".
"Por eso escribo esta carta."
"Tengo miedo de que el festival termine mal."
"Tengo miedo del río."
"Y tengo mucho miedo de perderte."
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Hana.
Nunca había hablado de aquellos sueños.
Ni siquiera con su padre.
Solo los había dejado escritos.
Como si, en el fondo, hubiera sentido que alguien los leería algún día.
Akira pasó lentamente la hoja.
Las siguientes líneas estaban escritas con más fuerza.
Como si hubiera dejado querido muy claro aquel mensaje.
"Si esa noche empieza a llover..."
"Prométeme que nos iremos a casa."
"No quiero ir al puente."
"No quiero acercarme al río."
"Por favor..."
"No me dejes sola."
La carta tembló entre las manos de Akira.
Un dolor punzante atravesó su cabeza.
Y apareció un nuevo recuerdo.
El festival.
Los puestos iluminados.
El aroma de los dulces.
Hana tirando suavemente de su manga.
—Akira...
—¿Qué pasa?
—¿Podemos volver a casa?
Él la había mirado sorprendida.
—¿Tan temprano?
-Si...
No se sentía bien.
Pero en ese momento unos amigos lo llamaron desde el otro lado de la plaza.
—¡Akira! ¡Ven!
Él dudó.
Solo unos segundos.
Luego sonrió.
—Espérame aquí.
Solo será un momento.
La pequeña Hana involucra.
Y esa fue la última vez que la vio con vida.
El recuerdo terminó.
Akira cayó de rodillas.
Las lágrimas brotaban sin control.
-No...
Su voz apenas era un susurro.
-No...
Hana corrió hacia él.
—¿Qué recordaste?
Él no podía mirarla.
No podía soportarlo.
—Me pedíste que nos fuéramos.
Ella quedó inmóvil.
—¿Qué...?
—Tenías miedo.
Querías volver a casa.
Y yo...
Su voz se quebró.
—Yo te dejé sola.
El mundo pareció detenerse.
Hana sintió que su corazón se encogía.
Poco a poco, los recuerdos también comenzaron a regresar.
Recordó haber esperado junto a la fuente.
Recordó mirar una y otra vez hacia donde Akira había desaparecido.
Recordó la lluvia.
Y recordé haber salido a buscarlo.
—No fue tu culpa... —susurró.
Pero Akira negó con fuerza.
—¡Sí lo fue!
Si hubiera ido contigo...
Si hubiera escuchado...
Nada de esto habría pasado.
La culpa de haber acompañado a Hana durante doce años parecía trasladarse ahora al corazón de Akira.
El Guardián observó la escena con una profunda tristeza.
—Los recuerdos siempre pesan más que el olvido.
Kuro dio un paso adelante.
—Pero todavía no conocemos toda la verdad.
Akira levantó la vista.
—¿Qué quieres decir?
Kuro señaló la carta.
—Sigue leyendo.
Creo que aún queda algo.
Akira respiró hondo y pasó a la última página.
Allí encontré unas líneas diferentes.
La tinta estaba corrida, como si hubiera caído agua sobre el papel antes de secarse.
"Hay otra cosa que debo contarte."
"No sé si fue un sueño."
"O si realmente ocurrió."
"Hace tres noches vi a un hombre cerca del puente."
"Vestería un abrigo negro."
"No podía verle el rostro."
"Pero hablaba con papá."
"Cuando intenté acercarme..."
"El hombre me miró."
"Y me dijo algo que todavía no puedo olvidar."
Akira sintió un escalofrío.
La siguiente frase estaba escrita con una caligrafía temblorosa.
"Él dijo..."
"Algunas almas nacen para encontrarse."
"Y otras..."
"Para ser separadas."
Un fuerte estruendo sacudió la casa.
La ventana del dormitorio estaba en mil pedazos.
El viento entró violentamente.
Las hojas del diario comenzaron a volar por la habitación.
El Guardián abrió los ojos de golpe.
Por primera vez, su expresión mostraba una verdadera preocupación.
-No...
Kuro giró inmediatamente hacia el bosque que rodeaba la casa.
—Nos encontramos.
— ¿Quién? —preguntó Akira, poniéndose de pie.
El Guardián caminó lentamente hasta la ventana destruida.
Miró la oscuridad entre los árboles.
Y habló con una voz grave.
—Aquel hombre nunca fue un recuerdo.
Nunca fue un sueño.
Era real.
Y ha estado esperándolos durante doce años.
En ese instante, entre los árboles, apareció una silueta bajo la lluvia.
Llevaba un abrigo largo negro.
Su rostro permanecía oculto por la sombra de un sombrero antiguo.
Pero había algo imposible de ignorar.
Sonreía.
Como si supiera que el momento había llegado.
Levantó lentamente la mano derecha.
Y señaló directamente a Akira.
Luego, con una voz fría y serena, pronunció una única frase.
—Por fin despertaste.
El corazón de Akira se detuvo.
Porque aquella voz...
La había escuchado antes.
No en un sueño.
No en un recuerdo.
Sino mucho tiempo atrás.
En un lugar que todavía no podía recordar.