Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Esto no debió pasar, fue un error
...CAPÍTULO 23...
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...ANGELA SALLES...
El dolor me golpeó detrás de los ojos antes de que pudiera abrirlos. Una migraña punzante, el cobro obligatorio de los martinis de anoche, me perforaba la cabeza.
Me removí entre las sábanas desordenadas, sintiendo el frío en el lado vacío de la cama.
Asher ya no estaba a mi lado.
Me senté despacio, sosteniéndome la frente, y recorrí la habitación con la mirada. No se había marchado.
Estaba sentado en uno de los sillones individuales de la suite, completamente vestido con unos vaqueros y una camiseta limpia, con la cabeza apoyada hacia atrás y los ojos cerrados.
Parecía dormido, pero apenas sintió el peso de mi mirada sobre él, abrió los ojos de golpe. Su rostro reflejaba el mismo cansancio físico y mental que yo sentía.
—Buenos días, Ángela —me dijo con la voz ronca, enderezándose en el asiento—. ¿Dormiste bien?
Intenté tragar saliva, pero tenía la boca pastosa debido a la resaca.
—Buenos días —respondí.
Asher se puso de pie. Me di cuenta de que se había levantado temprano porque, en lugar de estar sumido en el caos de la noche anterior, se acercó a la mesa de noche y tomó un vaso de agua donde había disuelto un analgésico efervescente.
Se acercó a la cama y me tendió el vaso.
—Te conoces los trucos para la migraña —comenté con una sonrisa débil, tomando el vaso.
—¿Te sientes bien? —me preguntó, quedándose de pie a un lado del colchón.
Asentí en silencio mientras le daba un sorbo largo a la bebida. El líquido helado me alivió la garganta, pero mientras tomaba, no le quité los ojos de encima.
Lo miraba fijamente, analizando la tensión en sus hombros, la forma en que evitaba sostener mi mirada por más de dos segundos y cómo jugaba con sus propias manos.
—Te veo preocupado, Asher —le solté, dejando el vaso en la mesita.
Él soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por el cabello, y finalmente me miró.
—Esto se nos fue de las manos, Ángela —dijo, y noté la culpa en su voz—. Lo de anoche... no debió pasar. Lo siento. De verdad me siento fatal con todo esto. No debimos hacerlo.
Un balde de agua fría me habría espabilado menos que sus palabras. El peso de la realidad nos cayó encima de golpe. Me limité a asentir despacio, manteniendo la espalda recta, tragándome el orgullo que amenazaba con salir.
Al notar mi silencio, Asher dio medio paso hacia adelante, como queriendo enmendar la dureza de sus palabras, desesperado por no lastimarme.
—Ángela, por favor, no lo malinterpretes —insistió, con los ojos suplicantes—. Te mentiría si te dijera que no extrañaba tu piel. Te mentiría si te dijera que no extrañaba sentirte. Pero... sabes perfectamente que esto no está bien. No bajo estas circunstancias.
—Lo entiendo, Asher —lo interrumpí, levantando una mano para frenarlo. No necesitaba que se explicara más, no quería escuchar una lista de justificaciones que solo harían la situación más incómoda—. No te preocupes. Haré como si esto nunca hubiera pasado. Fue la noche, el alcohol, el desastre de la semana. Quédate tranquilo.
Asher apretó los labios, asintiendo lentamente, aunque mi respuesta pareció dejarle un sabor amargo.
—Me voy hoy mismo para Milán —me lanzó—.Verónica ya está empacando. Así que... supongo que esta es la despedida, Ángela.
Lo miré desde la cama, envuelta en las sábanas, sintiendo el peso de los seis años de distancia instalarse de nuevo entre nosotros, esta vez para siempre.
—Buen viaje, Asher —le dije, forzando una calma que no tenía—. Cuídate mucho.
Antes de que alguno de los dos pudiera decir otra palabra dramática para sellar nuestra despedida, la puerta de la suite se abrió de golpe.
—¡Ángela, no sabes el chisme que te tengo, el inglés resultó ser un...! —Sarah entró como un torbellino, con los tacones en la mano y las gafas de sol torcidas, pero se detuvo en seco a mitad de la sala.
El silencio que se apoderó de la habitación fue instantáneo y sepulcral.
Ahí estábamos: yo, metida en la cama hasta la nariz, envuelta en las sábanas como un tamal; y Asher, parado a un lado. El vaso con el analgésico efervescente todavía burbujeaba ruidosamente en la mesa de noche, siendo el único sonido en toda la suite.
A Sarah se le cayó un tacón al suelo. Se quedó con la boca abierta, tanto que pensé que se le iba a desencajar la mandíbula. Miró a Asher, luego me miró a mí, luego miró la ropa tirada en el camino hacia el baño, y volvió a mirarme a mí.
—En serio, ¿Ángela? —me susurró, exagerando el lenguaje corporal como si estuviéramos atrapados en una película de espías y el enemigo estuviera en la habitación de al lado—. ¿En serio? ¿Cinco minutos me voy y colapsas el orden mundial?
Asher soltó un suspiro larguísimo, de esos que te desinflan el alma, y se pasó una mano por toda la cara, arrastrando la piel hacia abajo. Creo que en ese momento deseaba que la tierra se lo tragara o que Verónica lo llamara para pelear, cualquier cosa era mejor que el juicio silencioso de Sarah.
—Yo... ya me iba —logró articular Asher, con la voz más grave de lo normal, intentando recuperar su dignidad mientras caminaba hacia la salida como si pisara huevos.
—No, no, por favor, doctor, no interrumpo la consulta matutina —dijo Sarah, dándose la vuelta dramáticamente para taparse los ojos con una mano, aunque dejó los dedos bien abiertos para no perderse el chisme—. Solo pasaba a buscar mi cargador... y mi dignidad, pero veo que aquí se están repartiendo otras cosas.
Asher, que en ese momento tenía las orejas más rojas que un tomate maduro, intentó acomodarse la camiseta con una mano mientras avanzaba hacia la puerta con la velocidad de alguien que huye de un incendio.
—Ya... ya me iba de todas formas, Sarah —logró decir, carraspeando para recuperar su voz—. Qué bueno verte de nuevo.
Sarah bajó la mano con la que se tapaba los ojos falsamente, cruzándose de brazos con una ceja tan arriba que casi se le pierde en el flequillo.
—¿Te vas de la isla, Asher? —le preguntó, analizando su lenguaje corporal de fugitivo.
—Sí, me voy —asentio él, agarrando la manija de la puerta como si fuera un salvavidas—. Se acabaron estas vacaciones para mí. Espero que ustedes sigan disfrutándolas... Adios.
En cuanto la puerta se cerró detrás de él, el silencio duró exactamente un segundo. Sarah tiró el otro tacón al suelo, corrió hacia mi cama y se dejó caer de rodillas sobre el colchón, apuntándome con un dedo acusador.
—¡Eres una zorra, amigaaaa! —gritó dramáticamente, sacudiéndome por los hombros—. ¡No me digas que...?!
Me tapé la cara con la almohada de inmediato, ahogando un grito de pura vergüenza.
—¡Que sí, Sarah! ¡Que sí, es exactamente lo que estás pensando!
—¡No lo puedo creer! —exclamó ella, echándose hacia atrás y tapándose la boca con fingido horror—. ¡Al final la loca de Verónica resultó teniendo la razón! ¡La tipa tenía poderes psíquicos y nosotros llamándola paranoica!
Le lancé un almohadazo directo a la cara para que se callara, pero ella lo esquivó muerta de la risa.
—O sea, Ángela... ¡Yo te molesté con eso, pero de verdad no te creía capaz de bajarle el novio a nadie! Has superado todas mis expectativas de maldad, te lo juro. Directo al infierno VIP.
—¡A ver, cállate, que las cosas tampoco fueron así! —protesté, bajando la almohada y sentándome en la cama, con el cabello hecho un desastre—. Verónica y Asher ya terminaron.
Sarah se detuvo en seco, parpadeando confundida. Su chip de chismosa profesional se activó a máxima potencia.
—¿Cómo así? ¿Cuándo sucedió eso? A ver, Ángela, explícame, porque todo esto pasó demasiado rápido. ¿En qué momento del multiverso ocurrió esto?
—Ayer por la tarde —le expliqué, pasándome las manos por la cara para espabilarme—. Tuvieron una discusión horrible después de lo que pasó en la piscina y él le terminó. Por eso se devuelven hoy mismo a Milán, para cerrar todo.
Sarah se quedó procesando la información por tres segundos completos. Luego, ladeó la cabeza con una mueca pensativa.
—Tipo... o sea... ¿no le bajaste el novio entonces? —preguntó, como quien saca cuentas de matemáticas financieras—. Técnicamente estaba soltero... ¡Pero igual estuvo mal, amiga! Muy mal. El cuerpo de esa relación todavía estaba tibio en la suite de al lado y tú ya estabas inaugurando la cama.
—¡Ya lo sé! No necesitas recordármelo, me siento pésimo —le dije, escondiendo la cabeza entre las rodillas—. Tengo la peor resaca moral del planeta.
Sarah se suavizó un poco, sentándose con las piernas cruzadas a mi lado. Su tono cambió de la burla a la curiosidad genuina.
—¿Y qué reacción tuvo Asher con todo esto? ¿Cómo se levantó el doctorcito hoy?
Solté un suspiro amargo, recordando la seriedad en su rostro antes de que ella entrara.
—Pues... él también sabe que es un error. Se siente devorado por la culpa y me lo dejó superclaro antes de que tú llegaras a romper el drama. Dijo que esto estuvo mal, que no debió pasar y que... bueno, que se va. Es una despedida definitiva, Sarah. Volvemos a la realidad de siempre.
Sarah se quedó mirándome fijamente mientras yo seguía medio hundida entre las sábanas, procesando el regaño.
De repente, vi cómo sus ojos se abrían por completo y su mirada bajaba lentamente hacia el colchón, luego hacia las almohadas desordenadas y finalmente hacia mí.
Se hizo un silencio de esos donde escuchas hasta el vuelo de una mosca.
—Espera un segundo... —soltó Sarah, y su cara de curiosidad cambió drásticamente a una de absoluto asco—. Ustedes... ustedes estuvieron aquí anoche, ¿cierto? ¡En esta misma cama!
—Pues... sí, Sarah, es mi habitación —respondí, encogiéndome de hombros con timidez, queriendo volver a taparme con la colcha.
—¡Ugh! ¡Qué asco, Ángela! ¡Qué asco! —gritó, pegando un brinco ridículo y levantándose de la cama como si el colchón hubiera cobrado vida o estuviera lleno de espinas. Empezó a sacudirse las manos y las piernas con pura exageración dramática—. ¡Estoy tocando fluidos resentidos! ¡Mis vibras se van a contaminar!
No pude evitar soltar una carcajada por su ataque de pánico, lo que la molestó todavía más. Se plantó al borde de la cama, señalándome con el dedo mientras me miraba con una mezcla de indignación y gracia.
—¡Y tú te me vas vistiendo ya mismo, Ángela Salles Rios! —me ordenó, tirándome una de las sábanas limpias que estaban al borde—. ¿Es que acaso no te da ni un poquito de vergüenza pavonearte así, toda desnuda y descarada, al frente de tu mejor amiga después de lo que hiciste? ¡Por Dios, ten algo de decoro! ¡Vístete ya!
—¡Ya voy, ya voy! No me grites, que la resaca me va a reventar la cabeza —protesté, agarrando la sábana para cubrirme bien mientras buscaba con la mirada dónde había quedado mi bata de seda en medio del desorden.