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Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Telepatía
Popularitas:10.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17: Hablando dormida

Cristian nunca había sentido tanta hostilidad hacia una frase tan dulce.

"Lo que Cristian diga, eso hago yo."

Sonaba obediente.

Era una trampa.

El General lo miraba como si estuviera evaluando si su sobrino merecía el apellido, la mesa y el aire que respiraba. Cecilia mantenía una sonrisa amable, pero los ojos le brillaban con una diversión demasiado peligrosa para ser ayuda.

Ximena, sentada junto a Cristian, parecía la imagen misma de la mansedumbre.

*Vamos, esposo. Di que puedo vestirme como quiera. Di que me vas a comprar medio barco. Di algo bonito y tal vez te perdono por tener bíceps distractores en una crisis familiar.*

Cristian apoyó una mano sobre el respaldo de la silla de ella.

—Mi esposa puede vestirse como quiera.

El General entrecerró los ojos.

—¿Y?

Cristian respiró.

—Y si algo le gusta, se lo compro. Pero no porque yo decida qué puede usar, sino porque quiero que tenga lo que quiera.

Ximena levantó la vista hacia él.

*Eso estuvo... bien. Demasiado bien. ¿Quién le está escribiendo los diálogos?*

Ignacio golpeó la mesa con dos dedos.

—Aprendes lento, pero aprendes.

Cristian aceptó la sentencia en silencio.

El problema fue que Ignacio aún no había terminado.

—Lo que no entiendo es cómo hubo un problema de equipaje y tú dejaste que ella resolviera sola.

—No la dejé sola —dijo Cristian.

—Pues ella está usando ropa prestada.

—Porque quiso.

—Porque le gustó —corrigió Ximena con una sonrisa pequeña.

El General volvió hacia ella con la expresión severa.

—¿Y de verdad no te faltó nada?

La pregunta tenía filo, pero también una preocupación honesta. Ximena lo notó. La broma dejó de parecer tan divertida.

—No, tío Ignacio. Cristian sí resolvió lo del equipaje. Fue discreto, pidió que no se comentara con nadie y me ayudó antes de que yo terminara de asustarme.

Cristian la miró.

Ella continuó:

—Yo lo molesté porque me gusta verlo sufrir un poquito.

Cecilia soltó una risa clara.

El General se quedó callado.

Luego miró a Cristian.

—Entonces no eres tan inútil.

—Gracias —dijo Cristian, seco.

*Qué elogio tan familiar. Se nota que se quieren con violencia verbal de abolengo.*

Ignacio señaló a Ximena.

—Tú me caes bien.

—Usted también a mí.

—No le permitas que se ponga soberbio.

—Haré mi mejor esfuerzo.

Cristian apretó los labios.

*Acepto el cargo. Supervisora oficial del ego Montalvo. Beneficios: verlo en traje, tocarlo ocasionalmente si se deja, reclamar presupuesto de ropa atrevida.*

—¿De qué te ríes? —preguntó Ignacio a Cristian.

—De nada.

—Ese hombre se ríe poco —dijo Cecilia, sirviendo té—. Si se ríe contigo, algo hiciste bien.

La frase dejó a Ximena extrañamente quieta.

Cristian también guardó silencio.

La visita terminó con más calma de la que había empezado. Ignacio hizo tres comentarios sobre la postura de Cristian, dos sobre lo mal que se administraban los jóvenes millonarios y uno sobre la necesidad de que Ximena lo visitara en Ciudad de México con Adriana. Cecilia la abrazó al despedirse y le dijo al oído que no dejara que los hombres Montalvo parecieran más difíciles de lo que eran.

Cuando la puerta se cerró, Cristian soltó el aire.

—Te divirtió mucho.

—Un poco.

—Me pusiste en la línea de fuego.

—Y luego te saqué.

—Después de empujarme.

Ximena acomodó sus aretes, impecable.

—Hay que mantenerte humilde.

*Además, verte acorralado por tu tío fue delicioso. No tan delicioso como anoche, pero en una categoría respetable.*

Cristian caminó hacia la ventana para que no viera su expresión.

—Tengo una videollamada en diez minutos.

—Yo voy a la suite.

—Descansa.

—Sí.

*Descansar. Claro. Apenas tengo una presentación que terminar, un correo del colegio que fingí no ver y el terror de volver a clases antes de tiempo. Pero sí, descansemos espiritualmente.*

Cristian se volvió.

—¿Colegio?

Ximena ya estaba guardando su celular.

—¿Qué?

—Nada.

Ella lo miró un segundo, desconfiada, pero se encogió de hombros.

—Nos vemos después.

En la videollamada, Cristian habló de cifras, plazos y cláusulas con la precisión habitual. Su rostro permaneció impasible frente a la pantalla. Los ejecutivos del otro lado no habrían podido adivinar que, mientras él aprobaba un ajuste de contrato, escuchaba a su esposa luchar contra un enemigo más temible que cualquier consejo de administración.

*¿Por qué adelantaron el inicio de clases? ¿Quién hace eso? Los adolescentes todavía no terminan de odiar sus vacaciones y ya quieren meterlos a literatura. Tengo que revisar rúbrica, presentación, lecturas, actividad de diagnóstico. No quiero. Quiero quedarme en este barco viendo a Cristian usar camisas abiertas por prescripción médica.*

Cristian marcó una cifra en el documento.

Maestra.

La palabra se acomodó en su mente con una nitidez inesperada.

No era un pasatiempo. No era una clase social ocasional. Ximena hablaba de alumnos, rúbricas, lecturas, calendario escolar. Una vida entera que no pertenecía a la imagen de esposa silenciosa que la familia Blanco había empujado hacia él.

—Señor Montalvo —preguntó alguien en la pantalla—, ¿procedemos con la versión actual?

—Sí —respondió Cristian—. Envíen el documento revisado.

Su atención volvió a la voz interior de ella.

*Si termino esta presentación hoy, mañana puedo fingir que soy libre. Si no la termino, voy a soñar con treinta alumnos preguntando si el ensayo lleva portada. Sí lleva portada, criaturas. Siempre lleva portada. Qué cansancio.*

Cristian cerró la llamada diez minutos después y fue a la suite.

La encontró en la sala, frente a la laptop, con la espalda encorvada y el cabello sujeto de cualquier manera. La blusa verde seguía siendo elegante, pero la mujer que la llevaba ya no parecía lista para una cena. Parecía una maestra agotada a punto de declarar la guerra a un archivo.

En la pantalla se leía: "Introducción al análisis narrativo".

Había diapositivas a medio hacer, notas dispersas y una lista de actividades para estudiantes.

Ximena no lo oyó entrar.

—Creí que ibas a descansar —dijo él.

Ella dio un salto.

—¡Cristian!

—¿Trabajo?

—Algo pequeño.

*Algo pequeño de treinta y seis diapositivas, tres ejemplos, una actividad inicial y mi fe en la humanidad muriendo en la número doce.*

Cristian se acercó.

—¿Necesitas ayuda?

—No. Es mi asunto.

—No pregunté de quién era.

Ximena cerró un poco la laptop.

—De verdad puedo.

*No puedo. Sí puedo. No quiero que vea. No quiero explicar. No quiero que sepa que hay una parte de mí que existe fuera de esta casa, este apellido, este papel. Aunque si se sentara a mi lado con esa cara seria y me leyera ejemplos de metáfora, tal vez el plan educativo mejoraría muchísimo.*

Cristian entendió más de lo que ella había dicho.

—Entonces termina pronto.

—Eso intento.

Él no insistió. Se fue al dormitorio, se cambió, volvió con una camisa de lino y un silencio deliberado. Ximena siguió trabajando. Una diapositiva. Otra. Un bostezo. Dos. La luz de la pantalla le marcó ojeras pequeñas.

A las once y cuarenta, su cabeza cayó sobre el brazo.

—Cinco minutos —murmuró.

*Solo cinco. Luego explico narrador omnisciente. Como Dios, pero con menos presupuesto y más chisme.*

Cristian esperó.

La respiración de ella se volvió profunda.

Se acercó a la laptop.

La presentación estaba a medias. Los ejemplos eran buenos, las ideas claras, el diseño un desastre. Ximena había dejado comentarios para sí misma en varios lugares: "buscar ejemplo mejor", "no olvidar actividad", "aquí poner imagen".

Cristian tomó asiento.

No sabía mucho de literatura para adolescentes, pero sabía ordenar información, cortar excesos y hacer que una sala prestara atención.

Empezó por la diapositiva doce.

Redujo texto. Separó conceptos. Organizó la actividad de diagnóstico en tres pasos. Buscó dentro de los archivos de ella ejemplos ya guardados y los colocó donde las notas lo pedían. Cambió colores demasiado pálidos por una paleta limpia. Ajustó márgenes. Corrigió una falta de ortografía.

Ximena dormía a un lado, con una mano cerrada sobre la manga.

Cristian trabajó en silencio.

Cuando terminó, eran casi las dos de la mañana.

Guardó el archivo, bajó el brillo de la pantalla y cubrió a Ximena con una manta.

Ella murmuró algo ininteligible.

Luego, con voz dormida, añadió:

—Qué rico...

Cristian se quedó inmóvil.

Pero esta vez no hablaba de él.

O quizá sí.

Miró la presentación terminada, luego el rostro dormido de ella, y apagó la lámpara.

No le dijo nada.

Por alguna razón, eso hizo que el gesto pesara más.

1
bruja de la imaginación 👿😇
me encanta esta historia
Carely Prieto
bonita narrativa, creativa y gran ingenio
Karina Sanabria
👏👏👏👏muy linda novela!! algo diferente
gracias pero por favor no tardes en subir nuevamente
Karina Sanabria
Dios mío que le pasa a este hombre!!! acaso no le gusta el sexo 🤭🤤🫠
Erika Durán
Hasta el momento
Muy bien,
Carely Prieto
😭 noooo, no seas malita, sube más capítulos 🥹 anda dí que si, anda siiiiiiii??!
wendy arrieta
Dios mio ella si sabe utilizar su mente jajajajajaa
Martha Mena Wong
Por dios me voy acabar las uñas esto se está poniendo peliagudo más capítulos muchas felicidades autora eres genial te atrapa desde el principio la novela bendiciones
Martha Mena Wong
Esto se está poniendo buenísimo por favor que no la idie cuando se entere de la verdad gracias más capítulos por favor está súper la historia
Martha Mena Wong
Noooooo me va a dar el mimisqui cuánto podrá fingir ser quien no debe ahora sí me va a dar algo😭😭😭😭
Martha Mena Wong
Santa cachucha ahora que hará se le junto el ganado jajajaja 🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
Celoso de el mismo que divertido genial 🤣🤣🤣🤣
Martha Mena Wong
Por dios esto está más entretenido que las estupidas novelas de la tele felicidades me encanta
Martha Mena Wong
Ajaja se le hizo por fin siiiiiiii
Martha Mena Wong
Ya el se ka imaginaba con lencería buen camino
Martha Mena Wong
Andele a ver si ahora le hace caso
Martha Mena Wong
jajajaja me encanta excelente novela
Martha Mena Wong
🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Martha Mena Wong
jajajaja esto está genial imagínate que oigan tus pensamientos bueno si está buenorro yo también pienso cositas o cositas depende jijiji
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