Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 15
Valentina miró primero a la empleada.
La chica no tendría más de veinte años. Tenía los ojos rojos, la boca apretada para no suplicar y las manos temblando contra la falda del uniforme. Había sonreído una vez por culpa de una frase tonta sobre jardines. Eso era todo. Ese era su crimen.
Luego miró al sirviente.
El hombre mantenía los ojos cerrados. No rezaba en voz alta, pero sus labios se movían con una plegaria que Valentina no entendía.
Uno vive. Uno muere.
La frase de Nikolái se repetía en el sótano como si las paredes la devolvieran.
Valentina tragó saliva.
—No voy a elegir.
Nikolái no se movió.
—Entonces morirán los dos.
—No.
—Sí.
—No son míos.
—Hoy lo son.
La crueldad de esa lógica le dio náusea. Nikolái no estaba pidiéndole que decidiera porque necesitara una respuesta. Estaba construyendo una jaula dentro de otra: si ella elegía, cargaba una muerte; si no elegía, cargaba dos.
Valentina sintió la sangre de él secándose entre sus dedos.
Había intentado herirlo.
Había fallado.
Como todo.
No.
No todo.
Levantó la cabeza.
—Yo.
Nikolái entrecerró los ojos.
—¿Qué?
—Yo muero.
La empleada soltó un sonido pequeño. El sirviente abrió los ojos.
Sasha dio un paso, apenas uno.
Valentina no miró a nadie más.
—Si necesita castigar a alguien, castígueme a mí. Si necesita sangre, use la mía. Si necesita demostrar que manda, felicidades, ya lo sabemos todos. Pero no los toque.
Por primera vez desde que bajaron al sótano, Nikolái pareció perder el ritmo.
No mucho.
Lo suficiente para que Valentina viera que había encontrado una puerta que él no controlaba.
—No entiendes lo que estás diciendo.
—Sí entiendo.
—No.
—Prefiero morirme a vivir así.
La frase cayó entre ambos.
Y ahí estuvo el error.
Valentina lo vio en su rostro. No fue dolor. No fue miedo. Fue rechazo absoluto, una negación tan profunda que dejó de parecer humana.
Nikolái se acercó.
—Retíralo.
—No.
—Valentina.
—No quiero pertenecerle.
—Retíralo.
—No quiero su casa, ni su cama, ni su manta, ni su doctor, ni su maldito león. Quiero mi vida.
La mano herida de Nikolái se cerró. El pañuelo se empapó de rojo.
—Tu vida está conmigo.
—Entonces no la quiero.
El golpe no vino de una mano.
Vino del silencio.
Un silencio tan frío que hasta la empleada dejó de llorar.
Nikolái miró a los guardias.
—Fuera.
Sasha se quedó inmóvil.
—Pakhan.
—Fuera.
La segunda vez no fue una orden.
Fue una sentencia.
Sasha miró a Valentina. No había compasión abierta en su rostro, pero sí algo duro, incómodo, como una advertencia que no podía decir sin perder la cabeza. Luego tomó a la empleada del brazo y la sacó. Los guardias arrastraron al sirviente detrás.
La puerta del sótano se cerró.
El sonido del cerrojo fue pequeño.
Definitivo.
Valentina y Nikolái quedaron solos.
No completamente. En esa casa nunca se estaba completamente solo. Pero el aire cambió. Se volvió más bajo, más estrecho, más peligroso.
Valentina retrocedió.
—No.
Nikolái avanzó.
—Tú no decides morir.
—Usted tampoco decide que viva.
—Sí.
—No.
Él la tomó de la muñeca.
Valentina lo golpeó con la mano libre. Le dio en el pecho, en el hombro, en la cara. No sabía si le dolía. No parecía importarle. Ella arañó, pateó, mordió cuando él intentó sujetarla. El sabor de su sangre volvió a su boca.
—¡Suélteme!
—No.
La palabra se volvió pared.
Valentina gritó.
No un grito bonito. No uno de esos que alguien escucha y convierte en escena. Fue un grito de animal atrapado, áspero, lleno de rabia, miedo y asco.
Nadie abrió la puerta.
Nikolái la sostuvo con una fuerza que no necesitaba esfuerzo. Eso fue lo que más la quebró: no había lucha real para él. Todo su cuerpo, toda su rabia, toda su voluntad apenas alcanzaban para retrasarlo unos segundos.
—No vas a morirte —dijo él, con la voz baja contra su oído—. No vas a dejarme. No vas a elegir una tumba antes que a mí.
—Lo odio.
—Ódiame viva.
—¡No!
Él no se detuvo.
Y esa fue la verdad completa, la que no admitía palabras bonitas alrededor.
Nikolái la forzó.
No hubo amor.
No hubo ternura escondida.
No hubo una parte secreta de ella queriéndolo.
Hubo concreto frío, una lámpara blanca sobre el techo, la sangre de él manchándole los dedos y el cuerpo de Valentina cerrándose por dentro como una casa donde apagaban todas las luces.
Hubo su mente alejándose.
Primero de la voz de Nikolái.
Luego del sótano.
Luego de sí misma.
Una parte de ella se quedó contando los parpadeos de la lámpara. Otra parte recordó la cocina de Abuelita Carmen y el olor a tamales de mole. Otra parte, la más pequeña, la más terca, siguió repitiendo una palabra sin sonido:
Sobrevive.
Cuando todo terminó, Valentina no lloró.
Eso fue lo que más la asustó.
Se quedó mirando la lámpara del techo. Parpadeaba apenas. Una vez. Otra. Otra. Contó los parpadeos porque si contaba eso no tenía que contar respiraciones, ni pasos, ni lo que acababa de pasarle.
Nikolái estaba sentado en el suelo, a poca distancia.
Tenía la camisa abierta en el cuello, la mano izquierda sangrando de nuevo y un corte en el pómulo que ella no recordaba haberle hecho. Miraba sus propias manos.
No parecía satisfecho.
No parecía victorioso.
No parecía dueño de nada.
Parecía un hombre que acababa de prenderle fuego a la única cosa que quería conservar y todavía no entendía por qué las cenizas no obedecían.
Bien.
Ojalá se ahogara con eso.
Valentina intentó incorporarse.
El cuerpo no le obedeció.
Nikolái levantó la cabeza.
—Valentina.
Ella vomitó.
No había casi nada en su estómago, solo ácido y un dolor que le dobló el vientre. Nikolái se movió hacia ella.
Valentina se arrastró hacia atrás con un sonido que no reconoció como suyo.
—No me toque.
Él se detuvo.
La frase quedó entre ellos con más fuerza que cualquier arma.
Nikolái miró la distancia que ella acababa de poner con las manos, con las rodillas, con todo el cuerpo. Algo le cruzó el rostro. Algo feo. No culpa todavía. La culpa necesitaba valor. Era más bien vacío, un hueco abriéndose donde antes solo había control.
—Yo no...
Valentina rio.
Fue una risa seca, sin aire, sin alegría.
—No termine esa frase.
Él cerró la boca.
La puerta se abrió con cuidado.
Sasha apareció primero. Vio a Valentina en el suelo, vio a Nikolái sentado, vio la sangre. Su expresión no cambió, pero su mano se apretó alrededor de la pistola.
—Pakhan.
Nikolái no respondió de inmediato.
Seguía mirando a Valentina.
Como si esperara que ella gritara, lo maldijera, le clavara otra vez el cuchillo, hiciera cualquier cosa que él pudiera entender.
Pero Valentina ya no estaba ahí para él.
Estaba detrás de sus propios ojos, lejos, contando luz.
Sasha dio otro paso.
—Pakhan.
Nikolái respiró.
—Sokolov.
—Sí.
—Y una manta.
Sasha se quitó el abrigo negro y se agachó a varios pasos de Valentina.
—Señorita Solís —dijo, con una suavidad torpe que no le pertenecía—. Voy a dejar esto aquí.
Valentina no respondió.
Sasha dejó el abrigo en el suelo, al alcance de su mano, y retrocedió.
Nikolái no se acercó.
Tampoco se fue.
Valentina tomó el abrigo con dedos rígidos y se cubrió.
Solo entonces se permitió temblar.
El temblor empezó en las rodillas y subió hasta los dientes. No podía detenerlo. No quería detenerlo. Era la única prueba de que el cuerpo seguía ahí, aunque ella quisiera no estar.
Nikolái la miraba como si cada sacudida fuera un idioma que no sabía leer.
—Quiero irme —dijo Valentina.
Nadie respondió.
Porque todos sabían que no la dejarían.
Más tarde, no supo si fueron minutos o una hora, Sokolov entró. No hizo preguntas inútiles. No miró a Nikolái primero. Se arrodilló a distancia, habló con voz baja, pidió permiso antes de cada movimiento.
Valentina contestó con monosílabos.
Sí.
No.
Agua.
No me toque ahí.
Sokolov obedeció cada vez.
También le habló a Sasha, no a Nikolái.
—Necesito agua tibia, ropa limpia, gasas y privacidad.
Nikolái no discutió.
Eso fue peor que verlo estallar.
Solo se levantó, recogió el cuchillo manchado del suelo y lo apretó con la mano herida hasta que la sangre volvió a caer entre sus dedos.
Sokolov lo miró.
—Pakhan, su mano...
—Primero ella.
Valentina cerró los ojos.
No era cuidado.
No todavía.
Era posesión intentando disfrazarse demasiado tarde.
La levantaron entre Sasha y Sokolov. No como a una mujer, pensó Valentina desde muy lejos, sino como a algo quebrado que nadie quería terminar de romper frente al dueño de la casa. El sótano se movió en pedazos: la mesa de acero, la mancha en el concreto, la puerta cerrada, los zapatos de Nikolái quietos junto al cuchillo.
Él no la siguió de inmediato.
Se quedó abajo.
Valentina lo supo por la ausencia de sus pasos.
Esa ausencia no la alivió. La dejó más fría. Porque por primera vez desde que lo conoció, Nikolái Vólkov no estaba persiguiendo, ordenando, comprando, castigando ni tocando. Estaba quieto en el lugar exacto donde había destruido algo que, hasta esa noche, creía imposible de destruir.
Y aun así, ella seguía encerrada en su casa.
Cuando la subieron al dormitorio, Valentina no miró a Nikolái.
No lo miró en el pasillo.
No lo miró cuando Sokolov cerró la puerta.
No lo miró cuando él quedó al otro lado, inmóvil, con la mano abierta y la camisa manchada de una sangre que ya no importaba.
Esa noche, Valentina no durmió.
Se fue a un lugar detrás de sus propios ojos y se quedó ahí, contando parpadeos de una lámpara que ya no estaba.