nada es para siempre
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20
—Jaja, qué loco estuvo todo eso —comentó Dmitriy, soltando una risotada limpia mientras se limpiaba una mota de polvo de la camisa negra. Se giró hacia la joven, tocándose con suavidad la mandíbula donde había recibido el golpe del desconocido—. Oye... Pegas bastante fuerte para ser tan pequeña, ¿eh?
Azul se detuvo bajo la luz del poste callejero, infló el pecho con orgullo y levantó las manos cerrando los puños.
—Soy una súper máquina de guerra, fortachón. Que no se te olvide —declaró ella, con una seriedad cómica que no encajaba con ella.
Azul comenzó a hacer poses de boxeo frente a él, tirando un par de ganchos y jabs mal ejecutados en el aire. Sus movimientos eran torpes y exagerados, pero resultaba sumamente divertido y tierno verla intentar verse ruda. Dmitriy no pudo contener la sonrisa, cruzándose de brazos mientras la observaba con un brillo de genuina fascinación en los ojos.
—Calma, pequeña Rambo. Déjame hablarle a mis guardaespaldas para que nos recojan y nos saquen de esta calle —pidió el rubio, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro.
Dmitriy buscó en el bolsillo izquierdo, luego en el derecho, y finalmente revisó el saco que traía a medio hombro. Buscó y busco con desesperación creciente, pero su teléfono celular simplemente no aparecía por ninguna parte. Entre todo el alboroto de la huida, los empujones en la pista y el haber cargado a Azul, el costoso dispositivo se le había caído en algún rincón del antro. Estaba completamente incomunicado.
—No te preocupes por eso —le restó importancia Azul, bajando los puños y acomodándose el cabello—. Podemos tomar un taxi sin problemas. Sabes la dirección exacta de dónde te estás quedando, ¿cierto?
Dmitriy se rascó la nuca, sintiendo un sutil rubor de vergüenza en las mejillas.
—La verdad... No —confesó, arrastrando las palabras—. Taras se encargó de todos los papeles del hotel y del penthouse. Yo solo me subí a la camioneta.
Azul soltó un largo suspiro, rodando los ojos con resignación ante la falta de brújula del gigante extranjero.
—Mmmm... Bueno, entonces sígueme. Te llevaré a un lugar seguro en lo que amanece un poco más y vemos qué hacer con tu vida.
Caminaron por un largo tiempo a través de las tranquilas avenidas de la ciudad. La madrugada comenzó a desvanecerse lentamente, dando paso a una luz azulada y fría que anunciaba el fin de la noche de fiesta. Azul lo guio con total seguridad por las banquetas vacías hasta que finalmente llegaron al bello e imponente Bosque de Chapultepec. La joven conocía los accesos peatonales y lo llevó directo hacia la zona del lago mayor, esquivando los primeros senderos de tierra.
—Ven, siéntate aquí —le indicó Azul, señalando el borde de una banca de piedra que miraba directo hacia las tranquilas aguas que reflejaban los árboles.
Dmitriy miró a su alrededor con curiosidad, notando el goteo constante de personas que comenzaban a aparecer entre la niebla matutina.
—Hay mucha gente por aquí... Y es sumamente temprano —observó el ruso, frotándose los brazos por el frío de la mañana.
—Sí, así es. Muchos vienen a correr desde temprano para aprovechar el aire fresco —explicó ella, acomodándose el vestido antes de sentarse y mirar al horizonte—. A mí me gusta venir y sentarme exactamente aquí mientras veo el amanecer. Es el único momento donde la ciudad se siente en paz.
—¿Vienes seguido? —preguntó Dmitriy, sentándose a su lado. Su enorme complexión física hacía que la banca de piedra luciera pequeña.
—No tanto como quisiera —admitió Azul con un toque de nostalgia en la voz—. El trabajo en el restaurante no me dejan mucho tiempo libre.
Dmitriy guardó silencio un momento, escuchando el canto de los primeros pájaros y el sonido de los tenis de los corredores impactando contra el pavimento cercano. De repente, su estómago emitió un rugido sutil pero audible.
—¿Tienes hambre? —preguntó Azul de inmediato, mirándolo de reojo con una sonrisa cómplice.
—Un poco, la verdad —sonrió él, pasándose una mano por el abdomen—. Sabes... Es la primera vez en meses que no termino una noche de fiesta como se dice aquí... Mmmm... ¿Cómo era la palabra?
Azul soltó una risita, disfrutando del esfuerzo del ruso por encajar en el vocabulario local.
—Hasta la madre, borracho, pedo, pasado de copas... —le sopló ella, divertida.
—¡Eso! Ok, ok, sí, todo eso, jaja —rio Dmitriy, asintiendo con la cabeza—. Es la primera vez que termino una juerga completamente sobrio y consciente.
—Yo no le veo el chiste a terminar borracho—declaró Azul, adoptando su habitual tono maduro y analítico—. Te despiertas al día siguiente, te duele la cabeza horrible , hueles espantoso a alcohol, no recuerdas absolutamente nada de lo que hiciste o a veces solo tienes fragmentos borrosos... Mmmm, no. Yo prefiero divertirme, bailar con mi amiga y nada más. El alcohol sale sobrando.
Dmitriy la escuchó con atención, asimilando sus palabras. Recordó la tortura de su propia mañana en el penthouse y el desastre que Taras había tenido que presenciar.
—Sí... Tienes mucha razón. Es un poco complicado vivir así todo el tiempo —admitió el heredero con sinceridad.
—Bueno... Deja voy por unos tamales aquí a la esquina antes de que se acaben —anunció Azul, poniéndose de pie de un salto.
—¿Por qué? ¿Qué es eso? —preguntó Dmitriy, parpadeando con curiosidad ante el término desconocido.
—Espera aquí y ya verás. Son deliciosos, te van a encantar —le aseguró ella con un guiño antes de alejarse a paso rápido hacia la salida del parque.
Unos diez minutos después, Azul regresó cargando una bolsa de plástico de la que emanaba un vapor caliente y un aroma deliciosamente casero que le abrió el apetito al rubio al instante. Azul había comprado dos guajolotas de salsa verde —los tradicionales tamales dentro de un bolillo crujiente— y dos vasos de atole calientito.
Se sentó de nuevo junto a Dmitriy y le entregó su respectiva torta de tamal. El imponente heredero de uno de los imperios financieros más ricos y respetados de Rusia se acomodó en el suelo, recargando la espalda contra la piedra. Sin una sola gota de alcohol en el sistema, con la camisa de seda un poco arrugada por la pelea y la brisa del bosque despeinándole el cabello rubio, Dmitriy dio el primer mordisco a la guajolota, saboreando la combinación de masa, pollo y el picante de la salsa verde mientras contemplaba cómo los tonos naranjas y rosados del amanecer comenzaban a teñir el cielo sobre el lago de Chapultepec.
Dmitriy la miró de reojo mientras masticaba con una enorme sonrisa de felicidad pura. Era obvio, completamente evidente para él en ese preciso instante: esa chica mexicana no era en absoluto como las demás mujeres que había conocido en su vida de lujos y apariencias. Ella tenía algo real, algo mágico que lo mantenía completamente atrapado.