En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 11
Todavía sentía la tensión. La luz fluorescente iluminaba las paredes blancas, y el ambiente olía a café recién hecho y papel. Alejandro Fernández estaba ahí, sentado detrás de su escritorio, con el ceño ligeramente fruncido mientras miraba su computadora.
Lo reconocí al instante. Era el mismo hombre del hospital, el que me había encontrado llorando en el balcón, y cuya presencia había dejado mi corazón latiendo demasiado rápido. Esta vez lo observé con más calma: impecablemente vestido, aura fría y profesional, pero con la misma intensidad que recordaba de esa noche.
---Señora González ---dijo\, apenas levantando la vista---. Gracias por venir.
Su voz era grave, pausada, controlada, pero había un filo que cortaba el aire. Me sentí diminuta frente a él, como si su sola presencia pudiera evaluarlo todo de mí: mis dudas, mis miedos y mi pasado.
---Soy Flora... Flora González ---dije\, tratando de sonar firme.
Asintió apenas, y luego volvió a mirar su pantalla. Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.
No tardé en darme cuenta de que no estaba aquí solo para atenderme por cortesía profesional. Su expresión demostraba que estaba concentrado, incluso molesto. La pantalla de su computadora mostraba un mensaje de error, un aviso que parpadeaba con insistencia: ransomware.
---Maldita sea ---murmuró para sí mismo---. No ahora.
Me quedé en el umbral, observando cómo sus dedos golpeaban el teclado con rapidez, pero el virus parecía desafiar cada intento. Había documentos importantes, expedientes y pruebas que podían perderse en segundos.
Instintivamente me acerqué. ---Señor Fernández... ---empecé con voz baja---, si me permite... yo podría ayudarlo.
Él giró la cabeza, sorprendido, y me estudió con los ojos entrecerrados. Había algo en mi propuesta que lo hizo titubear.
---¿Usted... sabe de esto? ---preguntó\, con un dejo de incredulidad.
---Soy ingeniera informática ---le respondí---. Especializada en seguridad y recuperación de datos. Puedo intentar limpiar el sistema antes de que la situación se agrave.
Por un instante lo vi analizar mi rostro, evaluando si era cierto o solo un intento desesperado de impresionar. Finalmente, asintió con un movimiento corto de cabeza.
---Está bien. Pero si algo sale mal\, será su responsabilidad.
No era la primera vez que trabajaba bajo presión, y menos aún con alguien tan intimidante frente a mí. Me senté en la silla frente a su computadora y respiré hondo. Mis dedos tocaron el teclado con seguridad, mis ojos recorrieron líneas de código y patrones de infección. Identifiqué el ransomware, bloqueé los accesos maliciosos y comencé la recuperación de los archivos.
Alejandro permaneció de pie detrás de mí, sus brazos cruzados, observando cada movimiento. Pude sentir su mirada, penetrante, evaluándome más allá de mi habilidad técnica. Por primera vez, no parecía el abogado distante y frío que esperaba; su curiosidad se mezclaba con respeto silencioso.
El virus fue eliminado en menos de diez minutos. Acto seguido, reforcé la seguridad, cerré brechas y añadí capas adicionales de protección a su sistema.
---Hecho ---dije\, apartando las manos del teclado---. Todos sus archivos han sido recuperados y la amenaza neutralizada.
Se recostó en la silla por un instante, dejando escapar un suspiro. Luego se inclinó hacia adelante y examinó los documentos en pantalla. Su expresión se suavizó ligeramente, y por primera vez sentí que la frialdad que emanaba hacia mí disminuía.
---Excelente ---dijo\, sin alardear\, con una nota de respeto en su voz---. No necesitaremos al técnico.
En ese momento, el técnico del despacho llegó, preguntando por la emergencia. Alejandro negó con la cabeza. ---No hace falta. Todo está bajo control.
La secretaria lo observó con gratitud, y yo solo sonreí levemente, sintiendo cómo la tensión que me había acompañado desde la entrada se relajaba un poco.
Alejandro me indicó que me sentara. Por primera vez en la reunión, su tono perdió el filo y se volvió formal, pero menos distante.
---Ahora que el peligro ha pasado\, quiero escuchar su situación ---dijo---. Explíqueme con detalle sobre su matrimonio y la disputa por la custodia de su hijo.
Me senté frente a Alejandro Fernández, con las manos entrelazadas sobre la mesa, tratando de ordenar mis ideas antes de hablar. Su mirada era firme, inquisitiva, como si evaluara cada palabra que pronunciara. Respiré hondo y comencé a relatar mi historia, con la precisión que solo la urgencia y la necesidad podían imponer.
---Me casé con Marcelo hace cuatro años ---empecé---. Nuestro hijo\, Benjamín\, nació mediante fecundación in vitro... él tiene problemas de fertilidad.
Alejandro arqueó apenas una ceja al escuchar lo de la fecundación, pero no interrumpió. Su expresión se volvió más seria, como si algo en su mente conectara de inmediato. Vi el cambio sutil, casi imperceptible, y continué.
---Hace unos meses descubrí que me era infiel. Ahora ha pedido el divorcio y... ---vacilé--- intenta quedarse con Benjamín\, incluso ahora que el niño estuvo gravemente enfermo. Tengo miedo de que la justicia le dé la custodia solo porque esta registrado como su hijo aunque no es biológicamente suyo.
Alejandro apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Su voz, ahora más calmada, rompió el silencio.
---La ley no siempre juzga solo por la biología. Hay factores como abandono\, negligencia y estabilidad emocional. Marcelo muestra un patrón de desinterés y evasión; el tribunal podría considerar eso.
Mi pecho se llenó de un leve alivio. Por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, sentí un atisbo de esperanza. Alejandro continuó, con el ceño aún fruncido, pero con un matiz distinto:
---Mi agenda está complicada... ---dijo\, un dejo de cansancio en su tono---. No quería tomar este caso personalmente\, pero por la recomendación del profesor\, y considerando tu ayuda con mi computadora\, creo que puedo supervisarlo. Voy a asignar a uno de nuestros abogados más experimentados en divorcios para que se encargue directamente.
Asentí, agradecida, aunque el nudo en el estómago seguía allí. No podía imaginar que, después de todo, un abogado como él se involucrara personalmente.
Justo cuando Alejandro se disponía a llamar a su secretaria, su celular vibró. Él contestó en silencio y escuché una conversación que me heló la sangre.
---...la muestra de esperma de Leonardo se usó\, pero el embrión falló y hubo un aborto espontáneo... ---decía la voz al otro lado.
Mi mente hizo un cortocircuito. Creí, por un instante, que hablaban de algún familiar suyo cercano que había perdido un embarazo. Con suavidad, intenté consolarlo:
---Lamento... lo que sea que esté pasando... ---mi voz era apenas un susurro\, y lo miré con compasión---. Todo estará bien...
Él se quedó en silencio, apretando los labios. Su postura se rigidizó, y un aire de opresión llenó la habitación. Mis palabras, bien intencionadas, no ayudaron; sentí que lo había hecho aún más consciente de su propio dolor, pero no comprendí del todo su reacción.
Me levanté para irme. Mientras caminaba por el pasillo, me crucé con Javier, el asistente de Alejandro. Sus ojos se abrieron al reconocerme.
---¿Usted es la madre de Benjamín? ---preguntó\, como si estuviera verificando algo que había visto antes---. La del niño que se parece tanto al abogado Fernández...
Mi corazón dio un vuelco. Sin querer, asintiendo, confirmé su observación. Javier asintió, casi con reverencia, y me dijo que le contaría a Alejandro lo que había visto.
Mientras tanto, mas tarde en el hospital, Marcelo apareció de improviso. Sonriente, con esa apariencia falsa de preocupación, se acercó a la habitación de Benjamín.
---Hola\, campeón ---dijo\, arrodillándose junto a la cama---. ¿Cómo estás hoy?
Benjamín lo miró con calma, como siempre lo hace cuando no se deja engañar por su sonrisa forzada. Marcelo intentó ganarse su confianza con caramelos, juguetes y promesas de regalos, incluso insinuando que Camila podría cuidarlo mejor si él se quedaba a vivir con él. Pero Benjamín, con esa decisión que solo un niño que ha pasado por tanto dolor puede tener, negó con la cabeza.
---Mamá ---dijo---. Yo me quedo contigo.
Vi la decepción y la ira que cruzaron el rostro de Marcelo. Estaba furioso, pero ocultó su enojo lo suficiente para salir apresuradamente de la habitación. Afuera, don Gerardo y doña Estela observaban desde un rincón, y al ser descubiertos por Ana, se retiraron sin hacer ruido.
Más tarde, Alejandro llegó al hospital. Su expresión era tensa al ver que sus padres habían salido sigilosamente de la sala. Tras interrogar a Ana y confirmar lo que había visto, su semblante cambió: algo en la información le hacía sospechar que los resultados de la investigación de Matías podían no ser precisos.
---¿Me estás diciendo que Benjamín... podría no ser hijo de Leonardo? ---preguntó\, con un hilo de incredulidad en la voz.
Doña Estela y Don Gerardo se miraron entre si, y asintieron. El aire se cargó de una mezcla de tensión, esperanza y desconfianza. Alejandro apretó los puños, visiblemente afectado por la posibilidad de que algo que parecía perdido, todavía pudiera cambiar.